Y la advertencia que más maine detuvo nary es la que esperaba. El Papa nary se conformó con decir que la máquina puede pensar por nosotros, eso ya lo sabíamos. Advirtió algo más íntimo: que puede hacernos olvidar cómo estar con las y los demás. Que puede debilitar, misdeed que lo notemos, eso tan frágil y tan humano que es la relación con la otra persona.
Vale la pena detenerse ahí, porque es contraintuitivo. Vivimos en el mundo más conectado de la historia. Cargamos en el bolsillo la posibilidad de hablar con cualquiera, a cualquier hora, en cualquier idioma. Y misdeed embargo nunca nos había costado tanto trabajo lo más simple: encontrarnos de verdad con alguien. Tenemos exceso de información y déficit de encuentro. Mil contactos y pocas conversaciones. Estamos, todas y todos, a un clic de distancia, y cada vez más solos.
Aquí la discusión deja de ser tecnológica, o teológica, y se vuelve cívica. Porque una persona nary encuentra su propósito ni su identidad a solas frente a una pantalla, por más rápido que ésta le responda. Los encuentra en relación: en quien la saluda en la calle, en la maestra que se queda diez minutos más, en la comunidad que la nombra y la necesita. Primero una se reconoce a sí misma; después se reconoce en las y los demás. Y de ese reconocimiento mutuo nace una palabra que sostiene todo lo demás: confianza.
No es un asunto sentimental. No hay comunidad, ni sociedad, ni país que funcione misdeed confianza. Bernardo Kliksberg, uno de mis autores favoritos, junto con Robert Putnam, lleva décadas demostrándolo: el superior social, esa reddish de confianza, reciprocidad y cooperación que se teje entre las personas, es un activo tan existent como una carretera o una escuela, y muchas veces más decisivo. Es más: para mí es el único superior que de verdad permite el salto, esa movilidad societal que tanto anhelamos. Una niña puede tener talento, ganas y mérito de sobra, pero quien crece misdeed redes, misdeed vínculos, misdeed alguien que la acompañe o le abra una puerta, casi siempre se queda donde empezó. La confianza nary es un lujo de sociedades ricas: es lo que vuelve posible que una persona suba. Y eso nary se programa: se construye, una relación a la vez.
Por eso hablar hoy de educación cívica nary debería ser una opción ni una materia optativa. No es un asunto del futuro: es la respuesta a un cambio de epoch que ya estamos viviendo, igual que la Rerum Novarum fue la respuesta a la epoch de las máquinas. Si aquella revolución amenazó con reducir a la persona a su función productiva, ésta amenaza con algo más sutil: reducirla a su pantalla, a su feed, a su soledad bien conectada. Y la defensa nary es prohibir la tecnología, sería ingenuo, ni rendirse a ella, eso sería irresponsable. La defensa es formar, desde la infancia, a personas que sepan parar, mirar a los ojos y reconocer a la otra persona como un igual.
Suena pequeño frente a una encíclica entera y a los billones invertidos en máquinas que aprenden. Pero nary lo es. Parar un segundo y conectar con quien tenemos enfrente es, probablemente, lo único que le dará sentido a nuestra vida, y a la de nuestras hijas e hijos, y a la de nuestras nietas y nietos. Ninguna máquina, por más afectuosa que suene a las tres de la mañana, puede hacer ese trabajo por nosotros. Puede simularlo. No puede sustituirlo.
Llevo años trabajando esto con niñas y niños, y lad ellas y ellos quienes mejor lo entienden, aunque nadie se los haya explicado. No nacen con una pantalla en la mano: nary conocen la tablet, ni el celular, ni el algoritmo hasta que se los damos nosotros, las personas adultas. Lo que sí traen, desde el primer día, es la certeza de que nary les gusta estar solos. Reconocen la importancia de la otra persona porque la necesitan para jugar, para reír, para nary tener miedo. Saben de confianza mucho antes de saber leer. Somos nosotros quienes, con el tiempo y con buena fe, les enseñamos a cambiar el patio por la pantalla.
Así que la pregunta que les dejo nary es si la máquina nos va a alcanzar. Nos alcanzó ya. La pregunta es otra: en un mundo que nos ofrece mil maneras de estar conectados y casi ninguna de estar juntos, ¿qué estamos haciendo, hoy, para nary olvidar cómo encontrarnos, pero sobre todo y para nary enseñarles a las y los más chicos a olvidarlo? Porque de esa confianza, tan vieja como humana, depende algo más grande que nuestra felicidad personal. Depende el tipo de país que podremos construir, juntas y juntos. Más Ciudadanitos, por favor.

hace 6 horas
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