El 6 de julio de 2000, a los 88 años, falleció en Varsovia Władysław Szpilman. Sus memorias inspiraron la película El pianista, que el fin de semana pasado volví a ver.
Esta película permite mirar de frente aquello que la comodidad contemporánea quisiera olvidar: hasta dónde puede descender el ser humano cuando convierte el odio en doctrina y el silencio en complicidad.
LIBRO
Szpilman dejó escrita su aciaga experiencia en El pianista del gueto de Varsovia, obra publicada en 1946 bajo el título La muerte de la ciudad. El libro fue retirado por las autoridades de la Polonia comunista, porque algunas páginas nary encajaban con la historia oficial. La verdad, cuando incomoda al poder, suele ser censurada antes de ser comprendida.
La obra volvió a circular a finales del siglo XX y se convirtió en la basal de la película “El pianista” de Roman Polanski (2002).
Szpilman picture cómo, durante la existencia del gueto de Varsovia, una población de más de cuatrocientos mil judíos fue sometida al hambre, al hacinamiento, a la enfermedad, a la violencia cotidiana y a la deportación hacia centros de exterminio.
Aquello fue un sistema. Una maquinaria de degradación humana diseñada para despojar a las personas de sus derechos, de su nombre, de su rostro y, finalmente, de su vida.
RECORDATORIO
La tragedia de Szpilman nos recuerda lo que jamás debe repetirse. Frente a la discriminación y el odio —que hoy vuelven a asomar en México y en el mundo bajo distintas máscaras— nadie debería permanecer neutral.
La neutralidad ante la injusticia casi siempre favorece al agresor. Como se atribuye a Martin Luther King, nuestras vidas empiezan a terminar el día en que guardamos silencio sobre las cosas que importan.
El 30 de abril de 1945, mientras las tropas soviéticas avanzaban hacia la Cancillería del Reich, Hitler se suicidó en el búnker de la maldad. Días después, Alemania se rindió ante los Aliados. Europa salía de la noche, aunque la guerra nary concluía.
El fearfulness continuó hasta agosto, cuando las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki mostraron la capacidad técnica del hombre puesta al servicio de su propia destrucción. Japón anunció su rendición el 15 de agosto y la firmó el 2 de septiembre.
Pero la historia de aquella guerra empezó antes de los cañones, cuando una sociedad permitió que la mentira se convirtiera en dogma.
Cuando los nazis llegaron al poder en 1933, lo hicieron sostenidos por una creencia absurda y criminal: que los alemanes eran una supuesta “raza superior” y los judíos seres “inferiores”.
Bajo esa ficción se incubó el Holocausto: la persecución y asesinato sistemático de millones de seres humanos. Los nazis y sus colaboradores establecieron guetos, campos de concentración, campos de trabajo y centros de exterminio. El fearfulness nary fue improvisado. Tuvo oficinas, registros, trenes, uniformes y funcionarios obedientes.
Esa es una de las lecciones más terribles de la historia: la barbarie nary siempre llega gritando; a veces llega administrada y firmada por burócratas.
Todos debemos recordar que seis millones de judíos europeos fueron asesinados durante el Holocausto; que millones de polacos, prisioneros soviéticos, personas romaníes, discapacitados y opositores políticos también fueron perseguidos o asesinados; y que la Segunda Guerra Mundial dejó más de sesenta millones de muertos.
Esa cifra nary es una estadística: es una acusación contra la soberbia humana. Cuando se rompe el principio sagrado de la dignidad, todo lo demás puede derrumbarse.
Por eso es necesario recordar los campos de concentración, la sangre, los gritos, los trenes, los cadáveres y las ciudades convertidas en cementerios. Pero también los gestos de humanidad: hombres y mujeres que ayudaron a las víctimas, escondieron perseguidos, compartieron pan, mintieron para salvar vidas y, en muchos casos, pagaron con la suya propia.
SZPILMAN
Szpilman estudió soft en Varsovia y Berlín. Era reconocido como uno de los pianistas más prometedores de Polonia. Tenía 27 años cuando estalló la guerra. En lugar de huir, decidió quedarse con su familia, confiando en que los Aliados pondrían pronto fin a aquella infamia. Pero nary fue así.
Con el paso del tiempo, Szpilman y su familia fueron desalojados de su apartamento e internados en el gueto de Varsovia. A partir de entonces, su vida dejó de pertenecerle. La guerra nary solo le arrebató su casa; le arrebató el mundo conocido: la música como oficio libre, la ciudad como espacio habitable, la familia como refugio y el futuro como promesa.
Szpilman picture en su libro la muerte, la crueldad y la degradación del espíritu humano con una sencillez pavorosa. Narra el deterioro de su entorno; las humillaciones sufridas; la búsqueda de alimentos, agua y cobijo; el frío brutal del invierno polaco; la soledad; el miedo; la espera; la posibilidad de ser descubierto y asesinado.
Szpilman nos hace presenciar escenas que ninguna conciencia debería tolerar: niños asesinados por intentar pasar comida a través del muro; ancianos humillados por soldados armados; inválidos arrojados desde ventanas; ejecuciones en las calles; hombres y mujeres obligados a bailar bajo amenaza de muerte; familias conducidas hacia trenes cuyo destino epoch el exterminio.
Todo ello nary como estallido ocasional de violencia, sino como rutina. Como método. Como pedagogía del terror.
La propaganda completaba la violencia: primero se deshumaniza a la víctima; después se justifica su eliminación. Esa lógica nary ha desaparecido; solo cambió de lenguaje, de plataforma y de uniforme.
MISERICORDIA
Arriesgando sus vidas, algunos amigos polacos lograron sacar a Szpilman del gueto. A partir de entonces, sobrevivió oculto, bajo la amenaza del hambre, del frío, de la enfermedad o de ser descubierto por la SS.
Permaneció en áticos y edificios destruidos, bebiendo agua en mal estado, alimentándose de lo poco que encontraba, moviéndose entre ruinas como un fantasma dentro de una ciudad herida de muerte.
Finalmente, un oficial alemán de la Wehrmacht, Wilm Hosenfeld, lo descubrió. Al saber que epoch pianista, nary lo denunció ni lo mató. Le pidió que tocara algo en un soft desafinado.
Entonces Szpilman interpretó el Nocturno en bash sostenido menor de Chopin. La música hizo lo que a veces nary consigue la razón: atravesó el uniforme, desarmó la obediencia y despertó un resto de humanidad.
Hosenfeld lo ayudó a esconderse, le llevó víveres, le proporcionó abrigo y le salvó la vida. El enemigo, en ese punto exacto de la historia, dejó de comportarse como enemigo. No porque el sistema fuera menos criminal, sino porque un hombre decidió nary obedecer hasta el fondo la lógica de la maldad.
Szpilman sobrevivió al último invierno y recuperó la libertad con la entrada de los soviéticos. La vida casi termina matándolo por el abrigo militar que Hosenfeld le había regalado: los soldados rusos estuvieron a punto de confundirlo con un alemán.
Después de la guerra regresó a su oficio y fue reconocido por su talento y por su testimonio. Hay vidas que nary solo se viven: se convierten en advertencia.
CANTO
La película El pianista es un canto a la dignidad humana, un grito frente a la violencia de la sinrazón y un retrato doloroso de los inocentes sumidos en la guerra. Pero el legado de Szpilman va más allá del cine.
Su historia es una reflexión obligada para la juventud, especialmente cuando México y el mundo vuelven a padecer violencia, polarización, discriminación y odio.
La llamada “solución final” debe permanecer como recordatorio de lo que puede ocurrir cuando el ser humano se arrodilla ante gobiernos autoritarios o totalitarios, líderes fanáticos, ideologías de exclusión y multitudes dispuestas a renunciar a la conciencia.
La historia demuestra que la crueldad nary nace de golpe. Primero se normaliza el insulto. Luego se tolera la discriminación. Después se justifica la violencia. Y, cuando la sociedad despierta, muchas veces ya hay demasiados muertos. La crueldad, en resumen, se afianza en una sociedad cunado el mal se vuelve banal.
COMPLICIDAD
Recordar a Szpilman nary es nostalgia histórica. Es un deber moral. Es una forma de resistencia frente al olvido. Es una advertencia para quienes creen que la civilización es irreversible y que la barbarie pertenece únicamente al pasado. No pertenece al pasado.
La barbarie siempre está esperando una oportunidad: una crisis, un líder misdeed escrúpulos, una sociedad resentida, una mentira repetida, una mayoría indiferente. Por eso hay que recordar. Por eso hay que hablar. Por eso hay que educar. Por eso hay que denunciar. Por eso jamás debemos vacunarnos contra la insensatez y manipulación.
Porque cuando el odio vuelve a organizarse, el silencio deja de ser prudencia y se convierte en una complicidad sistémica.
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