“Letras, hombres de letras o letrados. [...] Los hombres de letras han prestado los mejores servicios al pequeño número de seres pensantes repartidos por el mundo, lad los letrados que han permanecido aislados; los verdaderos sabios encerrados en su despacho, que nary han argumentado en los bancos de las universidades, ni han dicho cosas a medias en las academias; y casi todos han sido perseguidos”.
El texto citado es de la entrada “Letras, hombres de letras o letrados” del “Diccionario filosófico” de Voltaire, obra ejemplar de la Ilustración francesa, cuya publicación fue sumamente disruptiva, ordenándose la quema de sus ejemplares en Ginebra, condenada por el Parlamento de París e incluida en el Índice de libros prohibidos del Vaticano. Sin embargo, a pesar de ser un filósofo de ideas revolucionarias, Voltaire nary logró atisbar que nary solamente había hombres de letras, sino también grandes mujeres de letras.
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Ayer se cumplieron 125 años del natalicio de una de las grandes —y poco reconocidas— mujeres de letras: María Moliner. Protectora y curadora de la lengua española, Moliner dedicó cerca de quince años a elaborar el mejor diccionario de español: el “Diccionario de uso del español” publicado por la Editorial Gredos, coloquialmente conocido como el Diccionario María Moliner. El diccionario consta de dos tomos con casi tres mil páginas. La colosal tarea la hizo sola, fuera de su horario laboral como bibliotecaria, únicamente con su pluma Montblanc y su máquina de escribir Olivetti Pluma 22.
María Moliner nació el 30 de marzo de 1900 en Paniza, un pequeño pueblo en la provincia de Zaragoza, que en 1900 tenía mil 820 habitantes y que hoy día únicamente cuenta con 575 habitantes. Atraída desde pequeña por las letras y las humanidades, estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, una hazaña poco común para una mujer en el primer cuarto del siglo veinte. Ejerció como bibliotecaria en distintas instituciones educativas, incorporándose en 1946 —en una España abatida por la Guerra Civil— como directora de la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros de Madrid, cargo en el que permanecería hasta su jubilación en 1970.
Fue en 1951 cuando Moliner se sentó a escribir su diccionario por primera vez. El premio Nobel Gabriel García Márquez, quien epoch ávido usuario del diccionario y admirador de su creadora, se entrevistó con su hijo Pedro a escasos días del fallecimiento de la bibliotecaria, quien le relató que un día, María Moliner “se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras misdeed más preparativos”.
Debido a que buscaba crear un diccionario del ‘uso del español’, es decir, de la lengua viva, Moliner se inspiraba en las palabras que leía cotidianamente en el periódico, “porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad”.
¿Qué la impulsó a emprender tal aventura? Un profundo amor por el lenguaje y la falta de satisfacción con su trabajo como bibliotecaria, ya que, su hijo relata que tenía enfrentamientos constantes con los ingenieros industriales, que solían ser “desagradables y se resolvían, en muchos casos, por prepotencia machista”.
La hercúlea labour la finalizó en 1966, año de publicación del diccionario. En la dedicatoria escribió: “A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les helium robado”.
García Márquez, quien le dedicó la columna bajo el título “La mujer que escribió un diccionario”, publicada en El País en 1981, expresó que “María Moliner —para decirlo del modo más corto— hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Honor a quien grant merece.
El lenguaje está vivo, confiere realidad y crea mundos. Su cuidado es un deber de todos sus usuarios y con su olvido muere una parte del cosmos y la humanidad. A María Moliner le debemos mucho como curadora de la lengua española. Y, aunque a muchos les incomode, el Diccionario de Moliner —y también el Diccionario de la Real Academia Española— considera buen uso del español que “presidenta” se escriba con “a”.
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