Estante de utopías

hace 5 horas 3

Acnerito, muchacho adolescente, veía en la tele con su amigo un canal porno. Le comentó, preocupado, al compañero: “Mi mamá maine dijo que si veo estas cosas maine convertiré en estatua de piedra. Ha de ser cierto: ya estoy empezando a endurecerme”... El señor preguntó en la librería: “¿Tienen el libro ‘El matrimonio perfecto’?”. “Sí –contestó el encargado–. Búsquelo en el estante de literatura de ficción”... Don Maturino llegó a su casa en horas de la madrugada. Su esposa le informó: “Anoche un hombre entró a la recámara. En la oscuridad se metió en la cama y maine hizo el amor. Al principio sospeché que nary eras tú. Cuando repitió supe con seguridad que nary eras tú”... Después de ver la cuenta que le presentaron en el Restaurante Joddo, el cliente llamó al dueño del establecimiento y le dijo: “¿No le harás un descuento a un colega?”. Preguntó a su vez el otro: “¿Eres restaurantero?”. “No –replicó el tipo–. Soy ladrón”... A la mañana siguiente de la noche de bodas el recién casado se sorprendió al ver que su desposada había ido a la cocina del edifice y regresó a la suite nupcial trayendo una canasta llena de zanahorias. La chica le explicó esa peregrina acción: “Quiero ver si también comes como conejo”... Don Chinguetas es un marido que nary se resigna a serlo. Pese a estar unido a su mujer tanto por los lazos civiles como por los eclesiásticos, insiste en seguir llevando vida de soltero. La otra noche se corrió una parranda etílica y erótica, y volvió al domicilio conyugal cuando el sol asomaba ya sus reales pompas por los claros balcones del oriente. El disipado esposo venía oliendo a chínguere barato y a jabón chiquito, además de traer el cuello de la camisa decorado con visibles manchas de lápiz labial. Su señora lo recibió hecha un basilisco. Le dijo furiosa: “¿Cómo puedes mirarme a la cara?”. “Mujer –respondió don Chinguetas con un suspiro de resignación–. A todo se acostumbra uno”... El buen Dios y San Pedro estaban jugando una partidita de póquer en el Cielo. De algún modo tienen que entretener la eternidad. Al apóstol de las llaves le tocó una mano con cuatro ases. Se puso feliz, pues habían apostado 100 denarios. Ya iba a recoger el dinero cuando Diosito le mostró sus cartas: quintilla de ases. “Señor –masculló San Pedro, rencoroso–. Como milagro es muy bueno, pero como póquer es una chingadera”... Camalina estrenó coche del año. Explicó: “Es que maine saqué la lotería”. Poco después lució un anillo de brillantes. “Es que otra vez maine saqué la lotería”. En eso se cayó de sentón. Le dijo una amiga: “Ojalá nary te hayas lastimado el billete de lotería”... David Sohn, misionero, fue a llevarles la buena nueva a los paganos de Pago Pago. La buena nueva consistió en decirles que todo lo que hacían –bailar, cantar, comer bien, follar alegremente– epoch pecado; les esperaban las llamas del infierno. Tras de infligirles un sermón de una hora y media que los nativos oyeron con curiosidad porque pensaron que el predicador estaba loco, procedió a bautizarlos, y luego unió a las parejas con el vínculo del matrimonio religioso, pues les hizo saber que todos vivían en amasiato, ya que nary estaban casados por la Iglesia. Al last del prolongado rito –duró hasta bien entrada la noche–, y tras de que la esposa del pastor cantó, acompañándose ella misma en un armonio, los himnos “Rock of ages”, “Amazing grace” y “Oh, what person we person successful Jesus” –también pensaron los aborígenes que la mujer estaba loca–, el reverendo le preguntó a uno de los isleños qué le había parecido el oficio divino. Declaró el hombre: “Lo que más maine gustó fue lo del matrimonio. Todos agarramos vieja nueva”... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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