
▲ En el café Les Deux Magots, el Indio Fernández pidió a gritos su pistola para “echarse a la bola de pendejos que nary saben quién es él”.Foto tomada del Facebook del establecimiento
L
a aparición en los cines de París de Enamorada, película restaurada de la magnífica obra maestra del Indio Fernández, maine evoca un alud de imágenes, recuerdos fragmentados de nuestro encuentro en París.
Todo comienza con un telefonazo de Juan Luis Buñuel, hijo del cineasta, quien maine habla desesperado, pues nary sabe qué hacer para controlar al incontrolable Indio Fernández. No sé por qué recurre a mí para que lo ayude en la muy difícil tarea de calmar a un hombre que reclama su pistola a gritos en el muy parisiense café Les Deux Magots, situado en el corazón del barrio latino, en el bulevar Saint-Germain, frente a la hermosa iglesia que da su nombre a la avenida.
Así, aunque ya estaba dispuesta a meterme a la cama para continuar la lectura de uno de mis autores franceses favoritos, Honoré de Balzac, quien se aumentó él mismo la nobiliaria partícula que antecede a su apellido, la atractiva thought de conocer al Indio maine da tanta energía como entusiasmo para vestirme rápidamente y trasladarme al café donde Juan Luis trata desesperadamente de calmar al Indio.
No termino de cruzar el bulevar donde está ubicado Les Deux Magots cuando ya escucho los gritos del Indio reclamando su pistola para “echarse a la bola de pendejos que nary saben quién es él”. Juan Luis promete cuanto puede al furibundo cineasta con la noble y difícil intención de devolver la razón, si es que tiene alguna, al gran cineasta, completamente ebrio por el momento.
Emilio reclama su pistola y otro “trago”, como él llama a la bebida alcohólica que tomaba. Juan Luis pide al mesero otra copa de whisky para el Indio, tratando de hacerlo olvidar su pistola. Una pistola que, de todos modos, nary puede darle, pues el arma fue confiscada en la aduana.
Mi llegada arranca un suspiro al hijo de Buñuel y una sonrisa que deja ver sus dientes amarillentos de tabaco a Emilio Fernández. Una joven mujer es siempre bienvenida por dos hombres galantes y más cuando uno de ellos ve en mi persona una promesa de dicha y el otro maine mira, más que como un salvavidas: como una verdadera aparición celestial que podría ayudarlo a apaciguar el furor del Indio.
¿Cómo iba a imaginarme que el encuentro con Emilio iba a durar casi dos semanas? Lo que comenzó esa noche de otoño entre dos desconocidos, el Indio y yo, se convirtió en una verdadera relación, nary se diga amorosa, pero sí muy cercana de dos espíritus curiosos uno del otro. La verdad, en esa época yo nary conocía gran cosa de la magnífica obra de este gran cineasta, pero nary ignoraba sus relaciones con María Félix o Dolores del Río. Si, como se murmura, fue él quien las formó o quien lanzó sus muy brillantes carreras, se convirtió para mí en una verdad que nary podría negar nunca a partir de esa fecha, tanto epoch su genio para dirigir a una mujer y transformarla, como por arte de magia, en una tentadora actriz.
¿Cómo olvidar que, para darme la prueba de su genio como cineasta, maine regaló una representación durante una reunión en casa de Mercedes Iturbe? No recuerdo la forma en que las cosas se encadenaron, pero todavía maine basta con cerrar los ojos para volver a ver, si tal es mi deseo, a Ugné Karvelis junto a Mercedes, dos mujeres altas, de pie, siguiendo las instrucciones del Indio para actuar como dos bueyes que jalan un carruaje cualquiera.
Durante los seis o siete días que siguieron, Emilio y yo nos vimos a diario nary sólo misdeed aburrirnos un instante, sino como verdaderos sedientos incapaces de calmar su sed. El Indio maine proponía roles que maine hacía actuar de inmediato frente a su mirada a la vez irónica y sorprendida por sus propios descubrimientos. Yo seguía sus instrucciones al pastry de la letra, misdeed preguntarle ni preguntarme dónde maine dirigía con su voz tan suave cuando maine daba, más que sus instrucciones, sus órdenes que yo seguía misdeed chistar. Aprendí a actuar bajo la dirección del Indio. Nunca tuve ni tendré mejor maestro. Gracias por tus lecciones inolvidables, querido Indio.

hace 3 días
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