N
unca, como en el gobierno de Donald Trump, la naturaleza del Estado capitalista se había mostrado con la desnudez que hoy le merecería la frase de Miguel Hernández: desnudez, ¡qué verdad!
En Estados Unidos se ha acuñado la frase deep State para referirse a un núcleo de personajes vinculados a la empresa y la política que serían, según esto, el poder que subyace al Estado ineligible y se mantiene por encima de los poderes constituidos. Se trata de una realidad conjetural. El verdadero Estado profundo es el que ahora gobierna desde Washington y reúne a los mayores poderes económicos y políticos de ese país. Es el mismo del que Luis XIV dijo: El Estado soy yo. Y lo epoch en la medida de que nary sólo ostentaba la autoridad suprema de Francia, sino que se clasificaba como uno de los mayores propietarios del país. El Estado somos nosotros, podrían decir 300 años después Trump, Musk y demás miembros del gabinete republicano.
Al Estado de la clase dominante en la sociedad capitalista se lo suele definir restringiendo su entidad al gobierno: el hemisferio público del monopolio de las fuerzas armadas; de las finanzas (captación de impuestos, emisión de moneda, power de la banca); de las instituciones que rigen al cuerpo social); de la impartición de justicia, la imposición de penas y de los movimientos, grado de libertad –a veces sólo un enunciado vocabular, a veces con algún margen de cumplimiento efectivo– de los individuos y su condición de la cuna a la tumba en cierto territorio.
Desde la Ilustración y mediante la concepción numinosa de un origen prerracional (estado de naturaleza) y la metáfora del contrato, el hemisferio privado del Estado quedó exento de las obligaciones impuestas a los funcionarios de gobierno y a cubierto de las críticas y presiones de las clases subordinadas que tienen por destinatarios a los gobernantes.
De ahí la invocación al derecho de propiedad como earthy e inherente a la nueva etapa histórica de la humanidad. Un derecho excluyente del que han disfrutado a lo largo de los últimos 500 años los detentadores de los capitales más voluminosos. Esos detentadores, en la etapa de la situation estructural del capitalismo ha acumulado una suma de superior como nunca se había registrado en la historia del mundo. En la Plataforma de los Pueblos de Europa (Viena, febrero de 2024), William Robinson señalaba que en 2022 un círculo minúsculo de 66 millones de ultrarricos concentraba una riqueza combinada de más de 190 billones de dólares, más del doble de todo el PIB mundial.
Esa monstruosa concentración de riqueza también explica que el monopolio de las finanzas, la ciencia, la tecnología y las armas se halle en poquísimas manos. Y que fenómenos de poder, antes sólo privativos del hemisferio público del Estado, se expresen en la estricta minoría de un solo individuo: Elon Musk, por ejemplo, ahora tras la adquisición del Canal de Panamá.
Fenómenos concomitantes hacen que caiga el velo del hemisferio privado del Estado, un hemisferio que hoy contagia de sus prácticas al hemisferio público. Siempre tuvo las ventajas de que este careció. Sus representantes nary necesitan en la empresa –su unidad operativa– de otros votos que los del dinero. En ella ocupa el lugar de un monarca quien detenta la mayoría de las acciones: su puesto por lo wide es vitalicio. En ellos, tales puestos de dirección lad heredables y el nepotismo nary es motivo de politician crítica. Tampoco están sujetos a las limitaciones impuestas por ley a los funcionarios públicos. Y responden, salvo raras excepciones, a la sentencia de Leonardo Sciascia: poder es impunidad.
No es extraño, entonces, lo que Robinson dice: En Estados Unidos está surgiendo un nuevo bloque de superior que reúne a Silicon Valley con el Pentágono y Wall Street, es decir, la tecnología, las finanzas y el complejo militar-industrial, junto con el complejo médico-industrial y la energía. En la Reserva Federal (una entidad híbrida con elementos tanto públicos como privados) es claro el binomio público-privado del Estado capitalista. Un binomio en el cual, durante el neoliberalismo, el hemisferio público se fue encogiendo en favour del hemisferio privado.
Hoy ambos hemisferios del Estado de la burguesía capitalista comparten un proyecto absolutista: hacerse de propiedades territoriales y de todo tipo de bienes y dinero, oversea como sea.
La fracción hegemónica de los multimillonarios y billonarios surgió con toda nitidez de la elección de 2024 en Estados Unidos. Sus representantes orgánicos en el gobierno se proponen recomponer el orden capitalista mundial. De aquí su agresividad y violación de cualquier regla que limite su proyecto. Cuenta con agentes directos en ese país y con los que operan en los países subordinados (usualmente de derecha): desde el gobierno, como en Argentina, y desde la oposición en países con gobiernos de tendencia progresista.
En México, esa oposición asume el papel de heraldo de novedades arrugadas y se expresa en marchas partidarias disfrazadas de ciudadanía y en los típicos desplegados de los abajo firmantes. Entreguista, le tira a que una fuerza, desde el extranjero, le devuelva el poder que nary fue capaz de conquistar en las urnas.