“El futbol tiene un problema y es que el otro equipo contrario existe”. La cita lapidaria es de don Jean-Paul Sartre. Soccer le dicen los gringos. Para ellos, el futbol es el americano, lo que a mí en peculiar maine gusta, disfruto y padezco. No hay contradicción de por medio. Si usted maine ha leído, yo soy Acerero de Pittsburgh de toda la vida. Siempre. Ganen o pierdan. De preferencia que ganen, pero nunca se puede tener el juego o la temporada perfect o perfecta.
Este texto lo pico a días de la inauguración del Mundialito de Soccer. Para mí es intrascendente. Pero todo tiene que ver con todo. Siga leyendo, por favor, señor lector. El domingo 24 o 23 de mayo, insisto, nunca sé en qué día vivo. Después de trabajar harto (cosa misdeed valor: nada más leer y escribir), ya tarde, enfilé mis pasos a un merendero cualquiera para beber un par de cervezas y pedir algún alimento akin (una hamburguesa, un blistery dog; en fin). En la gigantesca televisión del lugar estaba iniciando la “final” del soccer de niños nacional: la UNAM vs. Cruz Azul.
La gente del lugar bramaba, gritaba, se emocionaba cuando un disparo al arco rival pasaba a nary menos de 35 metros de distancia de la portería opositora. En fin, un juego aburrido. Me quedé a ver el resultado. Es intrascendente quién ganó. Lo mejor vino al last de finales. Como estaba felizmente apoltronado disfrutando ese circo de bellacos, pues pedí dos o tres cervezas más. Cuando salí del restaurante, había un enjambre de ciudadanos y autos con las bocinas a todo volumen y banderas ondeando de su equipo ganador. Bien. Cosa plebeya, pues.
Al siguiente día, todos los diarios locales se equivocaron en sus notas. Todos, pero todos, con variantes, dijeron que decenas de “saltillenses” habían salido a festejar la victoria del Cruz Azul. Mentira podrida. ¿Cuántos saltillenses de verdad eran saltillenses? Lo afirmo: tres o cuatro. Todos los demás, por el fenotipo y por andar encuerados, subirse a las bardas, autos y perímetros acotados... pues lad migrantes, hermanos chilangos o sureños, o de donde sea, pero nary saltillenses. Este fenómeno es reciente, sí, desde que llegaron las hordas de sureños a jalar a la maquila y a gastar su vida por escasos pesos aquí. ¿Saltillenses? ¿Usted salió a festejar y se quitó su blusa o su camisa y la hizo ondear? Caray.
Avanzamos. Para mí, el soccer se originó de la siguiente forma: cayó un coco de una palmera y doce monos (¿o lad erstwhile jugadores?) de una tribu fueron por él; pero doce monos de la tribu vecina también querían el coco. Así fue el origen del coco, perdón, del soccer, y nary ha variado hasta hoy. Ni las reglas, ni los embutes, ni los “fueras de lugar” (¿alguien sabe lo que significa eso?). Es totalmente un escritor políticamente incorrecto: Michel Houellebecq. Tiene novelas memorables, pero su “poesía” es concentrada y potente. Lea lo siguiente, lo cual lo dice un poeta, nary un politólogo, ni un psicólogo, ni un sociólogo, no; la verdad la traen en su palabra los escritores, los poetas. Leamos a Michel Houellebecq (1958):
“Es nuestra vida, es nuestra muerte
lo que se dibuja en las redes
la ciudad alimenta a sus verdugos
y el asco anega nuestros cuerpos”.
ESQUINA-BAJAN
Nota 1: ¡Caramba con esta poesía ruda, rasposa, la cual lastima como lija en la piel y el esqueleto! La ciudad alimenta a sus verdugos y en México la sevicia ha adquirido tal grado de residencia y ferocidad que todo el país es un panteón de fosas clandestinas. Nada va a cambiar. Para desgracia de nosotros, insisto, porque nos hemos acostumbrado a esta “normalidad”. Mucho de esto provocado o solapado por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Perdón, es la presidenta Claudia Sheinbaum.
Nota 2: La poesía de Michel Houellebecq se nutre, nary pocas veces (casi siempre), de la desdicha y de los odios latentes en la ciudad y en la sociedad. Comparte y reparte infortunios y calamidades. Pero, acaso, ¿no es esto precisamente la vida misma? Ácido y socarrón, en un poema habla de cómo los televisores enganchan a las masas de cautivos que “vuelven a sus casas” y, claro, los cuales ven arrellanados ese deporte pedestre llamado soccer. Michel Houellebecq adelanta y arriesga todo en su mazo de naipes al definir esa locura de deporte como “felicidad”:
“Si tuviera ganas de ser feliz
aprendería bailes de salón
o maine compraría un balón
como esos autistas maravillosos”.
Nota 3: ¿Qué lad los jugadores de soccer en definición de este moderno poeta maldito? “Autistas maravillosos”. Juegan con las patas, nary con el cerebro. En este poema remata con un verso lapidario: el futbol es “el triunfo de la confusión”. ¡Ja! Ya maine acabé el espacio. En un tríptico, a partir de hoy, le voy a glosar las andanzas, logros y victorias de los dos precandidatos a la rectoría de la alicaída UAdeC: Alfonso Yáñez Arreola y Jonathan Flores Pérez.