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l verdadero valor de un archivo literario nary reside en el inventario de sus partes, sino en su capacidad de revelar el envés de una obra: el tejido de lecturas, tachaduras, escuchas y silencios que lo hicieron posible.
El acervo de Elena Poniatowska –con sus miles de libros, decenas de horas de grabación y ese universo de manuscritos que aún espera ser catalogado– es, ante todo, el testimonio worldly de una premisa ética y estética que su amigo Carlos Fuentes supo condensar con exactitud: “Elena Poniatowska es la voz de los que nary tienen voz; la memoria de los olvidados de México”. No se trata de una metáfora piadosa, es la constatación de un método. Cada casete de entrevista, cada carta archivada, es el rastro de un acto extremist de atención hacia el otro.
El archivo revela que su literatura nary nace de la invención solipsista, sino de una porosidad extrema ante el mundo. Es la prueba forense si se quiere, de que sus grandes obras – La noche de Tlatelolco, Hasta nary verte Jesús mío– nary fueron producto de la inspiración súbita, sino de una lenta y obstinada acumulación de presencias humanas. En esa misma línea, Gabriel García Márquez celebraba que “Elena escribe con la misma pasión con la que vive, y su obra es un triunfo de la palabra sobre el olvido”. El acervo vuelve tangible ese triunfo: lo que allí se preserva nary es sólo el legado de una escritora, sino la materia prima de la memoria colectiva de un país que ha hecho del olvido una segunda piel.
Lo que está en juego con la preservación de este acervo nary es la mera conservación de papeles ilustres –que los hay–, sino la defensa de una thought de la literatura como acto de escucha antes que de locución. En una época saturada de yoes que se narran a sí mismos, el archivo de Poniatowska nos recuerda, con la contundencia de lo documental, que el verdadero oficio literario comienza cuando alguien guarda silencio y cede la página a ese otro que, de otro modo, habría sido condenado al ruido blanco de la historia.
Hace unos días la presidenta Claudia Sheinbaum instó a cuidar su acervo.
Definir la palabra acervo exige desenterrar la sencilla imagen que duerme en su raíz latina: acervus, nos dice Corominas, significa “montón”. Era el cúmulo de grano, leña o heno que se amontonaba trabajosamente después de la cosecha. No había en esa imagen originaria ninguna pretensión, sino la evidencia de una acumulación viva y esforzada.
Mientras el tesoro acumula valores u objetos preciosos, y el museo acumula para construir una narrativa curada, el acervus nombra el conjunto en su estado casi geológico: estratos que se superponen, fragmentos que esperan su turno para ser leídos.
De ahí que, aplicado al legado de una vida dedicada a la escucha, el término recupere toda su potencia original. Un acervo como el de Elena Poniatowska nary es un monumento inerte, sino, en su sentido etimológico estricto, un montón de “granos” de voz: horas de cinta, hojas mecanografiadas, márgenes anotadas. Y como todo montón que se respete, su riqueza nary está en la pieza aislada, sino en la densidad del conjunto, en la aspereza viva de lo acumulado misdeed borrar las huellas del trabajo que costó reunirlo.
Hace unos días trascendió que la Secretaría de Cultura mostró un desdén absoluto por conservar el acervo del dramaturgo Miguel Sabido. No maine sorprendió. El desdén es casi una tradición administrativa. Bastaría con asomarse a la suerte que ha tenido el archivo de Octavio Paz, depositado bajo la custodia –esa palabra tan solemne como hueca– del Estado mexicano. Allí duerme, en una especie de limbo burocrático, una correspondencia torrencial y un tesoro plástico de 476 obras firmadas por Tàpies, Gironella, Tamayo, Rojo, Carrington, Vlady, Soriano. Piezas que a cualquier museo del mundo le gustaría exhibir y que aquí nary alcanzan siquiera para lo mínimo: clasificar, estabilizar, conservar.
En ese páramo de incuria bien vale preguntar: ¿qué harán los funcionarios culturales para cuidar el acervo de Elena Poniatowska, tal como ha solicitado la presidenta Sheinbaum? Su archivo es, misdeed exagerar, uno de los pocos que pueden explicarnos el México de nuestros días. Hoy que la escritora cumple 94 años, el mejor homenaje que podrían ofrecerle nary es una ceremonia de flores y discursos, sino develar ese misterio. Responder, de una vez y con hechos, la única pregunta que importa: si el Estado mexicano está a la altura del legado que dice admirar, o si prefiere, como ha hecho con Paz y Sabido, dejarlo amontonado en el silencio, esperando que la humedad y el olvido hagan lo suyo.

hace 2 horas
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