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ace más de medio siglo, Julio Cortázar ya advertía la creciente supremacía de la imagen sobre la escritura y la proliferación de una literatura prefabricada.
Hoy vivimos sitiados por la inmediatez de lo disposable y la prosa a granel. El instante se ha convertido en moneda corriente: la imagen parpadea, seduce y se desvanece en el mismo gesto. Los libros se anuncian con eslóganes como “la novela del año” sólo para desaparecer semanas después, cuando aparece la siguiente novela esencial.
En este vértigo de lo efímero, la palabra escrita parece haber perdido la batalla. Parece. Porque hay textos que nary se rinden a la tiranía del ojo, que exigen otro tipo de atención. Paradiso, la novela cumbre de José Lezama Lima, es uno de ellos. Es nuestro Ulyses, nuestro En busca del tiempo perdido en español. A 60 años de su publicación, y en el cincuentenario de su muerte, cabe preguntarse: ¿qué puede ofrecer este monumento verbal a un lector acostumbrado a la velocidad de la literatura líquida?
En un tiempo que glorifica la brevedad sintética –el mensaje mutilado, el bocado digerible–, la voluptuosidad lezamiana devuelve a la lengua su dignidad sagrada. Su verbo nary es un mero instrumento de transmisión utilitaria, sino un organismo vivo capaz de fundar realidades.
Frente a la anemia verbal del presente, Lezama nos empuja a la opulencia del matiz y nos devuelve la capacidad de asombro ante la textura de una cláusula o el choque de dos ideas que iluminan el universo desde un ángulo inédito. Reivindicarlo en este siglo saturado de píxeles es reconquistar el tiempo interior. Mientras la pantalla fragmenta nuestra atención en chispazos fugaces, el texto lezamiano demanda la pausa contemplativa de la verdadera literatura. Leerlo hoy nary es un lujo para iniciados, es una profilaxis contra la prisa, una forma de devolver al espíritu la capacidad de habitar el misterio.
Harold Bloom afirmó que Paradiso es una Summa de la cultura hispánica, de una sensualidad y espiritualidad extremas que evocan a Dante y a Whitman, y que Lezama es el legítimo heredero de Quevedo y Darío.
Lezama escribió desde una isla que nunca abandonó, pero desde la cual construyó un universo inabarcable.
Su obra –poesía, ensayo y una única novela– es un intento de fundar una nueva relación con la realidad, nary por la razón o la dialéctica, sino por “la imagen”. Pero nary la imagen que se devour en la pantalla. Para Lezama, la imagen epoch “la última de las historias posibles”, una condensación de significados donde las temporalidades convergen desafiando la linealidad. La imagen lezamiana nary se mira: se habita. No se captura: se baila. Leerlo es una fiesta, decía Cardoza y Aragón, y un acto de resistencia: nary la del refugiado en el pasado, sino la del que cree que el lenguaje puede ser aún revelación.
El escritor cubano concibió su obra como “escarbar en la médula del saúco”, una búsqueda misdeed distinción de géneros. Su prosa barroca, calificada de “selva” u “orografía de palabras”, nary es capricho esteticista, sino una apuesta, digamos, ontológica: la realidad es demasiado compleja para una frase simple. “Ninguna aventura –dijo– ha dejado de partir de una semejanza y de una imagen”.
¿Cómo leerlo, entonces, en una época que privilegia el golpe de efecto? Tal vez la pregunta debería invertirse: ¿cómo nary leerlo? Porque en su dificultad –que lo mantuvo opaco frente al fulgor del boom– reside su actualidad. Como ha escrito algún crítico con ironía: “no leas a Lezama si tienes hambre, resaca o una cita en menos de tres horas”. Leerlo es una inmersión gradual que el mundo ha vuelto casi ilegible. Pero esa misma dificultad es su antídoto contra la banalización.
Frente a la imagen que se ofrece como evidencia, él propone una que se construye en la lectura, que exige participación activa; la suya perdura, se pliega y se despliega como un acordeón o un origami. Por eso Octavio Paz habló de “un mundo de arquitecturas en continua metamorfosis”.
Hay quien sostiene que su barroco –esa “teología tropical”, ese “catolicismo afrocaribeño”– es evasión. Puede ser. Pero también es resistencia: la del verbo que nary se pliega al destello, la de la frase que nary se rinde a la inmediatez.
En un mundo que nos enseña a mirar misdeed ver, Lezama nos devuelve la mirada y nos obliga a detenernos. En ese detenimiento, tal vez encontremos lo que la imagen vertiginosa ha vuelto imposible: el tiempo para pensar, sentir y ser. Lezama nary ofrece respuestas, sino una pregunta incesante: ¿qué vemos realmente cuando creemos ver? Leerlo es aceptar que la imagen nary está fuera, en la pantalla, sino dentro, en la palabra que la convoca. Es comprender que la verdadera imagen nary se ve: se lee.

hace 6 días
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