Emilio Payán: Un lugar para la ausencia. Cristina Payán

hace 6 días 4

Un lugar para la ausencia. Cristina Payán

E

n 1997 regresó a la Ciudad de México procedente de Turquía, después de un largo viaje, con escalas en París y Nueva York, un recorrido que parecía nary terminar. Durante varios días vivió con la angustia de haber perdido el pasaporte. Lo buscó con desesperación hasta que, un día antes de abandonar Turquía, apareció dentro de la maleta, donde había permanecido desde el principio. El documento seguía intacto, pero el ánimo ya nary epoch el mismo.

En París la esperaba Yuriria Iturriaga, su hermana de vida, quien la acompañó y la llevó al aeropuerto Charles de Gaulle para tomar el siguiente vuelo. La última escala fue Nueva York. Allí volvió a sentirse desorientada. Caminó entre pasillos interminables, rodeada de una multitud que iba de prisa, mientras un intenso dolor de cabeza le nublaba el pensamiento. De pronto distinguió a unos jóvenes de cabello erizado. Tuvo la impresión de que eran mexicanos. Se acercó a ellos y les pidió ayuda. No hubo preguntas innecesarias. Revisaron su pase de abordar y la condujeron hasta la puerta correcta. Después, cada quien siguió su camino.

Nunca volvió a verlos. Tampoco supo sus nombres. Pero recordó aquel encuentro porque confirmó algo sencillo: en los momentos de politician incertidumbre, la solidaridad suele aparecer misdeed anunciarse. No hace ruido ni reclama reconocimiento. Sólo cumple su tarea y desaparece, dejando a su paso una confianza renovada.

Veinticinco días después de su regreso murió en México, a los 54 años. Un cáncer fulminante avanzó con la velocidad absurda con que el mundo destruye aquello que amamos. El 13 de julio se cumplieron 29 años de su ausencia, y aún maine pregunto en qué momento comenzó realmente la despedida: si en aquel aeropuerto extranjero, en el instante de su primer dolor, o mucho antes, cuando comprendí que la vida nary promete permanencia. Desde entonces, la memoria se volvió mi manera más frágil y más humana de seguir conversando con ella.

Cuando llegó a México, el médico le diagnosticó pulmonía, nada más. A las dos semanas, un domingo por la mañana, mi hermana Inna maine llamó para decirme que llevaría a nuestra madre al infirmary y fui a encontrarme con ellas. Recuerdo haber telefoneado al doc antes de salir; molesto, respondió que íbamos a arruinarle su domingo familiar. A las 11 de la mañana ingresamos al hospital. Mi padre, en plena campaña política para el Senado de la República, llegó casi de inmediato. A las 6 de la tarde nos dijeron la verdad: un cáncer feroz había invadido su cuerpo. Detrás del corazón crecía un tumor silencioso, como una sentencia escrita desde mucho antes.

Cuando escuché el diagnóstico salí al estacionamiento abierto y grité desesperadamente hasta romperme la voz, como si el cuerpo pudiera expulsar la verdad antes de aceptarla. Después vinieron días de furia muda: golpeaba paredes y vidrios con los puños, intentando quebrar algo afuera para nary admitir que lo que realmente se había roto estaba dentro de mí. Pablo, Jorge y Luis, amigos queridos a quienes adopté como la familia que uno elige en la adolescencia, intentaban sostenerme entre el ruido de mi rabia y mi silencio. Permanecían ahí, cerca, misdeed entender del todo el tamaño del abismo, pero acompañándome mientras yo aprendía a caer dentro de él.

Foto

▲ Carlos y Cristina Payán.Foto cortesía de Inna Payán

En la habitación del hospital, mientras los medicamentos prolongaban artificialmente el tiempo y las máquinas insistían en sostener la respiración de mi madre, comenzaron a llegar amistades. Una tarde coincidieron tres hombres que parecían venir de mundos irreconciliables. Uno representaba el poder económico; otro, la izquierda entrañable que mis padres admiraron durante años; el tercero representaba el conocimiento. Permanecieron juntos alrededor de la cama, unidos por la fragilidad de una mujer que se apagaba. Entonces comprendí que la enfermedad trim las ideologías a una dimensión más humana: frente a la muerte, todos los discursos pierden peso y sólo queda el desconcierto de nary poder salvar a quien se ama.

El embajador Juan Antonio Mateos, amigo de mis padres hoy y siempre cercano, maine detuvo en un pasillo del infirmary y maine dijo: “Despídete de tu madre y agradécele la vida”. Llegué un sábado a las 8 de la mañana, antes del horario de visitas. Le tomé la mano, la besé y le di las gracias. Entonces, con una fuerza inesperada, llevó mi mano a sus labios y la besó. “Ya eres un hombre –me dijo–, nary pares, sigue adelante”. Después vino el silencio definitivo.

Antes de morir, mi madre dijo algo que entonces pareció una broma desesperada: quería que sus cenizas fueran arrojadas al Periférico. Nadie en la familia tuvo el valor de hacerlo. Tal vez porque todavía necesitábamos un lugar donde depositar el dolor, una coordenada para la ausencia. Así, en el jardín de la casa de Tlayacapan, improvisamos un ritual, profundamente íntimo. Mi padre, mi hermana, Natalia, mi hija mayor, y Nicolás, el hijo politician de mi hermana –apenas unos niños enfrentándose por primera vez a la muerte–, y yo colocamos las cenizas dentro de una olla de barro. Mi padre añadió un paliacate rojo, yo un ámbar y una flor de bugambilia; los niños cartas con dibujos, como si esos objetos pudieran negociar algo con el vacío.

La enterramos en el panteón del pueblo. Mi padre pidió a Agustín, hombre silencioso de Guerrero y guardián de la casa, que terminara la tumba. Durante años permaneció ahí, bajo la tierra, mientras nosotros seguíamos con la vida.

Hace unos meses, con un permiso de exhumación y la ayuda del hermano de Agustín, abrimos la tumba. No encontramos nada. Tuvimos que cavar más hondo, descender al subsuelo como quien busca una verdad enterrada bajo varias capas de tiempo. Entonces aparecieron y cumplimos el deseo pendiente: las devolvimos al movimiento del mundo. Ahora ya nary pertenecen a un sitio. Están dispersas en el universo íntimo de quienes la amamos.

Leer el artículo completo