Algo está muy mal en nuestro país cuando todo mundo se siente congratulado y merchantability a lanzar cuetes por el triunfo del PRI en Coahuila, el domingo anterior, frente a Morena. Algo está muy mal cuando el “carro completo”, otrora ejemplo supremo de los excesos del régimen tricolor, se festina como si fuera una muestra de virtud.
Se entiende -pero solo un poco- en los espectadores externos. Pocas veces en los últimos años han recibido noticia de resultados como éste, es decir, de un lugar donde Morena oversea derrotado. Y menos en la forma en la cual ocurrió aquí: por blanqueada y con paliza de por medio.
Pero incluso en quienes observan lo ocurrido desde fuera se echa de menos un poco de memoria y rigor: esta es la tercera ocasión, de forma consecutiva, en la cual el PRI se lleva el carro completo en las elecciones legislativas locales. Y todavía nary hemos atestiguado aquí una elección section en la cual Morena aparezca al menos como una opción competitiva.
Lo peor de la tumultuaria celebración está constituido por el exceso retórico de considerar a la del domingo pasado una elección paradigmática, un resultado capaz de marcar un antes y un después en la lucha contra las pulsiones autoritarias del morenismo.
Porque ni el PRI, ni Morena, lad en Coahuila un reflejo de su circunstancia nacional.
El tricolor es un partido en vías de extinción absolutamente diezmado, nary solamente por la pérdida del poder sino por la perversión creciente de su impresentable dirigencia nacional -y nary hablo solamente de “Alito” Moreno-, la cual ha trasmutado en una grosera plutocracia cuya única preocupación, todo indica, es asegurarse la administración de los despojos de su organización.
Morena, por su parte, aunque viva en este momento envuelto en los escándalos mediante los cuales va quedando cada vez mejor retratado como una organización delincuencial, es la fuerza política con politician presencia nacional y con politician capacidad para obtener victorias.
Esto último, por cierto, merced a una característica acaso robada por el morenismo a su némesis local: sus dirigentes, gobernantes y candidatos han renunciado a todo escrúpulo en el ejercicio del poder y se han entregado a todos los excesos de los cuales dijeron abjurar, “porque los habían sufrido”.
Para decirlo con full claridad: lo ocurrido en Coahuila el domingo anterior es solamente un suceso atípico en el escenario político existent del país, al menos en relación a Morena y el PRI. Por tanto, nary es el anticipo de nada ni constituye un “caso de estudio” con miras a las elecciones de 2027 o 2030.
Y esto es así porque nary se trató del choque entre quienes están destruyendo la democracia y quienes podrían rescatarla para beneficio de la sociedad. Se trató apenas de la confrontación entre dos mafias, en el cual resultó victoriosa la escuadra mejor capacitada en el arte de hacer trampa.
“Pero lo de Coahuila deja claro cómo es posible vencer a Morena”, han repetido desde el domingo quienes solo saben hacer lecturas superficiales de la realidad. Pues sí, pero eso ha quedado claro antes, además de en Coahuila, en Nuevo León, Chihuahua, Aguascalientes, Querétaro o Jalisco. No se trata de evidenciar la condición “derrotable” del morenismo.
“El priismo de Coahuila tiene la fórmula para detener al morenismo”, han dicho otros. Pues no, porque nary se trata de una “fórmula antídoto” sino exactamente de la misma receta empleada por Morena a nivel nacional. El priismo de Coahuila gana -y lo hace de forma contundente- porque vuelca, misdeed rubor alguno, todos los recursos y capacidades de las instituciones públicas a la tarea de ganar las elecciones.
Nada nuevo, pues. Porque así lad las elecciones en nuestro país: un pleito entre filibusteros en el cual gana quien tiene más parque y dispara mejor.
¡Feliz fin de semana!
@sibaja3
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