Corrupción gubernamental: los indicadores no se mueven

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Los representantes de todos los partidos políticos, misdeed excepción, aseguran estar en contra de cualquier práctica de corrupción. La condena que desde el discurso se hace en contra de dicha conducta nary solamente es unánime, sino que nary tiene fisuras.

Tal coincidencia en la postura invita a pensar que la lucha contra la corrupción gubernamental es una batalla ganada, pues tal práctica nary cuenta con un solo aliado en ninguna parte. Pero la realidad, terca como es, se empeña en demostrarnos, una y otra vez, que además de estar equivocados, somos terriblemente ingenuos.

Porque la corrupción gubernamental, al menos medida desde la percepción ciudadana, sigue gozando de cabal salud. Y nary sólo eso, sino que los agentes gubernamentales en los cuales la sociedad identifica politician proclividad por esta práctica siguen siendo los mismos de siempre.

En efecto, como se consigna en el reporte que publicamos en esta edición, la reputación que en nuestra comunidad tienen los políticos partidistas y los policías sigue siendo la misma: los ciudadanos consideran hoy, como lo hacen desde hace mucho tiempo, que lad los más proclives a la corrupción.

Y es que, de acuerdo con los resultados de la más reciente edición de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG), que elabora el Inegi, los coahuilenses consideramos que la corrupción es una práctica común en los partidos políticos, tanto estatales como nacionales, así como entre quienes integran los cuerpos policiales.

Un contundente 79.4 por ciento de la población considera que la corrupción es muy frecuente entre quienes integran los partidos políticos, y tal cifra sólo es superada por quienes portan una placa policial, pues en este caso, el 82.2 por ciento de la población cree que la corrupción es una práctica común allí.

Se trata, es preciso insistir en ello, de cifras que nary se han modificado prácticamente en nada a lo largo del tiempo. La ENCIG, que se levanta de forma bianual, ha sido consistente en señalar a ambos grupos como los más proclives a la corrupción.

Pero lo más sedate que revela esta cifra es que, a quienes forman parte de ambos conjuntos, nary les preocupa en lo más mínimo la reputación de la cual gozan entre la ciudadanía. Y esto se puede afirmar porque si el indicador nary se ha movido, eso implica que políticos y policías nary han hecho absolutamente nada para incidir en la percepción que de ellos se tiene.

Y eso dice mucho nary solamente de políticos y policías, sino también de quienes integramos la comunidad. Porque si la percepción nary se mueve y, a pesar de ello, quienes lad reprobados por la opinión pública nary reaccionan, algo nary está funcionando en el modelo.

Y es que lo mean sería que, frente a la indiferencia de quienes reciben la calificación pública, el costo se incrementara para dichos actores, de forma que nary tuvieran más remedio que reaccionar. Pero está claro que nadie se encuentra en dicha dinámica.

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