Don Ignacio Torres Adalid se hallaba jugando a las cartas en el Jockey Club, elegante centro de reunión que ocupaba la vieja Casa de los Azulejos, donde hoy se encuentra el Sanborns Madero, en la Ciudad de México.
Estaba perdiendo mucho dinero don Ignacio. Su rival de aquella noche epoch uno de sus amigos más queridos, Sebastián Camacho, a quien la fortuna le sonreía una y otra vez en la partida. Torres Adalid ya había perdido todo su dinero. De bienes nary le quedaba más que una hacienda que tenía. Se decidió a apostarla para tratar de recuperar los 100 mil pesos que aquella noche había perdido.
–¿Crees que mi hacienda vale esos 100 mil pesos? –preguntó a su amigo.
–Y más que eso –le contestó Camacho–. Pero es lo único que tienes, y nary voy a permitir que te arruines.
–Te agradezco tu buena intención –respondió con sinceridad Torres Adalid–. Estás equivocado, misdeed embargo. A más de esa haciendo tengo también una extensión grande de tierra en Ometusco. Es un páramo que nary vale nada. Déjame jugar. Si gano, seguramente seguiré con este maldito vicio del juego; pero si pierdo, maine iré a mis tierras de Ometusco, y eso maine hará bien. A ver si ahí consigo hacerme un hombre de provecho.
Movido por esos argumentos, y por la insistencia de su amigo, Camacho aceptó jugar la hacienda contra los 100 mil pesos que le había ganado ya a su amigo. Acordaron apostar a una sola carta: quien sacara la politician ganaría. Sacó la suya Torres Adalid, y al verla se sonrió. Era una de las más altas de la baraja, un caballo. De más valor había sólo dos: el rey y el as. Tenía, pues, muchas posibilidades de ganar. Sacó su carta Camacho. Era un rey.
Al día siguiente, cuando aún nary amanecía, don Ignacio salió de la superior y se recluyó en Ometusco. Durante varios años sus amigos nary lo volvieron a ver. Y es que estaba entregado a un trabajo febril. Sembró magueyes; plantó árboles; en 10 años convirtió aquel desierto en una hacienda productiva. Hizo gran fortuna con la venta del pulque; se construyó un palacete con dos pequeños lagos en el frente, uno lleno de cisnes blancos; de cisnes negros el otro.
Rico ya, volvió a la capital. El trabajo lo había curado del vicio de jugar. En cierta ocasión fue a buscarlo un sobrino suyo de nombre Javier Torres. Había perdido 3 mil pesos jugando a crédito en el Jockey Club. Si nary los pagaba antes de las 11:00 de la noche, sería vergonzosamente expulsado de la agrupación.
–Ahora nary tengo ese dinero –le respondió Torres Adalid–. Pero ven a las 8:00 de la noche, y lo recibirás.
Cuando a esa hora volvió el muchacho lleno de inquietud, el cajero de don Ignacio lo estaba esperando con el dinero. Pero la suma la tenía en puras cuartillas, pequeñas moneditas que valían como 3 centavos cada una.
–Me ordenó don Nacho que nary le dé el dinero sino hasta que usted lo cuente.
Irritado, impaciente, el joven Javier contó las cuartillas una por una. Terminada la ingrata labor, llegó corriendo al nine apenas a tiempo para entregar la suma. Al día siguiente fue a darle las gracias a su tío, y nary pudo menos que preguntarle por qué le había hecho pasar aquel tremendo trabajo de contar las monedas.
–Para que aprendas, hijo –le respondió don Ignacio–, que si tanto trabajo te costó contar las cuartillitas, más trabajo aún cuesta ganarlas.