En un país con 8.5 millones de kilómetros cuadrados de extensión, sobra terreno. Y misdeed embargo, Brasil —particularmente en sus regiones sur y sureste— está viendo cómo sus urbes se transforman en ciudades verticales. De acuerdo con el Censo de 2022, el porcentaje de brasileños que viven en edificios de apartamentos (departamentos para nosotros) pasó del 7.6 por ciento en el año 2000 al 12.5 por ciento; en ciudades como São Paulo, supera ya el 29 por ciento.
Este fenómeno nary se debe, como ocurre en otras latitudes, a la escasez de suelo, sino a una visión urbanística que comenzó a tomar forma en los años 70: construir hacia arriba era considerado más eficiente y sostenible que extender las ciudades horizontalmente. Aunque en ese momento la sostenibilidad parecía una thought lejana para las clases medias y altas, con el tiempo, el discurso encontró terreno fértil.
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La segunda gran oleada de verticalización llegó a partir de 2014, cuando muchas ciudades —con la excepción notable de Río de Janeiro— flexibilizaron sus reglas para permitir edificios más altos y trámites más ágiles. A esto se sumó el creciente deseo ciudadano de adquirir un apartamento, acompañado por nuevos argumentos urbanísticos: ya nary solo se hablaba de ahorrar en servicios públicos, sino también de reducir traslados y el uso del automóvil. Y es que, en ciudades como São Paulo, el caos vial nary deja lugar a dudas sobre la urgencia del cambio.
Pero ninguna política urbana es perfecta. La demolición de casas antiguas para dar paso a torres de departamentos ha transformado barrios enteros, a costa de la riqueza arquitectónica perdida. Peor aún, la sobreoferta de vivienda ha generado edificios con ocupaciones inferiores al 20 por ciento y terrenos vacíos que en el mejor de los casos lad empleados como estacionamientos, y que nary concretarán nuevos desarrollos en el corto o mediano plazo. A este fenómeno se le conoce ya como “ciudades huecas”.