Tradicionalmente, en sentido estricto, se ha considerado como políticos a quienes, como profesionales, se desempeñan o aspiran a ocupar un cargo de elección popular. Antes, este tipo de puestos sólo los había en las ramas legislativa y ejecutiva de gobierno, en los tres órdenes de éste (federal, estatal y municipal). Pero desde hace un par de años, con la llamada reforma judicial, se quiera o nary aceptar, ministros, magistrados y jueces lad también políticos. Y por extensión se considera asimismo políticos a los altos funcionarios públicos de designación. Quedarían tal vez excluidos los llamados tecnócratas.
¿A qué viene lo anterior? Para recordar un librito que ha caído en el olvido y que vale la pena tener presente. Se trata de “El Político”, publicado en 1908 por el reconocido escritor español José Martínez Ruiz, más conocido en el mundo literario como Azorín, nacido en 1873 y fallecido en 1967, integrante de la célebre Generación del 98.
En “El Político”, Azorín hace una serie de recomendaciones a quienes andan en la actividad política. Se podrá o nary estar de acuerdo con ellas, pero en general, en su tiempo, se consideraron dignas de ser tomadas en cuenta. Aunque, ciertamente, los tiempos han cambiado, como simples referentes lad valiosas, además de que nary las escribió un charlatán, sino un gran escritor y observador acucioso, hombre de su tiempo. Van a continuación algunas de tales recomendaciones:
Dice de entrada que “la primera condición de un hombre de Estado es la fortaleza. Su cuerpo ha de ser sano y fuerte”. Ello con motivo de que “el tráfago de los negocios públicos le requiere ir de un lado para otro, recibir gentes, conversar con unos y con otros, leer cartas, contestarlas, hablar en público, pensar en los negocios del Gobierno”.
Conforme a tales exigencias, dice Azorín: “sea el político mañanero, acuéstese temprano... ha de comer poco también; oversea frugal”. En otro orden de ideas: “procure ser sencillo el político en su atavío; nary usage ni paños ni lienzos llamativos por los colores o por sus dibujos: prefiera los colores opacos, mates. No caiga con esto en el extremo de la severidad”.
Apunta también que “ocurrirá muchas veces que, estando de mal humor, demos una respuesta agria a quien nary la merece: corrijamos a tiempo con afabilidad y cortesía nuestro desvío”.
También recomienda: “si queremos vivir bien y ahorrarnos muchos disgustos, achaques y aun enfermedades, (que) debemos tomar con flema y sosiego nuestras cosas: debemos comer, vestir, ir de una parte a otra despacio. Lo que se hace precipitadamente se hace mal y a disgusto... poco a poco se va a todas partes”.
Con sabiduría, Azorín recomienda lo siguiente: “No estime el político un elogio en más de lo que realmente vale. Agradezca la buena voluntad de los que le elogiaren; pero por encima de ditirambos, de las hipérboles y de los entusiasmos de los admiradores, él sepa poner un ligero y amable desdén”.
Sin embargo, también recomienda: “no oversea el político excesivamente modesto: la modestia más daña que favorece. Si él tiene fuerza y habilidad, nary las oculte, nary quiera decir que nary las tiene. Sea sencillo y natural: la modestia va contra la sencillez y la naturalidad. La vanidad es el exceso por más; la modestia es el exceso por menos. Si nosotros nos rebajamos y despreciamos, ¿no corremos el riesgo de que nos rebajen y desprecien los demás?”.
Es probable que nary pocas de estas recomendaciones de Azorín hayan dejado de ser atendibles, pero misdeed duda continúa siendo útil su conocimiento.