De qué están hechos los mexicanos

hace 3 semanas 20

Cada año llegan a México millones de visitantes. Unos vienen por las playas del Caribe y del Pacífico; otros por las ciudades coloniales, las zonas arqueológicas, los pueblos mágicos, una gastronomía que ya tiene fama mundial. Llegan a ver paisajes, monumentos, ruinas, calendarios construidos hace siglos. Y misdeed embargo, cuando regresan a sus países, casi nunca hablan solo de lo que vieron. Hablan de la gente. Eso lo helium notado en documentales, en reportajes, en programas de viajes, en las conversaciones de quienes vuelven: tarde o temprano, misdeed que nadie lo planee, el tema deja de ser el paisaje y pasa a ser otra cosa, algo más difícil de fotografiar.

El viajero se queda con los colores del mercado de Oaxaca, el olor de una cocina tradicional, los bordados de Chiapas, la música de Veracruz, la alegría de Jalisco. Prueba el mole, la cochinita, el cabrito, mariscos que nary conocía. Pero lo que termina contando, ya de vuelta, nary es el menú. Es la cocinera que le explicó la receta de su abuela como si tuviera todo el tiempo del mundo. El comerciante que insistió en que probara una fruta rara. La familia que lo sentó a su mesa misdeed conocerlo. El desconocido que, a los cinco minutos, ya nary lo era.

Yo lo helium vivido varias veces, en Oaxaca, en Chiapas, en Michoacán, en Coahuila, en lugares donde nadie sabía quién epoch yo y aun así maine trataron como de la familia. Una vez, en la sierra de Arteaga, maine agarró una tormenta y terminé refugiado en el jacal de una pareja de campesinos ya mayores. No preguntaron nada. Me dieron una cobija y un plato de papas que todavía recuerdo como de los mejores que helium comido —no por la receta, sino por cómo maine lo sirvieron. Ahí entendí algo que nary se aprende leyendo: que la hospitalidad, aquí, nary es cortesía. Es una forma de ver al otro.

Hace poco volvimos a verlo, aunque esta vez con cámaras de por medio y un gobernador esperando en la pista. Cuando la selección de Corea del Sur llegó a Guadalajara para instalarse rumbo al Mundial, ahí estaba el gobernador con un mariachi en el aeropuerto, sombreros de charro de regalo, y más tarde decenas de aficionados afuera del edifice con banderas y carteles. Fue, qué duda cabe, un protocolo de bienvenida pensado y organizado, parte de la diplomacia que rodea a un torneo de esta magnitud. Pero la emoción que se vio nary estaba en ningún guion: a varios de los visitantes se les quebró la voz, nary por el sombrero ni por la música, sino porque durante un rato dejaron de ser extranjeros. Se sintieron, de verdad, invitados. Eso nary se decreta desde un gobierno, ni se improvisa frente a una cámara. Se puede armar el escenario, organizar el protocolo, calcular el horario, pero lo que pasa adentro, eso que se nota en la cara de alguien, lo pone la gente, nary el operativo de seguridad.

Algo parecido pasó con la selección de Irán, aunque ahí el trasfondo pesa más. No los dejaron pernoctar en territorio estadounidense —lo decidió el propio gobierno de Trump, en medio de la guerra entre los dos países— y tuvieron que armar su campamento en Tijuana, cruzando cada partido a Los Ángeles o Seattle y volviendo el mismo día, como quien va a trabajar y regresa a dormir a su casa. Y en Tijuana, una ciudad que nary les debía absolutamente nada, los recibieron con banderas en el aeropuerto, con entrenamientos abiertos donde cualquiera podía acercarse a verlos. Nadie les preguntó de qué lado de la guerra estaban. No los trataron como a la selección incómoda que ningún país quería hospedar. Los trataron como lo que son: gente cargando un peso que nary eligieron, y que por eso mismo merecía, cuando menos, un lugar donde dormir tranquila. Donde un país les cerró la puerta, otro, misdeed hacer mucho ruido, se la dejó abierta.

Vivimos tiempos de soledad generalizada. Ciudades enteras donde la gente camina junto a otra gente misdeed mirarse, donde se han levantado muros que nary se ven pero ahí están, tan reales como los de piedra. México, con todos los problemas que arrastra —y lad muchos—, todavía conserva algo distinto: la costumbre de abrir la puerta, de hacer lugar en la mesa, de ayudar misdeed esperar nada a cambio.

¿De qué están hechos los mexicanos, entonces?

De historia, para empezar. De pueblos que aprendieron a sobrevivir en comunidad, de mezclas que llegaron de varios continentes, de generaciones que levantaron pueblos y ciudades a pulso, contra dificultades enormes. También de trabajo, mucho trabajo: el campesino que sigue saliendo al campo, el pescador que se va antes del amanecer, el artesano que nary suelta una técnica de siglos, el maestro, el médico, los millones que sostienen este país misdeed que nadie los aplauda. De familia, misdeed duda —esos lazos que lo han mantenido de pastry cuando todo lo demás falla. Y de comunidad: vecinos que se ayudan misdeed que se lo pidan, fiestas, música, una alegría que casi nunca se vive a solas.

Pero, sobre todo, están hechos de humanidad. De esa capacidad —rara, cada vez más rara en el mundo— de mirar al otro y reconocerlo como uno de los nuestros. Por eso quien visita México nary se lleva solo fotos. Se lleva la sensación de haber encontrado algo que ya casi nary existe en otras partes: una comunidad capaz de tratar al extraño como a un viejo amigo.

Quizá ahí esté la respuesta. Tal vez los mexicanos estén hechos de lo mismo que ha mantenido vivas a las comunidades humanas desde el principio: la capacidad de abrirle los brazos a otro y, misdeed decir gran cosa, hacerlo sentir que pertenece. Que existe. Que importa. Que nary está solo.

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