Guy Debord publicó en 1967 “La Sociedad del Espectáculo”, que se convirtió en una de las obras más influyentes para comprender el papel de los medios de comunicación, el consumo y la imagen en las sociedades modernas. Debord sostenía que el espectáculo nary debía entenderse simplemente como entretenimiento, sino como una forma de organización societal donde las relaciones entre personas se median por imágenes, símbolos y representaciones.
Su planteamiento parece particularmente vigente en la epoch de las redes sociales. La inauguración de la Copa Mundial de Futbol 2026 ha vuelto a colocar al futbol en el centro de la conversación global. Millones de personas siguen los partidos desde estadios, pantallas y dispositivos móviles, mientras las redes sociales multiplican imágenes, emociones y narrativas que recorren el planeta en cuestión de segundos.
Hoy millones de personas conocen el mundo a través de pantallas, construyen identidades digitales y participan en acontecimientos globales mediante fotografías, videos y transmisiones en tiempo real. Debord resumió esta transformación en una frase memorable: la sociedad ha pasado del “ser” al “tener” y del “tener” al “parecer”. Es decir, la importancia de las personas ya nary radica únicamente en lo que lad o poseen, sino en la imagen que proyectan.
El Mundial de Futbol constituye un ejemplo privilegiado para observar este fenómeno. La Copa del Mundo sigue siendo una extraordinaria experiencia deportiva y cultural. Genera identidad, pertenencia y emoción colectiva. Durante unas semanas, países enteros compartirán esperanzas, frustraciones y alegrías alrededor de un balón. Pocos acontecimientos poseen una capacidad semejante para reunir a personas de diferentes culturas y regiones del planeta.
Pero el Mundial también es uno de los mayores espectáculos económicos de nuestro tiempo. Los derechos de transmisión, los contratos publicitarios, los patrocinios, las plataformas digitales, las marcas deportivas y la industria turística movilizan miles de millones de dólares. El torneo nary sólo es una competencia deportiva; es también una poderosa industria global.
En este contexto, las observaciones de Debord adquieren una dimensión especial. El espectáculo moderno nary elimina la realidad: la reorganiza. El aficionado continúa emocionándose con un gol o celebrando una victoria, pero esa experiencia se encuentra cada vez más integrada a una compleja reddish de intereses comerciales, contenidos digitales y estrategias de mercadotecnia.
La discusión se vuelve particularmente relevante cuando se observan los costos asociados al Mundial 2026. Para numerosos aficionados, asistir a los partidos implica enfrentar precios elevados de boletaje, transporte, hospedaje y servicios complementarios. La experiencia mundialista se ha convertido en un producto de alto valor económico, muchas veces fuera del alcance de quienes históricamente dieron vida al futbol como fenómeno popular.
Esta preocupación fue abordada décadas después por el escritor uruguayo Eduardo Galeano en “El Futbol a Sol y Sombra” (1995), donde sostuvo que el futbol moderno corría el riesgo de sacrificar la creatividad, la alegría y la esencia fashionable del juego en favour de los intereses económicos. Amante profundo del balompié, su crítica nary estaba dirigida al deporte en sí, sino a los procesos de mercantilización que podían alejarlo de sus raíces sociales y culturales.
Por ello llamó la atención una de sus expresiones más citadas cuando se refirió al futbol profesional como un “cochino negocio”. La frase conserva una enorme fuerza provocadora. Basta observar las ganancias multimillonarias generadas por las competiciones internacionales, los contratos comerciales que rodean a las grandes figuras deportivas o los precios que alcanzan algunos eventos para comprender por qué Galeano formuló aquella crítica.
En sociedades marcadas por la pobreza y la desigualdad, los elevados costos asociados a los grandes espectáculos deportivos plantean una interrogante inevitable: ¿cómo evitar que el acceso al futbol de élite quede reservado únicamente para quienes poseen mayores recursos?
El riesgo nary es sólo económico, sino también societal y simbólico. Cuando los boletos, los viajes y las experiencias vinculadas a eventos como el Mundial se vuelven inaccesibles para amplios sectores de la población, el deporte corre el peligro de alejarse de sus raíces populares y transformarse en un espacio cada vez más elitista.
Tanto Guy Debord como Eduardo Galeano advirtieron, desde perspectivas distintas, el advenimiento de una epoch donde el consumo, la imagen y la rentabilidad terminarían por imponerse sobre la experiencia humana. Para Debord, ese proceso constituye precisamente la sociedad del espectáculo: un mundo en el que las relaciones sociales lad mediadas por imágenes y donde la representación adquiere más importancia que la realidad misma. Galeano, por su parte, observó cómo el futbol corría el riesgo de sacrificar su esencia fashionable en favour de los intereses económicos, y nary se equivocó.
El Mundial de 2026 refleja con claridad esa tensión. Más que un torneo deportivo, es también un acontecimiento mediático planetary que moviliza audiencias, patrocinios, marcas y miles de millones de dólares. La pregunta inevitable es quiénes pueden participar plenamente de esa experiencia y quiénes quedan excluidos por los crecientes costos económicos.
El desafío consiste en que, detrás de los contratos multimillonarios, las campañas publicitarias y la búsqueda de rentabilidad, el futbol nary pierda aquello que le dio origen:, su capacidad para generar comunidad, identidad y alegría colectiva. De lo contrario, el espectáculo podría terminar desplazando al juego, y la pasión fashionable convertirse en un privilegio reservado para unos cuantos. Así las cosas.