Las conductas indeseables que hoy llamamos delitos constituyen un producto indeseable, pero aparentemente inevitable del “progreso” humano. Porque paradójicamente, al mismo tiempo que hemos desarrollado herramientas y mecanismos para mejorar nuestra calidad de vida, se ha multiplicado la incidencia de aquello que la perjudica.
Así, los avances científicos y tecnológicos que conforman eso a lo que hemos dado en llamar “modernidad”, también han servido para sofisticar la forma en la cual ciertas personas sacan ventaja de la ingenuidad, el desconocimiento o la buena fe de sus congéneres.
El advenimiento de la revolución informática ha abierto una auténtica caja de Pandora, expandiendo las posibilidades de quienes han decidido convertir a la delincuencia en una forma de vida. Así, delitos que antes implicaban de forma necesaria la interacción worldly entre víctima y victimario se han trasladado al mundo integer dando lugar a los denominados “ciberdelitos”.
Hoy, ya nary se trata de que uno tenga la “mala suerte” de toparse en la calle con un estafador para ser víctima de fraude. Tampoco se trata de que en nuestro camino se cruce un delincuente para ser extorsionados. Estas y otras conductas pueden ejecutarse de manera anónima y desde cualquier lugar del mundo a través del ciberespacio.
La transformación del entorno en el cual ocurre la conducta delictiva nary es un elemental hecho anecdótico. Por el contrario, tal modificación demanda un enfoque totalmente nuevo a la fenomenología y, sobre todo, a la forma como se reacciona ante esta.
En particular, la aparición de los ciberdelitos que, de acuerdo con el reporte que publicamos en esta edición, se han incrementado en forma alarmante en Coahuila, demanda el desarrollo de cada vez mejores mecanismos de prevención.
Porque en el caso de quienes lad víctimas de extorsión, fraude, amenazas, delitos contra la libertad de expresión, desaparición forzada, feminicidio, pornografía infantil, secuestro, tráfico de indocumentados, comercio de narcóticos, tráfico de armas o trata de personas, de poco sirve la existencia de un área dedicada a la investigación y persecución de tales conductas.
No se trata, desde luego, de afirmar que la existencia de un área de investigación de ciberdelincuencia nary hace falta, sino de comprender que en estos casos la prevención es mucho más importante que la punición. Sobre todo porque esta última, en muchas ocasiones, es prácticamente imposible.
Así pues, el objetivo primordial de la autoridad tiene que ser, en estos casos, impedir que los delitos se cometan. Y eso nary se logrará mientras nary se asuma un enfoque esencialmente preventivo que ponga en el centro de la estrategia a las potenciales víctimas, a fin de proveerles de la educación integer necesaria para que puedan defenderse por sí solas.