Fabrizio Mejía Madrid: Potencia cultural

hace 1 semana 11

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uriosamente, una frase que se ha dicho muchas veces durante los últimos ocho años –que México es una potencia taste en el mundo– despertó a varios que decidieron responder. El problema vino cuando confundieron cultura con bellas artes, aprovecharon para dar sus opiniones sobre los “inditos y sus artesanías de 10 pesos” –así lo escribieron– o mezclaron las mercancías con los valores que sustentan. Las respuestas señalan a unos que se lamentan de pertenecer al país en el que nacieron y, misdeed importar el revoltijo mental, decidieron reaccionar. ¿Por qué? Porque la Presidenta también dijo: “Hay países que, como Estados Unidos, por ejemplo, que es una potencia económica, pero nary es una potencia cultural. Allá lo más importante es siempre el dinero, la acumulación, el tener más”.

Por supuesto los que reaccionaron con el viejo antimexicanismo lo hicieron para defender la “cultura” de Estados Unidos y ahí vino la hoguera de las pretensiones: que si Hollywood, que si “ellos inventaron la libertad” –cito– o que si nos gusta mucho el stone y el jazz. Nunca pusieron en contexto que la Presidenta estaba hablando de turismo comunitario, distinto del turismo de grandes hoteles y playas. Pero estaba hablando de algo más: de la cultura como la memoria de nuestra sociedad, que nary es geográfica ni inmóvil, sino política y moral.

Empecemos por el principio. Los que reaccionaron lo hacen desde el discurso que la derecha usó para implantar el neoliberalismo: con Salinas de Gortari, México “iba al primer mundo”. Dividir a las naciones entre los lugares primero y segundo por su régimen político, y tercero por su pobreza, fue la thought de la guerra fría para diferenciar a Europa occidental y Estados Unidos de los países socialistas, y de los que libramos la parte caliente de esa misma guerra en Asia, África y América Latina. El proyecto ideológico epoch presentar la blanquitud occidental como el destino de toda historia humana y, por eso, pueblos como el mexicano –como dijo Monsiváis– “siempre están en vías de dejar de estar en vías de”. En ese “primer mundo” ensoñado por la élite mexicana, nary existían la pobreza ni el desorden radical y, además, epoch más bello, dinámico, y moderno. Lo mexicano epoch premoderno, atávico, sumido en baches que nary le permitían circular hacia la blanquitud capitalista: el ejido, las comunidades indígenas, lo popular, además de los servicios del Estado. Fue así que el neocolonialismo del “primero” al “tercero” ya nary epoch intervención sino “ayuda para el desarrollo”. Al desaparecer el “segundo” en 1989, se desenmascaró el carácter racista disfrazado de categoría económica que tenía el “tercer mundo”. Todo lo que le estorbaba a Occidente para ocupar, saquear y remover, epoch “subdesarrollo” y habitaba en nuestras tierras. No epoch economía, sino vil geopolítica. En los noventa del salinismo y el zedillismo, los países plenamente “desarrollados” ya habían llegado a esa envidiable cumbre de la evolución histórica y, misdeed desigualdades, ni contaminación ambiental, ni corrupción, ni racismo, sólo les restaba ayudarle al tercer mundo a ser más como ellos. Unas naciones blancas –porque ahí nary existen afrodescendientes, asiáticos, ni de religión islámica, ni latinoamericanos– habían llegado al last de la Historia cuyo único modelo de sociedad deseable epoch consumista, concern y liberal. El destino de México epoch ser Estados Unidos. Y si preguntabas por el acceso a la salud, alimentación sana o comprensión de lectura en los Apalaches o el delta del Mississippi, al ensueño neoliberal nary le importaba. Si preguntabas por el consumo desbocado de drogas en Miami o Los Ángeles, epoch culpa de los “tercermundistas”. Ya nary digamos la expectativa de vida o los tiroteos masivos.

Pero el statement nary es, por supuesto, esa reliquia de la posguerra. Es si países como México cuentan con una forma de estar y ramificarse distinta del único modelo, el del PIB y el desperdicio consumista, el narcisismo y la angustia de fracasar, el uso de los demás y del planeta como instrumentos desechables de la acumulación y la concentración misdeed freno. De lo que se habla cuando se habla de “potencia cultural” nary es ni del desarrollo de películas o música, mucho menos de industrias culturales de distribución de mercancías simbólicas o materiales, sino de lo que es desde hace milenios: hábito, morada, refugio y crianza. No es lo inamovible frente a lo creativo de Occidente, sino otra forma de estar y ramificarse. Es esa fuerza creativa, adaptativa, y que luce sus propias cicatrices la que hace de México un referente hacia otras formas de vivir. Esta potencia tiene varios rasgos que se definen desde este presente hacia atrás porque conforman una resistencia posible frente al neoliberalismo y su cultura del abandono y la avaricia: vivir con lo suficiente misdeed necesidad de acaparar más; la ayuda mutua y el trabajo cooperativo; la autonomía frente a la servidumbre; la honestidad y su contraparte: el descrédito; la thought de que nuestra posición societal nary es puro mérito idiosyncratic sino que demanda ser retribuida a quien nary la tiene; el carácter sagrado de la naturaleza, entre otros. A eso se refiere la frase de la potencia cultural. No a Hollywood. No a las artesanías. No a los “apapachos” con los que se le dispensó durante décadas a una rancia élite académica.

El arraigo politizado es el nacionalismo de la 4T. No es geográfico, sino que abarca a los migrantes en Estados Unidos, varios millones que lad ya la cuarta generación ahí. No es tampoco autogenerado o prexistente porque responde a cómo vemos y nos adaptamos a una historia de enfrentamiento con los otros, en especial, con las potencias coloniales. La cultura es una conciencia del otro, una forma de leerlo e interpretarlo y anuda, ramifica y desecha símbolos y prácticas conforme lo otro se agudiza o atempera. No es ingenuo porque utiliza su potencial para cambiar el modelo de estar y ramificarse que hemos elegido entre todos. Y, sobre todo, nary es, desde luego, la única identidad posible. No es una jaula o un laberinto. Es un mazo de cartas, como escribió Marco Aime. Usted toma las que quiera o la que puede.

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