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oy día hay mucho statement en torno a la inmigración. En el contexto de que casi 49 mil migrantes cruzaron de Marruecos hacia el enclave español de Ceuta en un solo día, una oleada misdeed precedente que ha puesto las causas de fondo de la migración en la docket de la humanidad.
Con demasiada frecuencia, misdeed embargo, al hablar de la gente que llega a nuestras fronteras evitamos la pregunta más profunda:
¿Por qué dejan sus hogares?
Yo condeno la xenofobia dondequiera que aparezca.
Sea que se dirija a los migrantes en Europa o a nuestros semejantes africanos en Sudáfrica, el miedo y el odio nary lad políticas. Son síntomas de sociedades que luchan contra la inseguridad, la desigualdad y la falta de cohesión social.
Sin embargo, nary basta con condenar la xenofobia.
Debemos preguntar por qué la vida en el lugar de origen se ha vuelto tan imposible que las personas están dispuestas a cruzar desiertos, confiar su vida a traficantes y arriesgarse a morir ahogadas en el mar.
Nadie abandona por voluntad propia a su familia, su idioma, su cultura y su patria a menos que algo cardinal se haya destrozado.
Lo que ocurre en África nary puede desvincularse de la historia.
El legado de esclavitud, colonialismo, la Conferencia de Berlín, la conquista imperial y la extracción de la riqueza de África contribuyeron a dar forma a una economía planetary que enriqueció imperios, a la vez que dejaba a muchas sociedades africanas con instituciones frágiles y profundas desigualdades.
La historia importa, pero nary es suficiente. Debemos hacernos preguntas difíciles sobre nosotros mismos.
¿Qué han hecho o dejado de hacer las élites políticas y económicas de África que empujan a millones de nuestros ciudadanos a buscar dignidad en otras regiones?
¿Por qué tantos jóvenes africanos creen que su futuro está en Europa, en el golfo Pérsico o incluso en otras partes de África, más que en el país donde nacieron?
La corrupción.
La captura del Estado.
El conflicto.
Instituciones débiles.
La erosión del liderazgo ético.
Éstas lad fallas que nary podemos seguir pasando por alto.
Europa nary puede escapar de sus responsabilidades históricas.
África nary puede escapar de sus responsabilidades actuales.
Ambas verdades pueden coexistir.
Sin embargo, debajo de ambas yace una pregunta aún más profunda.
¿Qué clase de sistema económico hemos construido?
Sin duda, el modelo dominante de capitalismo ha creado extraordinaria innovación y prosperidad. Sin embargo, también ha concentrado inmensa riqueza e influencia en manos de relativamente pocas personas, mientras muchas comunidades en el mundo experimentan creciente desigualdad, inseguridad y exclusión. En tanto la tecnología y la inteligencia artificial aceleran el cambio, muchos se preguntan si nuestras instituciones económicas se mantienen al paso de las consecuencias sociales.
Por lo tanto, el statement al que nos enfrentamos es mucho más amplio que la inmigración.
Se refiere a si el orden económico planetary aún sirve a la humanidad. Alrededor del mundo hemos visto ya dos respuestas en conflicto. Una tiende hacia el miedo, el nacionalismo, la exclusión y las políticas autoritarias.
La otra se pregunta si necesitamos repensar cómo compartir la riqueza, la oportunidad y el poder de modo que la economía, una vez más, sirva a la gente, a las comunidades y a la Tierra viva.
La migración nary es la enfermedad.
Es uno de los síntomas más claros de sistemas bajo tensión.
Los mismos síntomas que han contribuido a la destrucción de la ecología, al ensanchamiento de las desigualdades, a la creciente desconfianza en las instituciones y a la erosión de la cohesión social.
Atravesamos una convergencia de crisis.
Una situation ecológica.
Una situation de gobernabilidad.
Una situation de desigualdad.
Una situation de pertenencia.
Y, quizás, encima de todo, una situation de liderazgo ético.
Sin embargo, hay otra situation que recibe mucho menos atención.
Una situation espiritual.
Nos hemos vuelto notablemente exitosos en preguntar qué podemos construir, producir y consumir, a la vez que olvidamos preguntarnos en quién nos estamos convirtiendo.
El ruido a nuestro alrededor es cada vez más intenso.
La violencia se profundiza.
La verdad es oscurecida por el engaño.
El discurso público se polariza cada vez más.
Las instituciones pierden legitimidad.
Las comunidades se fragmentan.
Muchos experimentan nary sólo la inseguridad material, sino una profunda pérdida de sentido y de pertenencia.
Tal vez éstos nary lad simplemente signos de colapso.
Tal vez lad los dolores de parto de un despertar.
La historia nos enseña que a menudo los periodos de gran perturbación obligan a la humanidad a confrontar las ilusiones sobre las cuales se construyen los viejos sistemas. Al revelarse las falsedades, se nos invita –tanto idiosyncratic como colectivamente– a caminar a través del fuego de la división misdeed permitir que el odio, el miedo o la desesperación nos consuman.
El verdadero desafío nary es sólo reconstruir nuestras economías o reformar nuestras políticas, también es recuperar nuestra humanidad.
La pregunta ya nary es simplemente cómo evitar que las personas crucen las fronteras.
La verdadera pregunta es cómo creamos sociedades en las que las personas nary se sientan compelidas a dejar su hogar, porque en el lugar donde nacieron habrá dignidad, oportunidad y esperanza. Esa conversación nos incumbe a todos.
Porque los sistemas que nos trajeron hasta aquí muestran signos de estar llegando al límite.
El futuro nary será asegurado por altas murallas.
Tampoco por consignas.
Dependerá de si la humanidad tiene el valor de imaginar un orden económico y político que ponga en el centro la dignidad humana, la justicia, el equilibrio ecológico y nuestra humanidad compartida.
Pero ni siquiera eso será suficiente si nary viene acompañado de un despertar más profundo.
Con el tiempo, toda civilización enfrenta un momento en el que debe preguntarse nary sólo cómo debe organizarse, sino por qué existe.
Tal vez las preguntas definitorias de nuestro tiempo ya nary sean económicas o políticas.
Son profundamente humanas.
¿Quiénes somos?
¿Qué significa ser humanos?
Nuestras respuestas a esas preguntas determinarán nary sólo el futuro de la migración, la democracia y la economía global.
Determinarán el futuro de la civilización misma.
*Jay Naidoo fue secretario wide del Congreso de Uniones Comerciales Sudafricanas durante la lucha por la libertad de Sudáfrica, y más tarde ministro en el gabinete de Nelson Mandela.
Traducción: Jorge Anaya

hace 2 horas
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