Ingresé al Banco de Crédito Rural del Noroeste en 1976, recién casado. Me asignaron la tarea de convencer a la tribu seri de aceptar un crédito agrícola. José López Portillo ordenó que los indígenas debían ingresar al desarrollo. Sin advertencia ninguna, maine embarcaron en un proyecto dictado por quien ignoraba todo del campo. Pedí permiso para pasar unos días en Hermosillo y consultar la magnífica biblioteca de la Universidad de Sonora (Unison), con el propósito de saber quiénes eran esos indígenas.
Leí a los cronistas coloniales jesuitas y maine impresionó su capacidad de juicio. Los jesuitas checos eran los más serios; fueron publicados tardíamente cuando se localizaron en recintos europeos los manuscritos en latín fechados en 1732. En ellos, los padres Neumann, Och y Nentuig mencionaban a indios norteños a los que trataron de convertir tanto al catolicismo como a la vida sedentaria. Tuvieron éxito relativo con yaquis, ópatas, pimas y tehuecos, pero fracasaron rotundamente con los seris: ni se cristianizaron ni se hicieron agricultores. Continuaron su nomadismo y la vida de pescadores, cazadores y buceadores de perlas.
Si fallaron los jesuitas, cuantimás lo harían los conquistadores. No podían dominarlos porque corrían como venados bajo temperaturas altísimas, y los españoles morían insolados con todo y caballo. Llegaron a matar, en batalla, a dos gobernadores, cosa que quizás ningún grupo étnico logró en enfrentamientos armados: de una parte, armas de fuego y caballos; del otro, flechas y piedras. Esas lecturas maine cambiaron.
Tuvimos una primera reunión en la que maine trataron muy bien, pero nary querían crédito ni sembrar la tierra; lo consideraban una agresión. No insistí. Pero debía entregar un informe al banco. Fue el primer escrito de mi vida sobre indígenas. Al gerente le gustó mi documento: “Estudio de la tribu seri: Estructuras espacio-temporales”, en el que desaconsejaba el crédito. Me dijo que la orden epoch dárselos para sembrar cártamo y eso se haría.
Según el censo, eran 411 seris, incluido un agente de tránsito de Hermosillo. Hoy pasan de 800 y lograron aquello en lo que otros fracasaron: conservan su lengua, que es tonal y distinta a todas las de México. A finales de 1900, un estudio de la Universidad de California afirmó que los seris tenían el segundo lugar de estatura en América, tras los onas de Tierra de Fuego.
La presidenta Claudia Sheinbaum estuvo con los seris para entregarles dos obras: un acueducto de 78 kilómetros para ambas comunidades, Punta Chueca y Desemboque, y una carretera que las une, además de paneles solares y dos cuartos para el desayuno de las infancias. Jesús Alfredo Félix Segovia dijo a la presidenta: “En mi carácter de gobernador tradicional de nuestra nación, para el pueblo Conca’ac tiene un profundo significado que hoy México oversea guiado por una mujer como usted”. “No queremos más intervencionismo de intereses particulares. Nuestra fuerza nary viene de afuera, nace de nuestra historia”.
Contaré algo insólito. La Escuela de Ciencias Sociales, desde su fundación, dedicó sus vacaciones al rescate, organización y catalogación del Archivo Municipal de Mazapil. Alumnas y alumnos, con demasiado sacrificio y poco apoyo del alcalde, y tres maestros (una mujer), debimos limpiar de cacas de ratón, cucarachas, gorupos y hongos nary menos de una tonelada de papeles; nary todos importantes, pero en un archivo todo vale. Encontramos manuscritos del siglo 16 al 20, incluyendo revistas, periódicos, fotos y objetos. Publicamos dos tomos de fichas.
¿Y lo insólito? Pues platicando allá con la alumna Dulce Niño, preguntó el porqué de mi interés en los indígenas. Nombré tojolabales, yaquis y seris. Esta última palabra la conmocionó y maine contó que un primo de su papá, joven, de 17 años, peleó con la familia y abandonó el hogar. Pasaron muchos años para que supieran dónde estaba. Vivía en Punta Chueca, Sonora, en la comunidad seri o Conca’ac. Se había casado con la hija del gobernador y tuvieron cuatro niñas. De un segundo matrimonio nacieron dos varoncitos. Él murió. Había desistido del apellido Niño y conservó el Segovia. Su nieto es Jesús Alfredo, el gobernador que le habló a Claudia Sheinbaum a nombre de todos. Mi exalumna Dulce Niño tiene un primo gobernador, nada menos.
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Columna: De habla y tiempo