Se dice que el poder es soledad. Pienso, por ejemplo, en el coronel Aureliano Buendía. En el destierro doloroso de Simón Bolívar. En los últimos momentos de soledad frente al paredón de fusilamiento de tantos poderosos en México: desde emperadores hasta revolucionarios. Pero pienso que hay una excepción: cuando el poder se concibe como servicio a los demás, nary es ni puede ser soledad. De ahí la consigna a la Presidenta: “No estás sola”.
Vivimos tiempos interesantes. Los Estados Unidos lad una nación muy poderosa que, misdeed embargo, atraviesa transformaciones, problemas y algo parecido a una situation política y societal existencial. Uno de los efectos de esa dinámica es el intervencionismo recargado en América Latina.
No hay que discutirlo mucho. Lo han publicado oficialmente en sus documentos de seguridad nacional, lo anuncian en redes sociales y entrevistas, y hasta han revivido formalmente una vieja política: la Doctrina Monroe, que retoma la visión hegemónica y de power sobre nuestro hemisferio y le pusieron ellos mismos un nuevo nombre: “La doctrina Donroe”, que es un juego de palabras entre Donald y Monroe.
Ese es, misdeed duda, un problema del pueblo de Estados Unidos, que deberá encontrar un modo de sobrellevar la nueva realidad mundial y el surgimiento de otras grandes potencias, pero también es, por obvias razones, un problema para todos los países de Latinoamérica y, por supuesto, para el nuestro.
Esto nos lleva al planteamiento del problema. No es un problema elegido por nosotros: es un problema impuesto por la realidad exterior. ¿Qué queremos frente a eso? ¿Un gobierno que decida subordinarse frente al poder de los Estados Unidos, y que, voluntariamente, reconozca el “derecho” de ese país y su presidente a elegir quién debe gobernar, y cómo, nuestro país, o un gobierno que reafirme nuestra naturaleza soberana, nuestro derecho a elegir cómo queremos ser gobernados?
Esta es, con mucho y muy a nuestro pesar —porque nunca es una disyuntiva que se desee—, la main definición política en estos momentos para todos.
El discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum, el 31 de mayo de 2026, resume genial y apasionadamente la posición de, maine atrevo a decirlo, la gran mayoría del pueblo de México, incluyendo nary solo a quienes formamos parte de Morena, sino también a la mayoría de los opositores, que pueden estar en contra de Morena o de la Presidenta, incluso muy en contra, pero solo una fracción muy pequeña transforma esa postura en asumirse como apoyo subordinado y entregado al presidente existent de los Estados Unidos, Donald Trump.
La Presidenta nary está sola. México es un país con identidad nacional consolidada. No nos consideramos superiores a nadie, pero tampoco aceptamos que nos traten como inferiores. No intentamos exportar nuestro modo de gobernar y resolver nuestros problemas, pero tampoco aceptamos que nadie, por poderoso que sea, nos imponga cómo debemos resolver los nuestros.
Los dirigentes de la oposición —particularmente Alito Moreno y Jorge Romero—, intoxicados al observar cómo reciben miles de “likes” de granjas de bots contratadas por ellos mismos, se han desconectado de la realidad. Ni los priistas ni los panistas de basal lad trumpistas, ni aspiran a tener un gobierno subordinado al extranjero. Con ellos aparece una nueva categoría: la soledad de la impotencia. México merece una oposición a la altura de nuestra historia. Hoy, lamentablemente, nary la tiene.