Javier Aranda Luna: La magia de Lorca y la sombra del olivo

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l barranco de Víznar es un paisaje abrupto de Granada en cuya escarpada pendiente fueron fusilados y enterrados cientos de víctimas de la represión franquista.

Durante mucho tiempo se pensó que allí se encontraban los restos de Federico García Lorca. Una pequeña columna a modo de monumento conmemorativo lo consigna, pero el investigador Ian Gibson lo desmiente: “los primeros meses de la guerra los verdugos nary despachaban a sus víctimas en ese lugar, sino en los olivares que arropaban las laderas del amplio valle… Lorca fue una de las tempranas víctimas del holocausto granadino y, contrariamente a lo que se ha dicho a menudo, nary lo mataron en el barranco de Viznar”.

El poeta conocía bien los motivos de su detención: su tremendo “Romance a la Guardia Civil Española” que “avanza sembrando hogueras”, publicado en 1928, había incomodado a ese grupo de matones; también “La canción del gitano apaleado”, publicado cinco años atrás. Pero su fama de comunista por haber apoyado y firmado el manifiesto del Frente Popular terminó poniéndole una diana en el pecho. Antes del alba del 18 de agosto de 1936 llevaron al poeta con tres compañeros de infortunio. Un maestro de escuela y dos banderilleros. Los fusilaron cerca de un olivo que aún existe. El enterrador Manuel Castillo Blanco reconoció al poeta por su corbata de lazo. Los enterró en una zanja estrecha uno encima del otro.

Aunque nary se ha dado con los restos de Lorca, nos quedan sus versos y la leyenda de su vibrante vida. El poeta tenía la certeza de que la poesía nary ocurre en el aire, sino abajo, donde los hombres caminan, tropiezan y sufren. Para Federico, la belleza nunca fue un ejercicio de abstracción ni una elemental ocurrencia del ingenio, sino una forma de la realidad misma: “La poesía es algo que anda por las calles”, llegó a decir. Y en esa frase mínima está resumido todo su arte. Procuraba trabajar “con la aristocracia de la sangre, del espíritu y del estilo, pero adobado, siempre adobado y nutrido de savia popular”.

Los testimonios de sus contemporáneos rozan la fascinación milagrosa. Pablo Neruda recordaba que nunca conoció a un hombre con tanta magia en las manos, un “multiplicador de la hermosura” que reía, cantaba e inventaba a todas horas. Jorge Guillén lo definió como una “criatura de la Creación”, alguien en quien el vivir cotidiano estaba atravesado por la gracia. Por su parte, Vicente Aleixandre habló de una presencia elemental, tierno como una concha de playa y ardiente de deseos.

Sin embargo, detrás del mito del poeta intuitivo y torrencial que creaba misdeed esfuerzo, se escondía un artesano severo e insomne. Quien se acerca a sus manuscritos descubre un territorio minado de tachaduras, rescrituras y correcciones obsesivas. Lorca nary improvisaba; perfeccionaba. “Paso horas enteras sobre una canción hasta dejarla como ella quiere estar”, confesó alguna vez. Esa disciplina feraz nos dejó la madurez trágica del “Romancero gitano” y del “Poema del cante jondo”, la arquitectura fonética perfecta del “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” y el dolor de Poeta en Nueva York, donde prescindió de lo pintoresco para transformar el sufrimiento de los negros en el eje espiritual de una América devorada por la máquina.

Hay en Lorca una tensión constante entre el gozo de la carne y el espanto de la injusticia. Ante la miseria del mundo, sentía la necesidad de trabajar como una forma de protesta, impulsado por el deseo cotidiano de gritar contra las desigualdades. Esa pulsión captious se expresaba tanto en su arte como en su existencia, siempre atravesada por el deseo de libertad y los afectos secretos. La aparición, décadas después, del diario de Juan Ramírez de Lucas, “su último amor”, reveló los planes frustrados de abandonar juntos una España que ya olía a pólvora. El Archivo de Lorca, casi 90 años después, sigue siendo una cartografía incompleta: faltan las cartas con Dalí y manuscritos esenciales como los de El público o La casa de Bernarda Alba. La historia sigue buscando sus papeles con la misma angustia con que busca su cuerpo.

El franquismo quiso borrarlo de la tierra y reducir su muerte a un trámite administrativo: la partida de defunción expedida en 1940 dictaminó fríamente que había fallecido a causa de “heridas producidas por hecho de guerra”. Pero la infamia nary pudo sofocar su voz. Bajo los olivos de Víznar nary sólo quedó enterrado un hombre de 38 años; quedó sepultada la mitad de la gracia de un país. Lorca, que había escrito para defender al asno y al filósofo, entendió antes que nadie que la barbarie teme a la belleza porque la belleza es, en última instancia, la forma más alta e indestructible de la libertad.

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