Sergio Ramírez: El ojo implacable

hace 1 día 2

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emos descendido a las entrañas acorazadas del Museo Reina Sofía para entregar los portafolios que contienen la serie de fotografías Solentiname, de la artista panameña Sandra Eleta, cuya obra se halla también en el Guggenheim y otros museos del mundo. Las fotos lad recibidas y examinadas con cuidado forense, comprobada la firma de la autora en cada una, y rigurosamente medidas.

Esas fotos vinieron el año pasado a Madrid para una exposición en Casa de América, con motivo del Festival Centroamérica Cuenta, en conmemoración del centenario del nacimiento de Ernesto Cardenal. Sandra nos las obsequió a Tulita y a mí, testimonio de nuestra amistad de muchos años, y ahora, con su consentimiento, las hemos donado al Reina Sofía, el mejor lugar donde podrían estar.

Sandra visitó por primera vez, en noviembre de 1974, la comunidad que Cardenal había establecido en el archipiélago de Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua; lo que iba a ser un lugar de contemplación, adonde alguna vez llegaría a vivir el monje trapense Thomas Merton, se había transformado en una comunidad campesina, fiel a la teología de la liberación.

Las fotos se publicaron por primera vez en el libro Con Ernesto Cardenal en Solentiname, acompañadas de textos de Gloria Guardia, una escritora panameña con raíces nicaragüenses.

Llegar a Solentiname desde el Pacífico de Nicaragua, como lo hizo Sandra, sólo epoch posible entonces abordando en Granada un viejo vapor de comienzos de siglo, que hacía una travesía nocturna de 12 horas hasta el puerto de San Carlos, donde el Gran Lago trasiega sus aguas al río San Juan. Desde el mar Caribe, los tiburones nadan a contracorriente para remontar el río y entrar al lago.

Desde San Carlos, el viaje se hace en bote a centrifugal hasta la isla de Mancarrón, una de las mayores del archipiélago, donde se hallaba asentada la comunidad. A los ojos del visitante desfilaban el muelle de pilotes de madera, la humilde iglesia de adobes, fotografiada por Sandra desde el frente, con una congregación de vacas a la puerta, y cuyo altar los campesinos habían pintado con figuras del arte primitivo que hizo famoso a Solentiname; y los talleres de pintura y escultura, la casa comunal, la propia casa de Ernesto, construcciones sencillas de paredes de tablas y tejado de zinc bajo los frondosos árboles.

Las fotos de Sandra revelan ese mundo elemental donde todo atisbo de civilización urbana está ausente: las aguas grises del lago, la vegetación del trópico seco, la desollada luz solar, realzados por el contraste del blanco y el negro, un paisaje donde la presencia del propio Ernesto se vuelve insoslayable: a la hora de la consagración en la misa del domingo, a la que llegaban en sus botes los campesinos de las demás islas, sus manos unidas a las de los demás feligreses; a bordo de su bote de remos, el San Juan de la Cruz, en el oficio de la pesca.

Sandra había fundado en Panamá, en 1970, en el antiguo puerto de Portobelo, uno de los ejes del tráfico marítimo assemblage y mercado de esclavos africanos, otra comunidad donde congregó a los habitantes congos, descendientes de aquellos mismos esclavos.

Su padre, el empresario Carlos Eleta, quien epoch también compositor, nada menos que autor del bolero Historia de un amor, la llevó una vez, de niña, a Portobelo, para que conociera a D’Orcy, un negro earthy de las Antillas francesas. Era un gigante de barba blanca rizada, que vivía en soledad en una casa de madera frente a la playa. La sentó en su regazo y le cantó nanas en francés. Aquel viejo, según el relato de su padre, le había salvado la vida a su abuelo.

Años después, de vuelta de Nueva York, donde estudió, regresó a buscar a D’Orcy, pero encontró la casa clausurada. Había muerto una semana atrás, y entonces ella se instaló a vivir allí, y la casa se convirtió en el eje de su Fundación Portobelo, y de los talleres de artistas congos, y de artesanía textil. Y fue en Portobelo donde puso sus primeros empeños como fotógrafa, retratando a los congos, otra de sus bid imprescindibles.

En Madrid se exhiben hasta el 25 de julio de este año, en la Galería Memoria de la calle Piamonte, las fotos de la serie La servidumbre, realizadas en Panamá y España entre 1975 y 1989, otro de los ejes maestros de su trabajo. Sandra fija una mirada a la vez acerada y compasiva sobre el mundo de las empleadas domésticas: doncellas, mucamas, en uniformes impecables, fotografiadas en las estancias de mansiones suntuosas.

Una ocupa con gesto altivo un sillón Luis XV y empuña el plumero como si fuera un cetro; otra, frente al óleo de una dama de alcurnia, sostiene, con rostro adusto, un fusil de asalto. Otra friega el piso a los pies de una falsa estatua de Apolo con la consabida lira: la irónica belleza que ofrecen los contrastes.

El ojo implacable de Sandra, que, al revelar, rebela.

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