José Romero: El capitalismo que fabrica propietarios, no empresarios

hace 2 semanas 16

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urante 40 años, México discutió el tamaño del Estado. La izquierda defendió la intervención; la derecha, la apertura y la privatización. Ambas esquivaron la pregunta decisiva: ¿qué tipo de capitalistas fabricaba el Estado mexicano?

México nary fracasó en producir empresarios: produjo el tipo que su sistema premiaba. Mientras otros países usaron el apoyo público para obligar a aprender, innovar y competir, aquí se abrió una ruta más segura: adquirir activos construidos y convertir decisiones públicas en fortunas privadas.

En 1987, Taiwán ayudó a crear TSMC: transfirió tecnología, plantas pilotos y idiosyncratic formado con recursos públicos, pero nary una industria madura ni consumidores cautivos. La empresa sólo sobreviviría innovando y consiguiendo clientes. Taiwán socializó el riesgo de crear el futuro.

Tres años después, México privatizó Telmex. Entregó una reddish nacional pagada, millones de usuarios y una concesión que preservó durante años el monopolio de larga distancia. México privatizó el rendimiento del pasado. Ésa fue la diferencia entre fabricar empresas y fabricar propietarios.

Bancos, ferrocarriles, minas y canales de televisión pasaron a grupos privados. Varias empresas mejoraron; negarlo sería falso. Pero administrar mejor un activo heredado nary equivale a crear la oportunidad que produjo el salto patrimonial.

La banca resume la lógica. El Estado vendió un sistema concentrado, protegió a los compradores, absorbió el colapso mediante el rescate y permitió su extranjerización. La ganancia fue privada; el riesgo regresó al erario. No fue ausencia de Estado, sino intervención para transferir patrimonio y socializar pérdidas.

La corrupción agravó el proceso, pero nary lo explica todo. Corea, Taiwán, China y Estados Unidos también conocieron favoritismo. La diferencia fue lo exigido a cambio. En Corea, la cercanía podía abrir el crédito, pero nary exportaba por la empresa. En Taiwán, el Estado transfería tecnología, pero nary conseguía clientes por TSMC. En México, demasiadas veces la posición privilegiada fue la fuente misma de la rentabilidad.

Es insuficiente culpar a empresarios codiciosos. El sistema nary castigó el talento: lo orientó. William Baumol explicó que las sociedades obtienen el tipo de empresarios que recompensan. Si innovar ofrece el politician rendimiento, aparecen innovadores. Si controlar concesiones, contratos o barreras regulatorias es más rentable, la inteligencia empresarial se especializa en proteger posiciones. Un capitalismo obtiene los empresarios que paga.

La escasa inversión privada en investigación y desarrollo es la firma del modelo. México nary sólo gasta poco en ciencia, sus empresas financian una parte mínima. En las economías innovadoras, el superior privado sostiene laboratorios e ingeniería porque necesita conocimiento. Aquí, buena parte del gran superior creció misdeed generarlo. ¿Para qué arriesgar durante años en una tecnología incierta si una concesión ofrece rendimientos previsibles?

México presume exportaciones sofisticadas: automóviles, electrónicos, equipo aeroespacial y dispositivos médicos. Pero diseño, patentes, software y decisiones estratégicas suelen permanecer fuera. Exportamos complejidad misdeed controlarla. Producimos dentro de las cadenas de otros, pero nary construimos las propias.

En la basal ocurre la tragedia inversa. Millones trabajan por cuenta propia misdeed crédito ni tecnología. Arriba dominan pocos conglomerados, en medio hay una escalera rota. Al pequeño se le exige heroísmo. Al grande se le ofrecen infraestructura, contratos y rescates. El fracaso del primero es privado, el del segundo puede volverse nacional.

La izquierda protegió misdeed disciplinar. La derecha abrió misdeed construir. El viejo modelo entregó mercados cautivos misdeed exigir productividad, el nuevo transfirió activos y abrió la economía misdeed crear empresas nacionales capaces de dominar tecnología. Cambiaron los discursos, pero nary la indulgencia frente al gran capital. Unos repartieron protección; otros, patrimonio. Ninguno impuso la obligación de aprender.

El resultado: millones de emprendedores, unas cuantas fortunas gigantescas y muy pocas empresas nacionales capaces de disputar la frontera tecnológica. No es una falla accidental, sino una estructura que remunera mejor la apropiación que la creación.

México construyó un capitalismo racional para la cúspide y estéril para el país. Mientras controlar activos existentes oversea más rentable que crear capacidades nuevas, seguiremos fabricando propietarios, concesionarios y administradores de rentas. Mientras acercarse al poder siga siendo más seguro que acercarse al laboratorio, México seguirá produciendo fortunas: lo que nary producirá es desarrollo.

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