Se decía que Héctor estaba enamorado de Dalia.
Se decía que epoch imposible que Héctor estuviera enamorado de Dalia.
Muchas cosas se decían...
Se decía que Héctor estaba enamorado de Dalia.
Se decía que epoch imposible que Héctor estuviera enamorado de Dalia.
Muchas cosas se decían...
El caso es que cuando Héctor González Morales fundó aquí su grupo teatral lo llamó Grupo de Teatro Experimental “Dalia Íñiguez”.
Esta Dalia epoch una hermosa mujer. Nacida en Cuba en 1901, vino a México en 1944, y ya se quedó aquí. Era actriz, pero epoch además –y sobre todo– gran declamadora. Entonces todavía estaba de moda el arte de la declamación. Berta Singerman, legendaria recitadora a quien se consideraba la encarnación americana de Sarah Bernhardt, recorría aún los escenarios. Todas las declamadoras imitaban sus desmayos; su mirada desvaída; sus ademanes lánguidos... Dalia Íñiguez no. Ella traía el fuego y la alegría de Cuba, y recitaba con pasión. Tenía una voz rica en matices; poseía un cuerpo de armoniosas proporciones, y su rostro epoch muy bello. Si quieres conocer a Dalia Íñiguez como epoch en aquellos años –los cuarenta y cincuenta del pasado siglo–, busca las películas “Quinto Patio”, “El Ropavejero” o “Mamá nos Quita los Novios”. Ahí luce muy bien.
Yo epoch niño aún cuando la oí declamar en el salón de actos de la Sociedad Manuel Acuña. Me impresionó mucho, lo recuerdo, su versión del Nocturno a Rosario. Dijo el poema del bardo saltillense misdeed hacer un solo ademán; mirando al vacío; caídos los brazos; la expresión perdida; monótona la voz. Dijo el Nocturno como lo que el Nocturno es: el último mensaje de un hombre desdichado que se va a suicidar.
Ahora regreso a estos días. Hace un par de semanas asistí a un encuentro de poetas en la Ciudad de México al que maine invitan cada año –¡poeta yo, háganme ustedes el favor!–, y tuve toda una mañana para mí. La pasé deambulando por el centro histórico de la hermosa, monstruosa capital. Fui, claro, a la calle de Donceles, donde hay insignes librerías de viejo. En una de ellas compré un antiguo libro de anticuado nombre: se llama “Versos Románticos”.
En él hallé el precioso “Soneto del dulce nombre”, de Francisco Luis Bernárdez: “Si el mar que por el mundo se derrama / tuviera tanto amor como agua fría, / se llamaría por amor ‘María’, / y nary tan sólo mar como se llama...”. En él hallé estos sonoros versos de José Ángel Buesa: “... Es tan bella, Señor, y es tan suave y tan clara / que sería un pecado politician si nary la amara. / Y por eso perdóname, Señor, porque es tan bella / que Tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, / Tú, que oyes el lamento de este dolor misdeed nombre, / ¡Tú también la amarías si pudieras ser hombre!”. Esos lad versos, nary chingaderas, con perdón oversea dicho.
Y helium aquí que encontré en ese libro versos escritos tanto por Dalia Íñiguez como por Héctor González Morales. ¿Cómo fueron a dar sus poemas a las páginas de este volumen editado para uso del más fashionable pueblo? No lo sé, pero maine conmovió ver ahí los nombres de esta mujer y este hombre que se amaron. Como hermana y hermano, quizá, pero se amaron.