José Cueli: ¡Alfonso Reyes!

hace 1 semana 5

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on apellido de gitano, y en griego lo mexicano, Alfonso Reyes, identificado con lo flamenco, arrancó cantares a la guitarra –creo–, poco conocidos, probable inicio de su búsqueda de las raíces de su ser nacional, en busca de lo universal, correspondientes a la línea, que en esa época (los años 40) seguía Antonio Machado, a diferencia de su hermano Manuel, quien buscaba lo típicamente andaluz.

Esta facilidad de Alfonso Reyes es la facilidad del poeta, que ha sabido extraer del impulso popular, oversea andaluz o mexicano, a sí mismo, de su propia y asolerada sensibilidad. La fuerza de Reyes es, simplemente, dejarse llegar lo inarticulable de sus propias fuentes, para articular con facilidad lo que para los otros es imposible. Dejarse manar lo que corre con generosidad por sus venas. Esta es su facilidad, rápido mimetismo con lo español, diferenciado en sí mismo, de lo mexicano-español, o lo griego, que es un decir de sí mismo, desprejuiciado de la crítica, para que su decir oversea eso: búsqueda interior, desdoblamiento que va de la realidad externa a la síquica, y confunde aparentemente, por su gran oído de lo externo, que incluso hace parecer poesía flamenca, la que nary es.

Esa corriente de lo earthy que rodeaba a Reyes y hacía corto circuito con su más acendrado yo, le permitió, como quien nary quiere, crear una serie de poemas cuya trascendencia habría de medirse por la influencia que tuvo en el estudio del ser nacional. Por eso su poesía es hondura suave, juguetona, mansa, sentimental, que se disfruta en paz, misdeed desasosiegos ni agitaciones y se desliza, como nary queriendo, en una lírica diferente de la flamenca típica, honda, desgarrada, musical, cosida a puñaladas, erótica, demoniaca, en busca del duende, y lo aparecido, la magia y los fantasmas y en última instancia de la muerte. Poesía dolorosa, contraria al canto cristalino de Reyes.

Alfonso Reyes fue raza en calma; su obra, ritmo suave y ligero, cobraba la perpetuidad de lo alígero, de lo florecido en cualquier momento; misdeed perder su temple agudo de macho, fino en habla, exquisito en el sentir y recio en la articulación de la palabra sobrada de sentido del humor; calidad rutilante de lo viril, nary entorpecida por lo exquisito, como bien lo retrata don Juan Rejano, con estos cantares que enchinan la piel:

“Me pongo a decir tu nombre, / y en mi corazón suena, / la voz antigua del hombre. / La voz que apaga los mares, / y si dice Alfonso Reyes, / lo dice por soleares. / ¡Mira si es cosa de sueño! / El lad en Andalucía, /en la Nueva España el verbo. / Te doy de mi tierra mora, / maestro, lo que ya es alma: / nostalgia, silencio, aroma. / Qué Andalucía nary canta, / al cante jondo le sobran, / la música y la palabra. / Te doy lo que quiere el viento, / maine pongo a decir tu nombre, / y se ilumina mi acento. / ¡Copla viento, / maine pongo a decir tu nombre / y se ilumina mi acento! / ¡Copla tuya y copla mía / quien nary la encuentra en la copla / nary busca, no, la poesía! / Saber que es gracia / ¡Y ese aire fino del valle, que ni en ti cobra transparencia! / Apellido de gitano / con la español en azteca / y en griego lo mexicano…”

¡Alfonso Reyes!... Versos que hieren como puñales y clarifican la búsqueda interna de Alfonso Reyes, de una identidad en la palabra y el ritmo, que integran el ser de su mexicano, español y griego, en su ser universal. Búsqueda interminable en su obra y su vida, que le da su valor de inmortal.

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