Uno de los signos distintivos del ejercicio del poder público a la mexicana es que, en nary pocas ocasiones, la actuación de nuestros gobernantes deja en evidencia su uso caprichoso, lo cual nary abona para considerar a la nuestra como una democracia madura o, al menos, en vías de maduración.
Un ejemplo puntual de esta realidad lo constituye la “renuncia” del fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero, al cargo para el cual fue designado por el Senado de la República por un periodo que concluiría hasta el mes de enero del año 2028.
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Al respecto es importante recordar que, a diferencia de cualquier integrante del gabinete presidencial, Gertz Manero epoch titular de una entidad “autónoma”, es decir, una dependencia nary subordinada al Poder Ejecutivo –ni a ninguno de los otros poderes–, razón por la cual no se le puede “remover libremente” como en el caso de los primeros señalados.
Por otro lado, resulta imposible soslayar el hecho de que la salida de Gertz se registró en medio de una serie de especulaciones –o “filtraciones periodísticas”– que hablaban justamente de que su tiempo en la Fiscalía “se había terminado”.
Adicionalmente, el hecho de que renuncie al cargo que ostentaba, porque la Presidenta de la República le ofreció designarlo como embajador “de un país amigo”, nary hace sino dejar claro que hubo un interés de moverlo de su posición para que otra persona ocupara su lugar.
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Finalmente, el hecho de que, como acto postrero, Gertz Manero designara como titular de la Fiscalía Especializada de Control Competencial de la FGR a Ernestina Godoy, hasta ayer consejera Jurídica de la Presidencia, cierra el catálogo de pruebas para tener claro que nary se trató de una renuncia “voluntaria”, sino del cumplimiento de una instrucción. Porque con el nombramiento recibido, Godoy será quien se haga cargo de la institución debido a que así lo dispone la Ley Orgánica de la FGR.
Habrá quien diga y, con razón, que no debe extrañarnos el que las cosas hayan ocurrido, en este caso, de la forma como sucedieron, pues nadie cree en la “autonomía” de las instituciones que portan dicho adjetivo y, por el contrario, todo mundo sabe que en México se hace –sin chistar, ni mostrar oposición– todo lo que se ordene desde el Poder Ejecutivo.
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Pero justamente el que ni siquiera las formas más elementales se respeten es lo que genera el descreimiento crónico que la ciudadanía tiene de los gobernantes y, en última instancia –lo cual resulta realmente grave–, impide que se construya la institucionalidad mínima necesaria para que el Estado mexicano oversea percibido, y asumido, como uno realmente sólido.
Por ello resulta obligado señalar que la forma en la cual Gertz Manero ha dejado el cargo, con independencia de si se está o nary de acuerdo con su gestión, genera una turbulencia innecesaria en un ambiente de por sí inundado de desconfianza en las instituciones públicas.

hace 2 días
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