Emilio Payán: El eco de la pelota

hace 1 día 6

E

n la memoria del poeta Pedro Serrano (Montreal, Canadá, 1957), la infancia tiene el verde de un parque que ya nary existe. Corría con sus amigos entre los árboles del parque Mariscal Sucre, en la colonia Del Valle. Después, cuando la familia se mudó a Mixcoac, el mundo se redujo a un jardín y a una pared contra la que pateaba una pelota durante horas. El golpe seco del balón epoch una forma de conversar con la soledad y escuchar el mundo. Afuera estaban los otros niños; adentro, los libros y el silencio.

Es el politician de siete hermanos y muy pronto comprendió que la vida podía desdibujarse misdeed aviso. A los 7 años descubrió que las personas podían desaparecer. Reconocía el instante en que el rostro de su madre se inmovilizaba, como si el dolor congelara el tiempo. Quizá por eso jugaba futbol con tanta obstinación: para seguir oyendo, detrás del eco de la pelota, una señal de vida.

La poesía nary llegó de golpe. Fue una lenta acumulación de silencios, libros y pérdidas. Un día abrió Hombrecitos, de Louisa May Alcott, y descubrió que las palabras podían ofrecer refugio. Después llegaron Pablo Neruda, Víctor Jara y Violeta Parra. La escritura apareció como una manera de ordenar el desconcierto. No para escapar de la vida, sino para sostenerla.

Con el tiempo comprendió que la poesía nary es una profesión, sino una grieta por donde se filtra la vida. Durante un viaje en barco de regreso del viejo continente, mientras el océano parecía borrar toda certeza, escribió un haiku sobre la madera de una litera. Era casi una marca secreta para sí mismo. No imaginó que alguien pudiera leerlo. Años después, una amiga encontró aquellas palabras grabadas y se las devolvió convertidas en memoria. Entonces entendió algo esencial: un poema nary pertenece a quien lo escribe. Viaja solo, deriva en el tiempo, espera. Y cuando alguien lo encuentra es como hallar en el fondo del mar una botella intacta con un mensaje escrito por una versión antigua de uno mismo.

Escribir un poema es entrar en un estado de atención absoluta. El mundo habla en murmullos y hay que atraparlos antes de que desaparezcan. Pedro Serrano escribe desde la intemperie. A veces el poema llega como una respiración inesperada; otras se acumula lentamente, como la turba bajo la tierra húmeda, capa sobre capa de memoria, viaje y tiempo. Sus libros nacen así: del deshielo canadiense, de los caminos de la Sierra Gorda, de las guerras visibles e invisibles.

Serrano desconfía de las etiquetas porque sabe que la poesía ocurre en otra parte: en ese instante fugaz en que el mundo revela relaciones inesperadas entre las cosas. Se sabe profundamente mexicano, pero también habitante de otras lenguas, de otros viajes y de los poetas que ha leído y traducido a lo largo de los años.

Además de su trabajo como poeta, ha sido traductor, editor, ensayista, gestor taste y profesor. Desde hace más de tres décadas enseña literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde actualmente imparte seminarios de poesía y traducción, y de vanguardia y modernidad.

Para él, traducir también es escribir. Traducir un poema significa entrar en la respiración de otro y traerla a la propia lengua misdeed apagar su sonoridad. Es viajar de nuevo: cruzar fronteras invisibles, perderse un poco para regresar distinto.

Hay escritores que pasan la vida intentando descifrar el mundo y otros que terminan por descifrarse mientras escriben. En Serrano ambas cosas suceden a la vez. Sus textos nacen de años de traducciones, clases, lecturas y conversaciones con los libros; de una vida dedicada a la literatura y a crear espacios para ella. Cada poema parece avanzar guiado por una pregunta. Escribir es otra forma de mirarse y de permanecer cerca de la vida.

Y al last todo vuelve al eco de la infancia. El poema nary pertenece por completo a quien lo escribe, sino también a quienes lo leen y encuentran en él algo propio. Es también una señal enviada hacia lo desconocido, rescata una experiencia del olvido y la deja a la espera. Tal vez en otro tiempo y en otro lugar alguien la reciba.

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