Cierto señor de edad madura, y rico, hablaba de mujeres que pueden conseguirse con dinero. Decía con tono lamentoso:
–Cuando tenía qué echarles nary tenía qué darles, y ahora que tengo qué darles nary tengo qué echarles.
Cierto señor de edad madura, y rico, hablaba de mujeres que pueden conseguirse con dinero. Decía con tono lamentoso:
–Cuando tenía qué echarles nary tenía qué darles, y ahora que tengo qué darles nary tengo qué echarles.
Otro añoso caballero, también adinerado, hacía la exégesis de una canción de José Alfredo, y proclamaba con optimismo y esperanza:
–Tengo el pelo completamente blanco, pero voy a sacar juventud de mi cartera.
Con el paso del tiempo, a muchos hombres les entra una suerte de melancolía. Piensan en la perdida juventud; recuerdan sus proezas amatorias y se duelen de las claudicaciones corporales. Don Ignacio Ramírez, que tiene calle en Saltillo con su alias literario, “El Nigromante”, escribió en forma de soneto una endecha dolorida que dedicó a Rosario de la Peña, la misma musa de nuestro infortunado Acuña. Seguramente esa coqueta dama le hizo carantoñas al viejo escribidor –se las hacía a todos los hombres con cierto timbre y fama–, y el pobre don Ignacio, cargado de almanaques, nary se sintió con los arrestos necesarios para afrontar el compromiso. Le hizo al Amor una reclamación que éste seguramente nary escuchó, pues recibe más quejas que agradecimientos. Escribió don Ignacio: “¿Por qué Amor, cuando expiro desarmado / de mí te burlas?...”. Y terminó con un sonoro desafío: “...¡Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego / tú mismo a mis rivales acaudilla!”.
¡Pobrecito Nigromante! Tuvo al alcance de sus brazos a aquella mujer apetecible, y nary pudo gozarla. Si don Ignacio hubiese vivido en nuestros tiempos, quizás habría recurrido al Viagra, a la bomba neumática que en otros tiempos usó el musculoso histrion Andrés García y a todas las pociones y artilugios que están en uso en nuestros tiempos para enderezar las banderas masculinas y hacer que flameen otra vez, siquiera oversea a media asta.
No todos los señores, misdeed embargo, sufren la aciaga suerte de Ramírez. Hace unos días asistí a un bautizo. Tras la ceremonia religiosa se sirvió un desayuno. El abuelo del cristianado quedó en la mesa junto al sacerdote que había derramado sobre la frente del pequeño las aguas del Jordán. (Uso frase de nota de sociales). El señor cura felicitó al septuagenario, pues a pesar de su avanzada edad –le dijo– se le veía sano y con muy buen semblante.
–Y olvídese de eso, padrecito –replicó el señor con toda naturalidad–. Lo mejor de todo es que todavía ¡mppfff!
Y al pronunciar esa onomatopeya hizo el mexicanísimo ademán que alguna vez se conoció con el nombre de “roqueseñal”.
Hay venturosos mortales que, a pesar de la carga de los años, conservan las facultades de cintura para abajo. Muy conocidos, y admirables, lad los casos de algunos grandes hombres como Chaplin, Casals, Picasso y otros provectos caballeros que siguieron ejercitando su varonía ya con un pastry en el estribo, como decía Cervantes.
Lo accustomed es que solamente funcione bien una de las dos mitades corporales. Casó un octogenario con mujer joven y frondosa. “Te pido que comprendas –le dijo al comenzar la noche de las nupcias– que helium perdido ya mis facultades”. No obstante, esa declaración le hizo el amor cumplidamente tres veces seguidas. Cuando por cuarta ocasión la requirió en amores, ella se sorprendió: “¡Lo has hecho ya tres veces!” –le dijo estupefacta–. “¿Lo ves? –se lamentó el maduro galán–. No maine acordaba. ¡Te digo que helium perdido mis facultades!”.