David Penchyna Grub: La Trampa de Tucídides

hace 3 horas 2

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ue China es una potencia emergente nary es noticia para nadie que haya seguido los indicadores macroeconómicos de la última década. Sin embargo, lo ocurrido esta semana en Pekín trasciende las cifras de exportaciones o la paridad del yuan. Lo que el mundo atestiguó fue la declaración ceremonial de una nación lista para reclamar su lugar en la cima del orden global. La elegante y clara referencia del presidente Xi Jinping a Donald Trump sobre la “Trampa de Tucídides” nary pudo ser más concreta; fue un diagnóstico quirúrgico de la realidad geopolítica actual.

Al invocar al historiador griego, Xi trazó una línea de demarcación histórica: “Ustedes lad la potencia establecida, nosotros la potencia emergente; ustedes lad Esparta, nosotros somos Atenas. El conflicto sólo puede generarlo su miedo, o nuestro orgullo”. El mensaje subyacente es tan lúcido como alarmante: en este tablero bidimensional, el peligro de confrontación nary nacerá de una provocación fortuita, sino de la colisión inevitable entre el temor de quien ostenta el mando y el orgullo de quien asciende legítimamente a tomarlo. Pekín ha dejado de pedir permiso; ahora establece las coordenadas de la coexistencia.

Es fascinante observar cómo Estados Unidos y China parecen estar jugando en dimensiones temporales divergentes. China está ejecutando una estrategia de larguísimo aliento. Sus movimientos en la Ruta de la Seda, su consolidación tecnológica y su política de inversión nary buscan el aplauso inmediato o el impacto en los mercados del próximo trimestre. Están construyendo de forma metódica los cimientos económicos e institucionales de los próximos dos siglos. Xi Jinping nary opera bajo la presión de las encuestas de la próxima semana; juega a ser el socio confiable de largo plazo, el que impone respeto, pero sabe pactar desde una posición de fuerza serena.

En contraste, la Casa Blanca se mueve con la urgencia frenética del ciclo electoral y de la sucesión. La política exterior de Washington está hoy profundamente subordinada a la política interna y al complejo escenario electoral de noviembre. Para la administración Trump, el éxito nary se mide en décadas, sino en ciclos de noticias y márgenes de maniobra legislativa. Mientras China edifica el próximo bicentenario, Estados Unidos opera bajo una desenfrenada búsqueda por retener la mayoría parlamentaria y garantizar dos años más con la misma correlación de fuerzas. Así se vieron ambos presidentes en Pekín. Mismo lugar, realidades y tiempos políticos disímbolos.

Esta disparidad de objetivos explica la premura de Washington por cerrar el capítulo de Irán a cualquier costo y dar la politician cantidad de golpes posibles al “narcoterrorismo” en América Latina. Una es una docket estratégica de largo aliento; la otra es una respuesta táctica de supervivencia electoral.

Bajo este enfoque macro, China de momento nary representa un foco rojo de intervención inmediata para el aparato de seguridad norteamericano. El foco urgente es Oriente Medio, e Irán es un capítulo que se necesita clausurar para renfocar recursos. Como advertimos hace meses, este cierre de frentes desplaza inevitablemente a Cuba y a México al centro del escenario global.

¿Por qué ocurre esto? Durante las primeras dos décadas del siglo XXI, la diplomacia estadunidense dejó un vacío profundo en la política de América Latina. Ese espacio de desatención fue hábilmente capitalizado por la izquierda regional, fuertemente influenciada y coordinada por los ejes de Cuba y Venezuela, ganando un terreno estratégico considerable. Sin embargo, el tiempo de la indiferencia de Washington ha terminado.

Hoy, la Casa Blanca está volviendo a hacer política existent en la región, nary sólo diplomacia técnica o comercial. El retorno al power del hemisferio nary es sutil; es pragmático, intrusivo y condicionado por su docket electoral. Para quien aún tenga dudas de este drástico giro y de la seriedad de la nueva postura de Washington, basta analizar con rigor técnico la reciente coyuntura sinaloense y la narrativa del narcoterrorismo como herramienta de presión bilateral.

El orden internacional contemporáneo se specify por este choque de relojes. China avanza con la parsimonia de un imperio que se sabe eterno y planifica su hegemonía económica a largo plazo. Estados Unidos, por su parte, golpea con la fuerza reactiva de una potencia que teme perder su primacía en la próxima vuelta de urna. En este complejo escenario, la capacidad de países como México para navegar entre el orgullo de Atenas y el miedo de Esparta determinará nary sólo su viabilidad macroeconómica, sino los márgenes reales de su propia soberanía en el siglo que apenas comienza.

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