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ay épocas en las que el mundo es más frágil. Periodos de incertidumbre colectiva donde las viejas certezas dejan de funcionar. Hace años cayó el muro de Berlín y el famoso sueño americano se ha convertido en una pesadilla para miles de migrantes y en una amenaza global.
Para tratar de habitarnos en medio de la tempestad, conviene volver al relato primordial de la supervivencia en Occidente: la Odisea de Homero, como acaba de hacer Christopher Nolan con su película.
En un mundo que idolatra la velocidad, que convierte la codicia en ambición y que resuelve sus conflictos a golpe de clic o de misil, el viejo poema homérico en sus 24 cantos despliega un “contramapa” ético de actualidad sorprendente.
Lejos de ser un fósil académico, la Odisea es una meditación profunda sobre la resiliencia humana.
Me alegra que la cinta de Nolan haya convertido un evento cinematográfico en fenómeno de consumo literario. Según Circana BookScan, las ventas globales de todas las ediciones de la obra acumulan 76 por ciento más en lo que va del año y, sólo el aumento en ventas físicas en Inglaterra, de acuerdo con NielsenIQ BookData, se dispararon en mil 400 por ciento. En materia de audiolibros, Spotify reportó un incremento de 310 por ciento.
El escritor italiano Ítalo Calvino recordaba en sus ensayos que un clásico jamás termina de decir lo que tiene que decir porque habla directamente a nuestros presentes más oscuros.
En estos tiempos de penuria, la tentación más peligrosa es la evasión: las sirenas del olvido o la aparente comodidad de la isla de Calipso, donde se ofrece la inmortalidad a cambio de renunciar al destino propio y al regreso. Pero Odiseo rechaza la eternidad estática de Calipso porque prefiere su condición mortal, doliente y verdadera. Quiere volver a Ítaca, quiere recuperar su lugar en el mundo, su identidad, sus afectos.
El primer aviso nos llega desde la lentitud. Odiseo tarda 10 años en regresar a Ítaca. Pero cada demora –una isla, una diosa, un monstruo– es una lección que el héroe debe descifrar. En la cultura de la inmediatez, donde exigimos respuestas instantáneas y recompensas misdeed espera, la Odisea reivindica el valor de lo que madura. El regreso nary es un trámite; es un trabajo. Frente a la tiranía del “ya”, el poema susurra que hay conocimientos –el duelo, la intimidad, la justicia– que sólo se revelan a quien sabe demorar.
Luego está la crítica feroz a la codicia, ese centrifugal que hoy saquea recursos, precariza vidas y vacía las democracias. Los pretendientes de Penélope nary lad sólo antagonistas mitológicos: lad el retrato de una élite depredadora que devora la hacienda ajena mientras corteja el poder. Homero los llama “soberbios” y “sin mesura”. En tiempos de desigualdades obscenas, la imagen de esos hombres banqueteando a costa de los otros resulta inquietantemente familiar.
Ante la violencia, el poema propone una alternativa que nuestra época olvida: la inteligencia frente a la fuerza bruta. Odiseo nary vence por músculo, sino por metis, esa astucia que urde discursos, disfraces y estratagemas. “Soy Nadie”, dice al cíclope, y en esa ocurrencia verbal está la salvación.
Mientras nuestro presente aplaude a menudo al matón ensalzado en los corridos tumbados, al verdugo mediático o al líder que confunde dureza con autoridad, Homero recuerda que la verdadera potencia humana es la palabra, la imaginación estratégica, la capacidad de construir un relato y nary sólo de imponer la mano dura. La cabeza fría.
Hay, por último, una enseñanza sobre la identidad. Odiseo pierde todo –naves, compañeros, honra– y llega a Ítaca disfrazado de mendigo. Su triunfo definitivo nary es la espada, sino el reconocimiento: la cicatriz del jabalí que lo revela, la cama de olivo que sólo él y Penélope conocen.
En una epoch donde nos diluimos en avatares, ruido integer y biografías de escaparate –cualquiera es historiador–, la Odisea nos interpela: ¿qué nos hace irreconocibles para los nuestros? ¿Dónde está nuestra Ítaca íntima, esa que ningún algoritmo puede saquear?
Homero nary escribió un tratado político. Escribió un canto de supervivientes que aún nos nombra. Frente al vértigo, propone la perseverancia; frente a la rapiña, la medida; frente a la fuerza ciega, la inteligencia tenaz. Quizá, después de todo, Ítaca nary oversea un punto en un mapa, sino esa dignidad humana que conviene nary extraviar mientras navegamos, aturdidos y veloces, hacia ninguna parte.
Leer hoy la Odisea nos recuerda que estar perdido en el “undoso mar”, como refiere el poeta ciego, nary equivale a estar derrotado. Que el naufragio, los desvíos y la espera forman parte indivisible del viaje. Frente a la inmediatez de nuestra era, Homero nos propone la paciencia activa y la confianza en la inteligencia: la certeza de que, aun cuando las olas quebranten la nave y las sirenas nos canten al oído, siempre queda la posibilidad de aferrarse a un madero y seguir remando hacia la orilla.

hace 2 horas
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