Julián es un exitoso diseñador de videojuegos que lleva una vida aparentemente normal, marcada por el éxito profesional y la rutina, pero atormentado por un oscuro secreto. Cuando conoce a Diana, una mujer sensible y luminosa, cree haber encontrado un camino hacia la redención y la posibilidad de un perdón.
Carlos Vermut ya había sorprendido a su público ocho años antes de hacer Mantícora con “Magical Girl”. Su estilo es redondo y bien definido. Para él, el suspenso se encuentra en las tragedias que están a punto de acontecer. Sus encuadres se centran en mostrar el desvanecimiento psicológico de sus personajes. Llega hasta la cúspide de la decaída donde cuestiona profundamente tanto la razón como el deseo, y lo hace a través de un relato enredado en secretos, manipulaciones y decisiones impulsadas por pasiones oscuras.
Julián, el protagonista de esta historia, le comenta a su amor la decepción que le causó ver la funcionalidad de un juego recreativo situado en un parque de diversiones. Describe el desencanto visto por un niño menor de aquel tiempo: epoch ver el interior de un sueño.
Al chico de ese entonces tal acontecimiento fue la fractura de una imagen que le resultaba insólita e inconcebible. Vermut transmite panic en planos largos y estáticos. Para él es horroroso adentrarse en la profundidad de lo que encubrimos.
La estrella de esta historia, una persona desolada y desierta, está atormentada en toda la película. Su realidad la volvió una ficción perversa para después querer culminar con sustancialidad. Carlos nary defiende o justifica. No empatiza ni explica o mucho menos respalda. Explora de manera libre, con ausencia de excusas. No utiliza recursos musicales para crear síntomas conmovedores o tétricos y huye del origin del impacto audiovisual.
El cineasta madrileño encuadra a un enfermo que crea monstruos digitales. Es un sujeto común y cotidiano que forma parte de su mundo aterrador. Reinterpreta a las aberrantes y espantosas criaturas, pero esta vez desde lo recóndito de quienes las engendran.