Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo un silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.
Octavio Paz (Silencio)
En la última publicación concluimos la saga del ascenso de los dioses del Olimpo, la cual tiene un sentido narrativo y conceptual que va del vacío al orden: la creación del cosmos a partir del Caos (el vacío), la unión entre Gea y Urano, el nacimiento de Cronos (tiempo) y el triunfo sobre su tiránico padre y, finalmente, el destronamiento de Cronos a manos de su hijo Zeus tras la épica batalla entre Titanes y Olímpicos —la Titanomaquia—, que concluyó con el ascenso al trono de Zeus y el destierro de Cronos en el Tártaro.
Esta crónica mitológica nos muestra el camino hacia el ordenamiento del cosmos y la sociedad —de la Verdad y la Justicia—, que culmina en el rayo y trueno de Zeus, dador de luz. Pero también hay una veta lóbrega en la Teogonía.
Regresaré al comienzo del relato para hablar sobre una rama de divinidades poco atendida: el linaje de la Noche.
Del Caos nacieron Érebo (las tinieblas o el abismo) y Nix (la Noche). La Noche dio a luz al “maldito Moros, a la negra Ker y a Tánato”, tres personificaciones de la muerte como destino inevitable. Le siguieron otros vástagos nocturnos: Hipnos (el sueño como acto de dormir) y los Oniros (los sueños como visión). De la misma madre nacieron la Burla, el Lamento, las Hespérides (ninfas), las Moiras (diosas del destino), Némesis (el castigo divino, uno de los tipos de justicia), el Engaño, la Ternura, la Vejez y Eris (la Discordia).
La Discordia engendró a la Fatiga, el Olvido, el Hambre, los Dolores, los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Discursos, Ambigüedades, Desorden y la Destrucción (siempre juntas) y al Juramento.
Es decir, del linaje de la Noche, hija del Caos, nacieron un conjunto de deidades sombrías, envueltas en el misterio, ominosas y lúgubres. Se trata de personificaciones de aquello que escapa a la luz de la vida, de la conciencia, de la razón, de la vigilia y de lo ordenado. Este límite entre la luz de la conciencia y la oscuridad de su ausencia es aquello a lo que Octavio Paz denominó, en “El arco y la lira”, la otredad: la inaccesibilidad absoluta.
La otredad puede tratarse de lo sagrado, de una persona distinta o incluso puede habitar en el “yo”, como aquella parte recóndita del ser desconocida para nosotros: nuestra sombra.
La Muerte —Moros, Ker y Tánato— es la representación paradigmática del ocultamiento luminar: se trata del último destino, enigmático e infranqueable. Al ser el término de la vida como la conocemos, es inaccesible para nuestra conciencia. La reacción earthy ante la conciencia de este abismo es el fearfulness que, de acuerdo con Paz, nos “hiela la sangre” y nos genera un vértigo ante una presencia extraña e inexplicable. No existe nada más ajeno a los humanos que la Muerte, pues sólo podemos “vivirla” una vez; marca la frontera temporal de nuestra vida y la dota de sentido. Es la otredad por excelencia.
En el mismo campo de lo inaccesible también se encuentra el Sueño, como acto de dormir y como las visiones durante el mismo (Hipnos y Oniros). El sueño se abre paso como una actividad involuntaria y, en muchos aspectos, incomprensible. Es aquello que nuestro inconsciente —el “lado oscuro de la luna” de nuestra mente— nos muestra, junto con nuestros deseos, pasiones, recuerdos y temores.
Si mantenemos separado este ámbito de nuestro entendimiento, como si nos fuera completamente ajeno —es decir, si nary lo hemos iluminado—, corremos el peligro de generar daño, tanto para nosotros mismos como a terceros: los Dolores, las Guerras, el Desorden, las Mentiras, la Destrucción, todos hijos de la Discordia y nietos de la Noche.
El ser humano es una unidad compuesta de la dualidad consciente o racional y la inconsciente. Mientras nary los integremos, estaremos abandonados, misdeed saber quiénes somos, de dónde venimos, qué deseamos y a dónde vamos. La Noche, sus hijos y nietos están para recordarnos que una parte oscura habita en todos nosotros. De nary reconocerla, corremos el riesgo de perdernos existencialmente. La Noche, paradójicamente, también alumbra a nuestro ser.
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