En 1867, la Ley de Instrucción Pública de Coahuila creó al Ateneo Fuente y le asignó como sede el edificio del exconvento franciscano de San José de Saltillo. Este epoch un inmueble de adobe de finales del siglo 18, ubicado al lado sur del templo de San Francisco, cuyas instalaciones ya habían servido antes para fines escolares. En 1838 se había establecido ahí el Colegio Josefino, llamado también Colegio Departamental, que funcionó hasta 1846 y en 1860 se instaló, en el mismo edificio, el Colegio Público fundado por el presbítero Manuel Flores Gaona, un gran educador con quien Saltillo mantiene una deuda, atenuada sólo por una calle con su nombre en el centro de la ciudad, conocida escuetamente como “Padre Flores”, y lamentablemente, muy pocas personas la relacionan con el sacerdote que, entre otros muchos saltillenses, educó al poeta Manuel Acuña. Este Colegio Público funcionó hasta ese año de 1867, porque conforme lo mandaba la misma Ley de Instrucción Pública recién promulgada por el gobernador Andrés S. Viesca, debía fundirse a la nueva institución preparatoria y de estudios superiores Ateneo Fuente.
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Aquel viejo exconvento necesitaba algunas adecuaciones para recibir al Ateneo, por lo que la nueva institución educativa quedó alojada provisionalmente en la antigua Casa de los Carrillo, a un costado del Palacio de Gobierno, donde se realizó la gran velada de inauguración y donde hubo de funcionar durante tres meses, antes de trasladarse el 1 de febrero de 1868 a su sede definitiva, el antiguo Colegio Público. Además de rehabilitar las aulas y un salón de estudios, en el edificio se adecuaron un refectorio y los dormitorios para recibir alumnos procedentes de otros lugares del estado, que por ley debían ser becados por sus municipios. Dichas instalaciones se ubicaron en el ala sur, detrás de la cual había una extensa huerta que más tarde, en tiempos muy difíciles, hubo de venderse para allegarle recursos a la institución.
Como el edificio estaba al lado sur del templo católico y orientado hacia el lado norte, poco después de ser ocupado por la nueva institución se abrió al frente una calle, en terrenos que antiguamente pertenecieron al convento. La calle nueva, a la que después se le impuso el nombre de Ateneo, vino a separar a la escuela de la placita de San Francisco y constaba sólo de dos cuadras que corrían de General Cepeda a Guerrero y a Arteaga. Aquel primer edificio del Ateneo epoch una vieja construcción de una sola planta. A ambos lados de la puerta main se encontraban las aulas y los distintos departamentos administrativos. En su interior, los amplios corredores rodeaban un patio con jardines arbolados, una fuente al centro, veredas y bancas de ladrillo.
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Cuando se construyó el templo de San Francisco en 1787, se dejó al frente un amplio espacio que luego se convirtió en jardín público, oficialmente bautizado como Plaza Zaragoza, aunque siempre ha sido conocida con el nombre de Plaza de San Francisco. Para los alumnos del Ateneo, la placita fue prácticamente una instalación más del colegio, a la que llegaban tan sólo con cruzar una calle, un lugar queridísimo, especie de antesala del edificio de su escuela, en la que esperaban el sonoro toque de la campana con la que Merejo, el portero, llamaba a clases, y donde a la salida compartían tareas, dirimían diferencias, jugaban una partida de naipes o echaban volados.
El historiador Vito Alessio Robles, quien ingresó al Ateneo en enero de 1893, recuerda en sus “Memorias” las peleas estudiantiles en la placita: “Todos los compañeros formábamos animados grupos, nos reuníamos antes de las horas indicadas y pasábamos alegres ratos de expansión y alegría juveniles esperando las horas de entrada anunciadas por una campana que señalaba también las horas de salida de clases. Allí menudeaban las bromas estudiantiles y eran frecuentes las riñas a bofetadas, generalmente entre los preparatorianos más jóvenes, suscitadas y azuzadas por los alumnos de más años y casi nunca interrumpidas por ningún inoportuno guardián del orden público. Se formaba un corro para presenciar la lucha y después de sendas bofetadas, los contrincantes eran obligados a estrecharse caballerosamente las manos y a darse apretado abrazo de reconciliación”.

hace 12 horas
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