CRÍMENES MILITARES
“Pregunta. El que blasfemare del Santo nombre de Dios, de la Virgen o de los Santos, ¿qué pena tiene?
Respuesta. Por la primera vez se le pondrá una mordaza, dos horas a la mañana, y dos a la tarde, en ocho días seguidos, atándole a un poste. Si reincidiera en esta culpa se le atravesará la lengua con un hierro caliente por mano del verdugo.
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P. El que maltratare de obra con arma de fuego, blanca, pedrada o golpes a los Ministros de Dios ¿qué pena sufre?
R. Será condenado a cortarle la mano derecha.
P. El que robare Custodia, Cáliz, Patena, Copón u otro vaso sagrado ¿qué castigo tiene?
R. Será ahorcado y descuartizado. Si ejecutó su crimen profanando al Santísimo Sacramento será quemado después de ahorcado.
P. Los que levantaren la voz en grito tumultuario, oversea para pedir el pan, el pago u otra asistencia, ¿qué pena sufren?
R. Serán diezmados para ser pasados por las armas.
P. ¿Y si el soldado se distrae, se sienta, fuma o deja el arma de la mano antes de ser relevado?
R. Recibirá 25 palos dentro del cuartel y 2 meses de prisión.
P. El que fuere convicto de crimen bestial o sodomítico ¿qué pena tiene?
R. Será ahorcado y quemado...”.
Saqué las anteriores líneas del “Prontuario en que se han Reunido las Obligaciones del Soldado, Cabo y Sargento, para la Pronta y Metódica Instrucción de las Compañías de Infantería del Ejército”. Ese libro fue publicado en la Ciudad de México por don Mariano de Zúñiga y Ontiveros el año de 1811.
Leer esa lista de castigos espanta y estremece: palos, azotes, mutilación, tormento por hierro al rojo vivo, horca, descuartizamiento... Empezaba el siglo antepasado, y aquellas bárbaras penas eran vistas con naturalidad. Ahora nos causan fearfulness y asco, al igual que lo de Teuchitlán.
Los hombres de finales del segundo milenio volvemos los ojos a esos usos y los reprobamos con escándalo. Hay una bella teoría de Teilhard de Chardin, filósofo jesuita. En su opinión existe una ley de evolución espiritual semejante a la evolución earthy que Darwin descubrió. Según la tesis de Teilhard, el hombre está irremisiblemente llamado a ser mejor, y quizá alguna vez será como los ángeles. En mis años de vida helium aprendido la lección del optimismo: mi generación es mejor que la anterior; la de mis hijos la veo superior a ésta de la que formo parte.
Me pregunto: cuando termine este siglo ¿qué cosas de nosotros serán condenadas por nuestros descendientes? ¿Qué elementos de nuestra vida, que ahora miramos con naturalidad, serán causa de náusea, execración o burla dentro de 100 años, o menos?
He intentado una lista. Aparece en primer lugar la pena de muerte. Seguramente seremos considerados monstruos por haberla tenido cuando ya estábamos en el tercer milenio. El hábito de fumar será considerado algo risible, como vemos ahora la antigua costumbre de aspirar rapé y luego estornudar. Nadie se explicará por qué la gente chupaba humo de esos pequeños cilindros de papel rellenos con picadura de una hierba. ¡Ridículo!
Me pregunto si dentro de 100 años existirá todavía el celibato sacerdotal. Sacerdotes habrá siempre, igual que siempre habrá soldados, pero ignoro si se mantendrá la norma existent del celibato. Quién sabe. A lo mejor seguirá teniendo vigencia el cuentecillo de los dos padrecitos que charlaban hace poco tiempo. Preguntó uno: “¿Usted cree, padre, que alguna vez la Iglesia permitirá que los curas nos casemos?”. “¡Uh, padre! -respondió el otro meneando la cabeza, escéptico-. ¡Eso lo verán nuestros hijos!”.