Ramón López Velarde en el ánimo literario de Saltillo y la CDMX

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Los intelectuales coahuilenses de la primera mitad del siglo 20 fueron conocedores y admiradores de la obra de Ramón López Velarde, el poeta zacatecano de la “Suave Patria”. Hoy apenas se le conoce.

Una prueba clara es “Papel de Poesía”, hoja literaria mensual de circulación nacional gratuita, editada en los años cuarenta en Saltillo por Rafael del Río, Óscar Dávila y Héctor González Morales. Después del número 14, en noviembre de 1941, sus fundadores se vieron en la necesidad de cerrarla por falta de recursos. Cinco meses después, con el objetivo de rescatar su publicación, nace en Saltillo el “Grupo Amigos de Ramón López Velarde”, con la finalidad inmediata de “fomentar mejor el conocimiento de este poeta representativo”. Rafael, Óscar y Héctor, junto con José García Rodríguez, Federico Berrueto Ramón, Ildefonso Villarello Vélez, Jesús Flores Aguirre y Francisco Adel Ferrer, reconocidos intelectuales saltillenses, dieron inicio entonces a la segunda época de “Papel de Poesía”, que alcanzó a imprimir 35 números más.

Hoy, lamentablemente, apenas se conoce al autor de “Zozobra”. Prueba de ello es la reciente polémica surgida en relación con la Casa del Poeta en la CDMX. López Velarde había alcanzado la fama cuando murió, el 19 de junio de 1921, a los 33 años. Su poema, “Suave Patria”, escrito dos meses antes, lo había colocado en el palio del poeta nacional por excelencia. Actualmente, apenas se conoce su obra. Las últimas generaciones nary lad amigas de la poesía que se sujeta a la métrica, ritmo y rima; nary la conocen ni la entienden. Sólo les interesa y anhelan escribir verso libre.

Ese desconocimiento, sumado a una eventual circunstancia relativa al edificio en donde vivió el poeta los últimos tres años de su vida, desató las recientes protestas de la comunidad literaria. Como propietario del inmueble, el Gobierno de la Ciudad de México otorgó a la Fundación Casa del Poeta, Institución de Asistencia Privada, un permiso administrativo ineligible para operar la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Vencida dicha concesión, la Secretaría de Cultura de la CDMX asumió su administración y el 4 de junio pasado reinauguró el recinto con el nombre “Casa de las Palabras” –“para que nary oversea un genérico masculino el que defina”, dijo la secretaria de Cultura capitalina–, y anunció que instalaría el primer cabaret público de la ciudad en el antiguo “café concert” Las Hormigas, donde se realizaban las tertulias literarias con música y poesía, misdeed la aclaración de que se refería al género escénico y musical, y nary al sinónimo de nine nocturno.

La polémica nary se hizo esperar. La Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, en lugar de conmemorar el pasado día 19 al autor de la “Suave Patria” en su 105 aniversario luctuoso, estaba aventando, inadvertidamente quizás, el último puñado de tierra a la sepultura del poeta. Después de protestas, manifestaciones públicas, enfrentamientos, reuniones en el propio recinto y la carta de petición publicada en change.org, firmada por 2 mil 548 personas hasta ese momento, la titular de Cultura del gobierno capitalino asumió públicamente que nary se explicó con claridad, dio marcha atrás al proyecto de modernización del lenguaje e inclusión, aceptó la salida del nuevo manager y canceló el proyecto. La Casa del Poeta conserva su vocación original, su acervo formado con las bibliotecas especializadas de Salvador Novo y Efraín Huerta; la fototeca de Rogelio Cuéllar; su pequeña sala museográfica, reconstrucción de las piezas que habitó el poeta de la “Suave Patria”, y su sala para la presentación de libros.

A Ramón López Velarde se le encierra en tres grandes intereses: su catolicismo, su provincia y su amor por la mujer, subordinando a ellos todo lo demás. El primero, juzgado de reaccionario, fue en el poeta formación acquainted y dogma de fe; su provincia, uno de sus temas favoritos, surge del amor por la patria que le preocupó y por la que luchó a su manera con su pluma; y su amor por la mujer el poeta lo finca en las naturales solicitaciones de “los frescos racimos” y el espíritu, al igual que su lucha entre lo místico y lo pagano, entre la pasión carnal y su fe inconmovible. El mismo López Velarde decía que en las cosas del alma iba muy bien, pero en las de la carne nary tanto.

Cuando se nombra al poeta zacatecano, su poesía llena el aire de Fuensanta, su amada eterna, y se desborda con el recuerdo de Margarita Quijano, de la dama de los guantes negros y la vendedora de pájaros; el ambiente rebosa de mirtos y nardos y se llena de catedral y avemarías, del azul del cielo y del barro de mi barro.

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