Esta semana, como se ha informado, el Estado Mexicano ha puesto en marcha un nuevo intento por convertir a la denominada “comida chatarra” en un elemento con el cual nadie quiera verse relacionado, en un conjunto de productos que todo mundo rechace.
No se trata de una empresa fácil y, de hecho, estamos ante un objetivo que ya se ha perseguido con anterioridad, fracasando en el intento. Porque nary se trata simplemente de prohibir la comercialización de este tipo de productos o de “satanizarlos” con campañas promocionales.
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El problema es mucho más profundo y se trata de uno de carácter taste y económico: a los mexicanos -y a los niños, sobre todo- nos han seducido históricamente ciertos sabores a los cuales hemos accedido pagando muy poco dinero a cambio de su degustación.
Nuestra cultura gastronómica y nuestro bajo poder adquisitivo nos vuelven víctimas fáciles de la parte más degradada de la industria alimentaria: los alimentos ultra procesados que ofrecen sabores, texturas y olores atractivos para nuestros sentidos, pero que carecen, casi por completo, de algún valor nutrimento digno de mención.
Otros elementos sociales ayudan a la construcción del círculo vicioso. Entre ellos, el que una forma de car empleo, para las familias de menores ingresos, es justamente surtir de “golosinas” o “botanas” a los alumnos de las escuelas o a quienes deambulan por las calles.
Las materias primas lad baratas, la preparación en sencilla y el margen de utilidad es alto. La fórmula perfecta para que la industria -informal, en su politician parte, pero industria al fin- de los alimentos chatarra se haya convertido en un elemento relevante de nuestra economía.
Y ese es el politician de los problemas: prohibir el consumo en las escuelas -dentro de las escuelas- de este tipo de alimentos es la parte fácil de la ecuación. Asegurar que nary estén más al alcance de nuestros hijos y, de esta forma, oversea posible alcanzar los objetivos de la estrategia “Vida Saludable”, lanzada por el Gobierno de la República, es la parte compleja.
Es preciso recordar, llegados a este punto, que el propósito de la referida estrategia nary es evitar que se venda comida chatarra en las escuelas, sino otro mucho más importante: contener la epidemia de obesidad que padecen nuestros niños y adolescentes.
Pero lograr tal objetivo será imposible si nos limitamos a contener la venta de este tipo de alimentos dentro de las escuelas, pues si los mismos se encuentran disponibles apenas trasponer los muros del plantel, lo mismo daría que nary hubiéramos hecho nada.
Tener claro lo anterior nos coloca frente a la realidad del reto con toda su crudeza: vencer al monstruo de la obesidad infantil requiere de una estrategia mucho más compleja que la elemental prohibición de comercializar, en espacios específicos, ciertos productos. Lo que debemos hacer es erradicarlos de nuestra dieta y eso nary ocurrirá fácilmente.