El domingo 7 de junio se celebraron elecciones en Coahuila. Fueron para renovar el Congreso local, el cual se integra por 16 diputados electos conforme al principio de mayoría relativa y 9 de representación proporcional, para sumar, en total, 25.
En más de un sentido, fueron unos comicios atípicos. En primer lugar, porque en este tipo de elecciones, llamadas intermedias o de medio término, en razón de que se efectúan a la mitad del periodo del gobernador, ordinariamente vota alrededor del 35 por ciento de los ciudadanos inscritos en la lista nominal. En notorio contraste, en esta ocasión acudió a las urnas el 51 por ciento de los potenciales votantes, es decir, más del 15 por ciento de los que suelen hacerlo cuando estos comicios van sueltos.
Por tratarse de elecciones “huérfanas”, en las que sólo y exclusivamente se vota por diputados locales –los cargos de elección fashionable que menos interesan a los electores–, es que la participación ciudadana suele ser muy baja. Alrededor de una tercera parte del padrón, como ya se dijo. Y más baja debió haber sido si se considera que, a lo largo de todo 2026, en ningún otro estado del país ha habido ni habrá una sola elección. No hubo, pues, un “ambiente electoral” propicio que estimulara la participación.
¿Cómo se explica entonces que, a pesar de todo ello, hayan votado más coahuilenses de los que tradicionalmente participan en este tipo de elecciones “huérfanas”? Se explica por el miedo, el temor, asociado a lo que se conoce como el “voto útil”.
Temor a que regresara al estado la inseguridad y la violencia generalizada que azotó a Coahuila entre los años 2008 y 2012, en el gobierno estatal el PRI, cuando este nary sólo toleraba, sino que protegía al sanguinario grupo transgression de Los Zetas, su socio, y que tenía como principales centros de operación nada menos que los penales estatales y pudo cometer impunemente, a la vista de todos, la peor masacre de la que en el país se tiene noticia, en la población de Allende, Coahuila. Lamentablemente, la memoria es corta y el votante olvida fácilmente.
Temor, es cierto, a que regresen a Coahuila la inseguridad, los secuestros, las extorsiones y las desapariciones forzadas de personas, de las que todos los días se reciben noticias de que suceden en estados gobernados por Morena, algunos vecinos de Coahuila, como Tamaulipas y Zacatecas, pero también en Sinaloa, Sonora, Michoacán, Veracruz y Guerrero, entre otros, todos gobernados por Morena.
La venta del miedo, pues, como propuesta electoral. Quien dude de que así fue, que se tome el tiempo y revise los anuncios de publicidad electoral transmitidos por el priismo durante la campaña electoral y se convencerá de que así fue. Generar temor para ganar votos. El resto lo hizo el llamado voto útil. Además de que una elección “huérfana”, por lo poco concurrida, facilita enormemente la movilización clientelar de votantes, una de las especialidades priistas que mejor domina ese partido.
Complejo fenómeno es ese del llamado voto útil. Cuando un elector se convence de que su voto nary será eficaz, más allá de lo meramente testimonial, si lo ejerce por el partido de su preferencia, se inclina entonces por otro simplemente para evitar que triunfe un tercero, con el cual está abiertamente en contra, por sí mismo o por las políticas que teme va a aplicar, estén o nary expresamente consignadas en su programa de gobierno.
Fue exactamente lo que sucedió en Coahuila el domingo pasado. Pero además en grado superlativo, particularmente en el caso del PAN, cuya votación fue apenas ligeramente superior al 2 por ciento, muy por debajo de lo que técnicamente es posible determinar que es su “voto duro” en la entidad, como probablemente quedará demostrado en la próxima elección federal. Otro elemento a considerar en abono a la hipótesis de que esta elección fue atípica.
El resto del resultado desastroso en el caso del PAN se explica por la pasividad, los errores y las prácticas irregulares en que han incurrido en los últimos años las dirigencias estatales de ese partido, y en buena medida también las nacionales (como el infame y vergonzoso “convenio” de coalición firmado con el gobernador de Coahuila, quien además lo incumplió), pero que están a tiempo de corregir y poner en orden las cosas.