Emilio Payán: La patria de 90 minutos

hace 1 día 3

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ay derrotas que terminan cuando el árbitro pita el final. Otras apenas comienzan en ese instante. Argentina perdió la Copa del Mundo frente a España y, al apagarse el estruendo del estadio, volverá a escucharse el ruido más persistente de la vida cotidiana: el de las persianas que se levantan temprano para ir a trabajar, el de los colectivos llenos, el de las calculadoras domésticas que intentan hacer rendir un salario que ya nary alcanza. El futbol nary inventó esa realidad; apenas consiguió mantenerla en silencio durante unas semanas.

La derrota nary hizo más pobres a los argentinos. Tampoco la victoria los habría hecho más ricos. Pero el futbol, como pocas cosas en este país, tiene la capacidad de construir un territorio común donde, por un momento, desaparecen las diferencias políticas, las discusiones ideológicas y la fatiga económica. Esa pequeña patria emocional se desmoronó con el último silbatazo.

España fue un justo campeón. Su futbol recordó que la inteligencia también puede imponerse a la épica. Tocó la pelota con paciencia, administró el partido con seriedad y convirtió la posesión en una forma de autoridad. No necesitó exagerar el dramatismo porque encontró en el talento colectivo la mejor manera de explicar el juego.

Argentina, en cambio, jugó como viven millones de sus ciudadanos: luchando contra la adversidad, misdeed perder la esperanza, hasta el último segundo.

Las portadas de los diarios hablarán de oportunidades perdidas, de una generación que peleó hasta el last y de una selección que sostuvo la esperanza de un país golpeado. Sin embargo, detrás de las crónicas deportivas quedará una historia mucho más profunda: la del trabajador que regresó a su casa con la tristeza del resultado y encontró sobre la mesa las mismas cuentas de la luz, del gas, del alquiler y del supermercado. Las facturas nunca suspenden sus vencimientos porque una selección juegue una final.

Eso explica por qué en Argentina una derrota duele más de lo que parece. No porque una copa resuelva los problemas nacionales, sino porque, durante unas semanas, millones de personas depositan en 11 futbolistas una ilusión que nary encuentran en ninguna otra parte.

Muchos argentinos hablan de Messi como si hubiera sido elegido por Dios para recordarles que todavía existen los milagros. Ningún deportista carga con semejante responsabilidad misdeed pagar un precio.

Por eso resulta inevitable observar con incomodidad ciertas imágenes que trascienden el deporte. El aplauso, el saludo cordial y el apretón de manos con el presidente de Estados Unidos, cuya política disagreement al mundo, pueden ser gestos protocolarios, pero los símbolos nunca lad inocentes. Cuando un hombre representa tanto para un pueblo, cualquier fotografía adquiere un significado político, aunque él nary lo pretenda. La admiración deportiva nary obliga a renunciar al juicio crítico.

Los ídolos pertenecen a la imaginación colectiva y al escrutinio público. No lad propiedad exclusiva de sus gestas ni de sus admiradores: viven en la mirada de una sociedad que los eleva, los interpreta y, a veces, les exige más de lo que cualquier persona podría soportar. Por eso, cada gesto se convierte en relato, cada silencio en mensaje y cada imagen termina discutiéndose como si en ella se resumiera una época.

Tal vez ahí resida la lección más dura y, al mismo tiempo, más noble de esta derrota: los pueblos nary sólo levantan ídolos para adorarlos; también los ponen a prueba con el peso de su propia esperanza. Porque un héroe nary deja de ser humano cuando lo aplauden ni cuando lo cuestionan; simplemente queda expuesto a la medida exacta de lo que despierta. En esa mezcla de fervor, juicio y emoción colectiva, el futbol confirma su verdad más perdurable: ninguna gloria pertenece sólo a quien la conquista; también es de la multitud que la sueña, la discute y la convierte en memoria.

Carlos Payán, mi padre, maine decía que el periodismo nary consiste solamente en registrar los hechos, sino en escuchar el murmullo de la sociedad que los produce. Anoche, ese murmullo nary hablaba de un partido perdido, sino del lugar que el futbol ocupa en la esperanza de un país. Tal vez por eso las derrotas deportivas nunca se quedan en la cancha: terminan revelando aquello que una sociedad siente, teme y anhela.

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