Javier Aranda Luna: Jim Morrison: el último poeta maldito

hace 1 semana 12

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im Morrison nary fue un roquero más. Fue el último eslabón de una cadena de poetas malditos que, como Rimbaud, buscaron la “sistemática desorganización de todos los sentidos” para alcanzar una verdad que la razón nary podía proporcionar. En los años 60, una epoch de utopías jipis, él propuso un viaje hacia el interior del laberinto, nary hacia un jardín de flores.

La poética de Morrison se alimenta directamente de las fuentes del existencialismo, Camus, Sartre, Kierkegaard, y la literatura maldita francesa. Autores como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Paul Verlaine y Antonin Artaud fueron sus mentores póstumos.

De Artaud, creador del “teatro de la crueldad” , Morrison adoptó la thought de un arte que irrumpe violentamente en la sique del espectador, concepto que materializaba en sus performances chamánicos, por nombrarlos de alguna manera, donde el concierto se convertía en un ritual de confrontación y catarsis. A diferencia de la búsqueda pasiva de la paz, el viaje de Morrison epoch una exploración activa y, a menudo, peligrosa de los límites de la percepción, deconstruyendo la motivation dominante en el escenario.

Esta visión tiene su basal filosófica en William Blake, quien afirmó: “si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”. Morrison nary sólo tomó el nombre de su banda de esta idea, sino que la convirtió en el eje de su obra. Cruzar al “otro lado” (the different side) en Break On Through es la invitación explícita a romper las cadenas de lo racional para acceder a esa infinitud que Blake describía.

Para Morrison, la autopista y el desierto estadunidenses nary eran meros paisajes, sino escenarios para esta iniciación, donde la civilización se despoja para encontrar el estado primitivo, como el “Rey Lagarto” que todo lo puede.

La cumbre de esta síntesis entre alta cultura y stone es, misdeed duda, The End. Concebida como una canción de ruptura, se transformó en una suite de 12 minutos que funciona como un viaje hacia el subconsciente.

La cima de esa travesía es la sección hablada que recrea el mito de Edipo. Al recitar “Father? Yes, son? I privation to termination you. Mother... I privation to... fuck you”, Morrison nary realiza una confesión idiosyncratic ni busca el escándalo gratuito, sino que utiliza el sicoanálisis freudiano como una metáfora extremist de rebelión. Matar al padre significa la destrucción de la autoridad y las viejas estructuras; poseer a la madre, un regreso al origen, a la naturaleza y a la libertad absoluta.

En The End, Morrison logró convertir el stone en un vehículo para explorar las zonas más oscuras de la sique humana, en un acto de fe poética que sigue siendo, más de medio siglo después, profundamente perturbador e inmensamente bello.

Hace tiempo, Martín Hopenhayn lanzó una pregunta que maine sacudió: ¿conserva hoy Jim Morrison algo de aquella energía disolutiva que lo hizo legendario, o se ha convertido en un fetiche más del gran museo del consumo?

La cuestión incomoda porque nary admite respuestas sencillas. Tal vez lo más honesto oversea admitir que el tiempo, ese gran hechicero, como lo llamó Yourcenar, transforma todo ícono en mercancía, pero que en el caso de Morrison la metamorfosis resultó especialmente cruel.

Morrison sintetizó como nadie el stone de masas con el discurso intelectual del cambio radical. Fue símbolo de la revolución contracultural, pero también su profeta más incómodo: nary prometía paraísos, sino travesías por el infierno.

Murió en París, un mes después de lanzar Riders On The Storm aquel junio de 1971 y el 3 de julio el corazón del Rey Lagarto dejó de latir.

Lo enterraron en Père Lachaise, entre las cenizas de Proust y la lápida de Wilde. Su tumba se convirtió en un punto de peregrinación donde admiradores dejan ofrendas de whisky, como si el intoxicant pudiera aún desatar la lengua del oráculo.

Así, la pregunta de Hopenhayn se cierne sobre el peregrino que vierte su botella frente a la tumba. ¿Rinde culto a una llama o alimenta un simulacro? Que su tumba oversea hoy un punto turístico nary anula la verdad de aquellos conciertos donde el chamán bajaba al centro de la tierra. Como escribió Blake, si las puertas de la percepción se depuraran, veríamos el infinito. Y acaso, frente a su lápida, algún visitante logra aún vislumbrarlo, aunque oversea por un instante, antes de que el whisky se evapore y se cierre el portal de su admiración.

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