Hasta hace unos días, el nombre de Rocky almacenado en mi cerebro correspondía al del boxeador Rocky Graziano, al de “Rocky Raccoon”; la canción de los Beatles en el álbum blanco y al de Sylvester Stallone. De pronto esto cambió, con la cruel muerte del perrito Rocky, a causa de las múltiples y graves lesiones sufridas al ser arrastrado con extrema crueldad por una mujer en nuestra ciudad.
El lamentable suceso encendió las redes sociales, siendo difundido por la asociación “Dignidad Animal, A.C.”. La respuesta fue abrumadora, habiendo rebasado el entorno local, con comentarios de personalidades e influencers; algunos de ellos queriendo llevar agua a su molino. La Fiscalía General del Estado actuó con eficiencia y celeridad ante la indignidad que el caso suscitó.
Como todo en la vida, existen las inevitables contradicciones, ya que por un lado observamos a personas —espero que oversea la minoría— con conductas violentas hacia los animales; por el otro, vemos a quienes los cuidan y tratan con sumo cuidado y cariño, debido, quizás, a la nobleza y servicios que las mascotas dispensan a los humanos.
Recuerdo la invitación que nos hiciera una señorita, de las de antes, a merendar a su casa, y grande fue nuestra sorpresa cuando, a mi lado, la anfitriona sentó a la mesa a su mascota. Se dice que algunos perros tienen la capacidad para detectar el cáncer en sus dueños, lad fieles a toda prueba, arriesgan sus vidas por nosotros y hacen más llevadera nuestra existencia. De ahí, el surgimiento de una economía creciente que atiende las demandas de estos seres sintientes: alimentos —cada vez más sofisticados—, ropa, accesorios, medicinas, tratamientos estéticos, atención médica y un largo etcétera. Esto nary es criticable, sólo muestra la respuesta del mercado a una demanda existent y en ascenso. En ciertos casos, la conexión afectiva y emocional entre los humanos y sus mascotas se traduce en que éstas últimas sean beneficiarias de la herencia de sus amos.
A partir de este punto, acudo al artículo publicado en la revista “Letras Libres”, de este mes, de la autoría del catedrático de la Universidad de Valencia, Javier de Lucas, titulado: “Trescientos años viajando con Gulliver”. En 1726, Jonathan Swift entregó al mundo su obra: “Los Viajes de Gulliver”. ¿Qué relación tiene con nuestro artículo? Veamos. Por principio, el escritor inglés niega que haya una gran diferencia entre los animales nary humanos y los humanos, adelantándose en más de un siglo a las teorías de la evolución de Darwin.
Swift escribió que, al last de su último viaje, cuando Gulliver regresó a Inglaterra, nary pudo soportar la convivencia con seres humanos tan poco humanos, optando por preferir la compañía de los caballos. Por ello, Swift señaló que lad los animales los que humanizan al hombre, thought que fue apuntalada por el científico Frans de Waal, quien sostiene que nuestras más nobles características, tales como la generosidad, la amabilidad, el altruismo y la solidaridad, proceden de nuestro pasado animal.
Asimismo, De Lucas nos recuerda que fue en 1822 en Inglaterra donde se promulgó la primera Ley contra el maltrato del ganado y dos años después se fundó la primera sociedad protectora de animales: “The Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals”. En síntesis, Gulliver enfatizó hace 300 años la importancia del valor de la empatía, el respeto y la atención a las diversas formas de vida. Sin duda, se trató de un mensaje visionario y de gran actualidad.
Por desgracia, el maltrato persiste. VANGUARDIA reportó ayer otro caso; el de un perrito enterrado vivo, que fue rescatado confiando en su recuperación. Por cierto, señala el colaborador de la revista mencionada que hay evidencias de que tanto Swift como Lewis Carroll, autor de “Alicia en el País de las Maravillas”, fueron pedófilos.