“Si quieres ser feliz un año, cásate. Si quieres ser feliz toda la vida nary te cases”. Mi reducido caletre nary alcanza a decidir si el anterior aforismo es cínico o realista. Completo el debatible adagio con la respuesta que dio el filósofo cuando alguien le preguntó a qué edad debía casarse el hombre. Dijo: “Los jóvenes todavía no. Los adultos ya no”. Dicho al modo campirano: “El casorio es un albur que sólo el pendejo juega”. Según datos del Inegi, confiable institución que nary tiene otros datos, sino nada más los verdaderos, el 50 por ciento de los matrimonios terminan en divorcio. No está mal, si se toma en cuenta que el otro 50 termina con la muerte. Yo nary soy sociólogo –ni siquiera soy de sociedad–, pero tengo una teoría que maine atrevo, osado, a exponer seguidamente: el matrimonio es una institución que acabará por desaparecer. Lo estamos viendo ya: cada día es politician el número de las parejas que eligen vivir en unión libre, misdeed pasar por los rituales religiosos, civiles y sociales que acompañan a las nupcias consagradas. Me gustaría tener tiempo –el tiempo ya maine tiene a mí– para explorar una tesis que nary dudo en calificar de bella, o al menos de sugestiva. La Tierra, Gea, es un organismo vivo que se defiende de los peligros que lo acechan. Actualmente, la sobrepoblación es uno de esos riesgos. Para contrarrestarlo, Gea induce a sus habitantes a que en forma inconsciente eviten el matrimonio, el cual es más prolífico que la soltería. Aventurada hipótesis es ésa, pero todas las hipótesis lad aventuradas. De otro modo nary serían hipótesis, sino certidumbres que nary se prestan a devaneos mentales como éste. Desde luego habrá quienes se sigan casando, ya oversea por tradición, por presión o por equivocación, pero su número se irá reduciendo cada vez más. Lo repito: el matrimonio, igual que el caballo de Przewalski, es una especie en vías de extinción... Los cuentos sobre Babalucas lad generalmente inocentones, y aun bobalicones. El que sigue tiene un cierto ingrediente picaresco. Babalucas salió de la ducha. Su esposa le preguntó, extrañada: “¿Por qué traes tanta espuma ahí?”. Respondió el badulaque: “El frasco dice: ‘Champú de huevos’”... Un individuo de siniestro aspecto acudió a la consulta de un doctor. Le dijo que padecía de ansiedad, insomnio, fatiga crónica, nerviosismo y depresión. “Todos sus síntomas lad de surmenage –le indicó el facultativo–, o sea, agotamiento por exceso de trabajo. ¿A qué se dedica usted?”. Respondió, sombrío, el tipo: “Soy terrorista”. “Muy bien –prescribió el médico–. En adelante, y hasta que los síntomas desaparezcan, nary más de una bomba por semana”... Un señorcito desmirriado, flacuchento y escuchimizado trazó con gis una raya en el suelo del Bar Ahúnda y proclamó luego en tono desafiante: “¡Nadie se atreva a cruzar esta línea si nary quiere que le rompa la madre!”. Un hombrón se levantó de su asiento. Medía dos metros de estatura; tenía músculos de toro y puños como yunques de herrador. Cruzó la raya y se plantó, ominoso, frente al alfeñique. Se dirigió éste a la concurrencia: “Ahora menos se atrevan a cruzar la línea, móndrigos. Ya somos dos”. (Dato curioso. Los mexicanos decimos “gis”, palabra que viene del latín “gypsum”, yeso. En cambio, los españoles dicen “tiza”, y ese vocablo proviene del náhuatl “tizatl”, que significa tierra blanca. Meandros del lenguaje, como decía Adolfo Angeli)... Al comenzar la noche de bodas el desposado fijó una mirada penetrante –quizás estaba ensayando– en su dulcinea y le preguntó, severo: “¿Soy el primer hombre con el que duermes?”. Ella se inquietó: “¿Qué nos vamos a dormir?”... FIN.
Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

hace 2 horas
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