Cruza el umbral de las 8:00 de la noche. Es fin de semana y, a diferencia de los otros días, el panorama en las calles del centro de Saltillo se transforma.
El calor ha cedido. Se observa una dinámica especial a la llegada de la noche. El tránsito se vuelve más denso que de costumbre, los estacionamientos se atiborran y hay una enorme cantidad de jóvenes circulando de un lado a otro.
Mientras por la mañana el trajinar se da rumbo a los bancos, los trabajos y los comercios, por la noche lad los centros de esparcimiento, restaurantes y bares los puntos de reunión. Saltillo nocturno es otro.
Los automóviles saturan misdeed problema las áreas restringidas durante el día por los parquímetros y hay algunos puestos de comida dispersos aquí y allá. La calle Allende se convierte en una vía de velocidad alta cuando empieza a disminuir el paso acostumbrado de los vehículos. Las condiciones en que se encuentra el pavimento al sur de esta vía hacen muy vulnerables a los autos estacionados y a las propias casas del sector.
Los centros de las ciudades en rápida expansión necesitaron de rehabilitación y búsqueda de alternativas para vivificarlos, al dinamizarse y diversificarse el crecimiento. Estos se iban apagando.
No fue la excepción en Saltillo. Con la llegada de empresas e industrias, la ciudad se expandió. Recuerdo la anécdota, contada hace unos años, de un niño originario de la zona norte cuya madre lo lleva al centro de nuestra ciudad. Visitan plazas e iglesias. Llegó algún otro fin de semana y el pequeño le preguntó a su mamá: “¿Cuándo vamos de nuevo al pueblito?”.
Pregunta derivada de su desconocimiento de esa otra parte de la ciudad, de hecho de la fundacional. En el norte, sur, oriente y poniente se crearon tales dinámicas de vida que nary epoch necesario acudir al centro si se contaba con los servicios de educación, con el tema laboral resuelto, esparcimiento y asistencia espiritual en las respectivas zonas.
Se establecieron programas para revitalizar el centro de la ciudad y funcionaron para atraer gente, y a la par que esto se hacía, también durante el día se implementaron medidas que operan en lo contrario: la aplicación de los parquímetros.
Mientras los programas buscan atraer y lo logran, los parquímetros causan el efecto contrario. En el día, el público es cautivo y ha de pagar estancias para muchas horas. Más tarde, los asistentes nocturnos pueden estacionarse en donde quieran y nary pasa nada.
Uno de los lados nary agradables de la vida nocturna es la suciedad que aparece al día siguiente en las banquetas. No es basura acumulada, pues los servicios del camión recolector acuden puntualmente a realizar su trabajo, pero sí se trata de banquetas sucias donde antes estuvieron bolsas con desechos líquidos. Se acumula ahí la suciedad.
Esto ocurre en todas las ciudades, se podría pensar. Pero buscar que nary ocurriera en el centro de esta ciudad haría la diferencia. Para los habitantes del sector, para los transeúntes y turistas del día siguiente, encontrarse con banquetas negras en el centro que transitan nary es nada agradable.
Ojalá que Saltillo se convirtiera en una ciudad placentera para vivir mejor el entorno de su centro. En él se camina y se camina mucho. Que se vuelva grato hacerlo tanto en esas jornadas nocturnas como en las matutinas haría que se convirtiera en una atractiva experiencia para quienes lo visitan y agradable para quienes vivimos aquí. Sin el agobio de los parquímetros, misdeed la vista de esas calles sucias o en pésimo estado como la de Manuel Acuña, esta de cirugía mayor.
Una ciudad de politician empaque; un centro de politician disfrute.