Un corredor en la Sierra Norte de Puebla

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Esta importante región mexicana abarca 35 municipios en un polígono de 100 kilómetros de longitud por 50 kilómetros de ancho, con una superficie territorial de casi 6 mil kilómetros cuadrados. En el centro de México es un reservorio importante de patrimonio taste dada la riqueza de su biodiversidad, pero a la par de ello, contiene una vasta cultura de origen en sus pueblos nahuas, totonacos y otomíes.

Pero en este espacio geográfico las comunidades están dispersas y pulverizadas y, aun con las bondades de su territorio, se encuentran en vilo porque el agua de sus manantiales y de sus pozos superficiales y profundos está contaminada con agentes minerales que afectan la salud de quienes la consumen.

Adicionalmente, algunas crestas y laderas de sus montañas han sido “peladas” para cultivar árboles que, en época navideña, se adquieren en el país como centro de los adornos decembrinos.

Recientemente, algunos municipios como Huauchinango, Xicotepec, Naupan, Tlacuilotepec y Pahuatlán sufrieron pérdidas económicas y de vidas por las lluvias excesivas que cayeron en corto tiempo, arrasando con las cosechas y los animales de granja. La Fundación Mundo Sustentable hizo presencia con alimentos y artículos de primera necesidad, incluyendo colchones. Pero los caminos que quedaron interrumpidos seguirán así y tal vez empeorarán porque se asoman condiciones climáticas de precipitaciones torrenciales en septiembre y octubre.

El jueves 18 de junio participé como expositor en un foro organizado por las autoridades locales del municipio de Zacatlán de las Manzanas. Por cierto, un lugar bellísimo, cuyo patrimonio edificado se conserva, así como sus raíces industriales que, a finales del siglo 18 y principios del 19, lo pusieron en el mapa del desarrollo en la Sierra Norte de Puebla.

Todos los ponentes en algún momento de su exposición abordaron la bioculturalidad, situación que maine motivó a compartir la importancia de establecer centros de interpretación biocultural y acción climática. Les hablé del que ya existe desde noviembre de 2025 en Bustamante, Nuevo León. También les compartí sobre los centros que se pretenden crear en Múzquiz, Coahuila, y en Guachochi, Chihuahua, como interfaces entre población y ecosistemas dentro de lo que podría ser el Corredor Biocultural Frontera Norte, que considera 6.7 millones de hectáreas de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, proyecto que surgió en octubre de 2024, en el que participan gobiernos subnacionales, asociaciones de la sociedad civilian y académicos con la presencia de la Cooperación Alemana al Desarrollo (GIZ) y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp).

De hecho, un poco después de este emprendimiento, la presidenta Claudia Sheinbaum dio a conocer la creación del Corredor Biocultural Gran Selva Maya en un territorio de 5.7 millones de hectáreas entre Belice, Guatemala y México.

Un corredor biocultural en la Sierra Norte de Puebla debe ir más allá del sentido romántico de “Sierra Mágica”, porque arropa características de carácter social, económico y medioambiental que, de compartir un objetivo de desarrollo humano y conservación, le darían visibilidad a lo que siempre ha sido importante. Entonces la pobreza instalada en la región pasaría a transitar hacia un poder económico centrado en la gente y en su conocimiento en la producción agrícola y el ejercicio del turismo de naturaleza. Y eso sería posible si la población defiende su tierra y nary la pone al servicio de industrias extractivas o de inmobiliarias voraces.

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