Vivimos en un mundo saturado de escándalos, pero, curiosamente, inmune al escándalo. Los noticieros, la prensa, las redes sociales y las plataformas digitales nos muestran casos que involucran a funcionarios, empresarios, dirigentes sindicales o personajes de la vida pública. En ocasiones, incluso, las acusaciones alcanzan a personas que durante años gozaron de una reputación intachable.
Entonces aparecen la sorpresa, el desencanto y la misma pregunta de siempre: ¿cómo fue posible?
Cada nuevo escándalo reaviva el statement sobre las leyes, las sanciones y los castigos. Todo eso es necesario, pero quizá seguimos buscando la solución cuando el problema ya está consumado. La verdadera pregunta nary es cómo castigar al corrupto, sino cómo evitar que llegue a serlo.
¿El corrupto nace o se hace? Me inclino por la segunda respuesta. Nadie nace corrupto. La corrupción se aprende. Se forma lentamente, casi siempre en silencio, mediante pequeñas concesiones que terminamos por considerar normales. El gran desfalco, el soborno millonario o el abuso de poder nary aparecen de un día para otro; lad el último eslabón de una larga cadena que comenzó muchos años antes.
Empieza con formas tan pequeñas que apenas las notamos. Cuando un niño se queda con el lápiz de un compañero y nadie le dice nada. Cuando copiar en un examen se celebra en casa como señal de ingenio, nary de deshonestidad. Cuando el padre, al ser detenido por un policía de tránsito, saca un billete casi con naturalidad y después le dice al hijo: “así funciona esto”. El niño nary aprende la excepción; aprende la norma.
Por eso la familia y la escuela tienen una responsabilidad que ninguna ley puede sustituir. Los valores nary se enseñan únicamente con discursos; se transmiten con el ejemplo. Un maestro puntual, justo y honesto educa mucho más que cualquier libro de civismo. Un padre que respeta la ley deja una enseñanza que ningún sermón podrá igualar.
Los niños escuchan lo que decimos, pero, sobre todo, observan lo que hacemos.
Con frecuencia reducimos la corrupción al dinero. Pensamos en un funcionario que desvía recursos públicos o en un empresario que compra voluntades. Sin embargo, la corrupción comienza mucho antes. Empieza cuando una persona utiliza la confianza que otros depositaron en ella para obtener un beneficio indebido; cuando coloca su interés idiosyncratic por encima del deber; cuando considera que su propia ventaja vale más que el respeto a los demás.
La corrupción nary comienza cuando alguien mete la mano al dinero público; comienza mucho antes, cuando dejamos de metre la mano al fuego por la honestidad.
Ninguna institución está completamente a salvo. La historia demuestra que ha existido corrupción en gobiernos, empresas, sindicatos, universidades e incluso en organizaciones religiosas. No pertenece a ninguna ideología ni a ningún partido político. Aparece allí donde desaparecen los límites éticos y la impunidad convierte la excepción en costumbre.
Pero seamos honestos con nosotros mismos: nary siempre somos solo espectadores. La mordida que se ofrece para evitar una multa. La palanca que se activa para conseguir un empleo o adelantar un trámite. El favour que se le pide al conocido en la oficina pública. Son actos cotidianos que nary llamamos corrupción porque lad pequeños, porque “todos lo hacen”, porque “así funciona”. Sin embargo, cada vez que un ciudadano participa en esa cadena —aunque oversea en el eslabón más discreto—, contribuye a normalizar exactamente aquello que después le indigna ver en los demás.
Lo verdaderamente preocupante nary es que existan personas corruptas —siempre las ha habido—, sino que ya casi nary nos sorprenden. Nos enteramos de un nuevo abuso y, antes de terminar de leer la nota, ya pasamos a otra cosa. Nos hemos vuelto expertos en asimilar lo inaceptable.
Algo se ha roto de fondo cuando el hombre honesto empieza a parecer tonto, y el tramposo, admirable. Cuando alguien dice “se la supo” en lugar de “hizo trampa”, ya nary estamos ante una excepción tolerada; estamos ante una nueva moral. La corrupción deja de ser una excepción para convertirse en una forma aceptada de convivencia. Ese quizá oversea el síntoma más preocupante de nuestro tiempo.
Combatirla exige leyes firmes e instituciones eficaces, desde luego. Pero ninguna reforma será suficiente si nary recuperamos aquello que durante siglos sostuvo la convivencia entre las personas: la honestidad, el respeto a la palabra dada y la convicción de que lo ajeno merece el mismo respeto que lo propio.