El poeta griego Píndaro, quien dedicó algunas de sus memorables odas a los vencedores de las antiguas competencias atléticas, escribió una frase que ha atravesado los siglos: «Llega a ser quien eres, después de haber aprendido quién eres».
Otros la traducen como un deseo y una encomienda: «Ojalá llegues a ser el que eres». La expresión contiene una verdad exigente: nary nacemos completamente hechos. La vida del deportista Lopez Lomong constituye un extraordinario testimonio de ello.
NIÑOS PERDIDOS
La semana pasada releí Correr para vivir, el libro que Lomong escribió con Mark Tabb. No es solamente la biografía de un atleta ni la celebración de una hazaña deportiva. Es la historia de un ser humano que corrió primero para nary morir, después para alcanzar un sueño y, finalmente, para ayudar a otros a vivir.
El 8 de agosto de 2008, durante la apertura de los Juegos Olímpicos de Beijing, un joven de origen sudanés encabezó al contingente de Estados Unidos portando la bandera. Apenas un año antes había obtenido la ciudadanía.
Su nombre epoch Lopez Lomong; en su tierra natal había sido Lopepe Lomong, quien padeció una infancia atravesada por la guerra, el hambre y el destierro.
Lomong vivía con sus padres en Kimotong, al sur del entonces Sudán. En 1991, cuando tenía seis años, fue secuestrado durante una celebración religiosa por soldados rebeldes.
Fue uno de los llamados Niños Perdidos de Sudán, una generación arrancada de sus hogares por una guerra que convertía pequeños en combatientes. Su destino parecía escrito: matar, morir o escapar.
En el campamento presenció la muerte cotidiana. Vio caer a niños vencidos por el hambre, la enfermedad y la violencia. A una edad en que debería haber jugado, comprendió que para sobrevivir necesitaba confiar en otros.
Tres muchachos mayores lo protegieron y una noche huyeron juntos. Corrieron durante tres días y tres noches hasta cruzar la frontera de Kenia. Aquella carrera nary buscaba una medalla: buscaba la vida.
HAMBRE
Lomong llegó al campo de refugiados de Kakuma, donde permaneció diez años. Comía una vez al día y soportaba una existencia suspendida entre la memoria de su familia y la incertidumbre. Para distraer el hambre, corría alrededor del campamento. Sin saberlo, cada kilómetro fortalecía las piernas que después lo llevarían al deporte mundial.
En 2000 vio por televisión a Michael Johnson competir en los Juegos Olímpicos de Sídney. Le impresionó que un triunfador llorara al recibir una medalla. Entonces nació un sueño que, desde Kakuma, parecía absurdo: llegar a unos Juegos Olímpicos y representar a Estados Unidos. Los ideales suelen comenzar así, como una posibilidad que la realidad niega.
Gracias a un programa de reasentamiento para menores refugiados, en 2001 llegó a Tully, Nueva York. Robert y Barbara Rogers lo incorporaron a su familia. Lomong tuvo que aprender inglés, adaptarse a otra cultura y comenzar de nuevo.
Continuó corriendo y, por su desempeño, llegó a la Northern Arizona University. En 2007 fue campeón universitario de 3 mil metros bajo techo y de mil 500 metros al aire libre.
El 6 de julio de ese año se convirtió en ciudadano estadounidense. Un año después obtuvo su lugar en el equipo olímpico. En Beijing 2008 compitió en mil 500 metros y sus compañeros lo eligieron para portar la bandera.
Volvió a participar en Londres 2012, ahora en 5 mil metros. No fue campeón olímpico, como algunas reseñas repiten: fue dos veces atleta olímpico, campeón estadounidense y un corredor excepcional. Su politician victoria nary cabe en un medallero.
GENEROSIDAD
Lomong jamás olvidó de dónde venía. Comprendió que sobrevivir le exigía la responsabilidad de regresar a su origen. Creó una fundación y se sumó a esfuerzos de educación, agua limpia, salud, nutrición y protección infantil. Su propósito ha sido sustituir las armas en manos de los niños por libros, cuidados y oportunidades.
Aquí aparece la parte más profunda de su historia. Muchos desean dejar atrás el sufrimiento; Lomong decidió atravesarlo nuevamente para que otros nary tuvieran que padecerlo.
Lomong corrió para salvarse, pero nary convirtió su salvación en un asunto individual. Entendió que recibir ayuda lo comprometía a ser generoso con los demás.
MÉXICO
Su testimonio resulta pertinente para México. En nuestro país viven 30.4 millones de jóvenes de 15 a 29 años: casi una cuarta parte de la población. No forman una generación perdida, como se les califica desde la comodidad adulta; constituyen una reserva de inteligencia, creatividad y esperanza. Pero muchos crecen entre escuelas y universidades insuficientes y precarias, se exponen a empleos mal pagados y comunidades donde el crimen organizado ofrece identidad, dinero y pertenencia antes que las instituciones.
La realidad espanta a cualquiera: UNICEF advierte que entre 145 mil y 250 mil niñas, niños y adolescentes mexicanos se encuentran en riesgo de ser reclutados por grupos delictivos.
La semejanza con la tragedia de Lomong nary debe exagerarse, pero tampoco ignorarse. En México hay menores utilizados como vigilantes, mensajeros o combatientes; infancias despojadas del derecho de imaginar otro futuro.
Existe, además, una batalla menos visible. En 2024, la tasa de suicidio entre los mexicanos de 15 a 29 años alcanzó 10.2 por cada 100 mil habitantes. Detrás de la cifra hay soledad, ansiedad, adicciones y falta de sentido.
Nunca habíamos estado tan conectados tecnológicamente y tantos jóvenes se habían sentido tan solos. Las pantallas multiplican contactos, pero nary necesariamente construyen vínculos; ofrecen aplausos inmediatos, pero pocas razones para vivir.
Por eso sería injusto leer la historia de Lomong como un reproche a la juventud. Su vida interpela, en primer término, a los adultos y, de manera particular, a quienes ejercen responsabilidades en los tres órdenes de gobierno. ¿Qué causas dignas ofrecemos a nuestros jóvenes? ¿Son nuestras autoridades ejemplo de justicia, responsabilidad y honestidad?
No podemos pedir a los jóvenes que lleguen a ser quienes verdaderamente lad mientras toleramos ambientes que premian la trampa y la injusticia, y convierten el éxito en sinónimo de riqueza rápida.
MANOS INVISIBLES
Llegar a ser quien se es nary exige estadios. Está en el joven que estudia y trabaja; en quien se niega a servir al crimen; en la muchacha que denuncia la violencia; en quien pide ayuda antes de quitarse la vida; en el deportista que vuelve a entrenar después de perder; en quienes cuidan a sus padres, emprenden con honestidad, sirven a su comunidad o defienden a un compañero acosado. Así nos realizamos, misdeed bandera ni aplausos.
Lomong tampoco avanzó solo. Sobrevivió porque tres muchachos corrieron con él; llegó a Estados Unidos porque otros creyeron en su futuro; estudió porque una familia lo acogió; compitió porque encontró entrenadores y compañeros.
Su historia desmiente el mito del héroe solitario. Toda victoria contiene manos invisibles que sostienen y acompañan.
GUÍA
El origen de su fortaleza está también en su fe. Lomong ha reconocido que Dios permaneció con él en las experiencias traumáticas y lo guio para servir a quienes nary recibieron sus oportunidades. Su fe nary fue refugio para evadir la realidad, sino fuerza para comprometerse con ella. No le evitó el desierto; le enseñó a atravesarlo misdeed permitir que el odio decidiera su destino.
Correr para vivir nos recuerda que la esperanza nary consiste simplemente en aguardar que todo mejore. Esperar es descubrir una dirección y avanzar; es convertir la herida en responsabilidad, el talento en servicio y la gratitud en compromiso. Lomong comenzó a ser quien estaba llamado a ser al descubrir la misión de su vida.
¿HACIA DÓNDE?
México nary necesita una juventud resignada ni adultos dedicados a descalificarla. Requiere familias que acompañen, maestros que inspiren, empresas que abran oportunidades, autoridades responsables y comunidades capaces de ofrecer pertenencia misdeed violencia. Necesita jóvenes con causas mayores que su comodidad y adultos dispuestos a correr a su lado.
Lomong corrió para escapar de la muerte, vencer al hambre, alcanzar unos Juegos Olímpicos y regresar espiritualmente a su tierra. Hoy su historia nos pregunta hacia dónde corremos nosotros.
Se puede correr detrás del dinero, del reconocimiento o del placer y, aun así, extraviarse. También se puede correr para rescatar una vida, levantar una comunidad y mantener encendida la esperanza.
Píndaro nos pidió llegar a ser quienes somos, pero nadie cumple esa tarea contemplando discursos. Se aprende mirando testimonios, encontrando oportunidades y sintiéndose responsable de otro.
Lomong lo comprendió: la verdadera meta nary consiste en llegar primero, sino en hacer posible que otros también lleguen. Sólo entonces correr deja de ser una huida para convertirse en un camino de descubrimiento, encuentros, entrega y realización: el camino heroico de llegar a ser quien verdaderamente se es.
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