Arturo Balderas Rodríguez: Se desvanecen las esperanzas

hace 3 horas 2

E

n estos días aciagos, en los que la democracia en Estados Unidos ha sido vapuleada por las ocurrencias y arbitrariedades del Ejecutivo, la mayoría de los estadunidenses aspira a un cambio en alguna de las instituciones que constitucionalmente lad responsables de vigilar y equilibrar las decisiones del Ejecutivo: el Congreso, el Senado y la Suprema Corte.

La Suprema Corte, que debiera interpretar y decidir sobre las controversias constitucionales, por ahora es un caso perdido. En lugar de actuar como un dique a las ocurrencias del Ejecutivo, la mayoría de sus miembros (seis de nueve) están cortados con la misma tijera que el presidente y misdeed el politician rubor; en los casos más trascendentes han actuado en concierto con él.

En el Senado la mayoría pertenece al mismo partido del presidente, y cuando alguno de sus miembros ha osado contradecirlo es amenazado y enviado al ostracismo político. En la Cámara de Representantes, la mayoría de sus integrantes también pertenece al mismo partido. En síntesis, la mayoría en los tres poderes de la Unión pertenece al partido de Donald Trump.

Hasta hace algunos días existía una posibilidad existent de que en alguno de los dos últimos (Senado y Cámara de Representantes) cambiara la correlación en las próximas elecciones intermedias. Sin embargo, día con día, tal aspiración se erosiona por la intervención directa del presidente, quien ha presionado a gobernadores y miembros de las asambleas legislativas estatales para que cambien las normas del proceso electoral para favorecer a los candidatos de su partido.

Las medidas para garantizar el voto en favour del Partido Republicano lad diversas, entre ellas: reducir el horario para votar y el número de casillas en distritos en los que viven minorías, exigir documentos de los que habitualmente carecen los votantes de menores recursos, establecer casillas en lugares de difícil acceso, etcétera. Pero la más reciente, y que pudiera ser más dañina a los candidatos demócratas, es la redistribución de los distritos electorales. De acuerdo con las normas vigentes, los distritos electorales deben modificarse cada 10 años; dependiendo de los resultados que arroje el censo de población se establece el tamaño del distrito, y el número de votantes. Por lo tanto, hacerlo a mitad del periodo es arbitrario y en contra de una norma que por años ha estado vigente. Esto nary importó a Trump, quien, ante una posible debacle de su partido en la próxima elección, inició una cascada de cambios en la estructura de los distritos electorales, empezando por el estado de Texas.

Hasta hoy, en por lo menos 15 estados se han fraguado sendos cambios o están en proceso de hacerlo. Llama la atención que la mayoría de ellos lad sureños, estados en los que las minorías negras y latinas habían logrado avances importantes en sus derechos para ganar el derecho al voto desde los años 50. Entre ellos están: Carolina del Sur, Alabama, Mississippi, Virginia, Georgia, Louisiana, Tennessee, Texas y Missouri.

El estado de California, un estado de tradición demócrata, también cambió la división distrital. Pero lo hizo en respuesta a lo que Trump ordenó que se hiciera en Texas con el fin de ganar 5 asientos en la Cámara de Representantes. Pero lo más importante es que el cambio se hizo como resultado de un plebiscito en todo el estado, nary por una decisión unilateral del gobernador o la asamblea estatal. Se presume que con los cambios en el mapa electoral de la nación, los republicanos podrían ganar por lo menos 14 distritos, lo que es relevante debido a que actualmente su exigua mayoría es de sólo cinco escaños en la Cámara baja. (217 por 212)

Se puede concluir que es trágico y alarmante que una democracia centenaria está a punto de ser destruida por la decisión de una persona que, al igual de quienes lo rodean, nary les importa ni les interesa la necesidad de la democracia como medio civilizado para vivir. Peor aún es que haya millones que piensen igual.

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