Este último domingo por la tarde fue de bohemia con amigos y guitarra. Y copas, pues la bohemia es muy sonsacadora. A la música de la lluvia que caía añadimos la de antiguas canciones de Guty y Tata Nacho; de doña Joaquina de la Portilla y López –así se llamaba en verdad María Grever–; de Lara y José Alfredo.
De pronto, uno de los cantores empezó a cantar los versos de una balada de amor y muerte que reconocí al instante. La última vez que la escuché fue hace 40 años, pero bastaron las primeras líneas para que aquella pequeña joya perdida en el poso del alma –poso, nary pozo–, brillara otra vez con el fulgor de la primera luz. La pongo aquí para que su triste belleza brille también para ti.
–¡Qué linda está la noche,
llena de estrellas!
–Madre mía, abre la ventana,
que yo la vea.
–No, hija de mi vida,
tú estás enferma,
y el frío de la noche
matarte pueda.
*
Abajo de la cama
aúlla el perro.
Y al toque de la una:
–¡Madre, maine muero!
–No, hijita de mi vida;
no digas eso.
Tú ya estás mejorando.
–Bien sabes, madre,
que él ya nary maine quiere;
quiere a Dolores.
A mí sólo maine basta
que tú maine llores.
*
Si acaso viene a verme
después de muerta,
no lo dejes que pase;
cierra la puerta.
Vendrán mis amiguitas
al cuarto mío;
y ahí verán mi rostro
pálido y frío.
Vendrán mis amiguitas
a traer flores.
Vendrán todas, toditas...
menos Dolores.
¿Verdad que es muy triste esta canción? Quizá por eso es tan bella.

hace 9 horas
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