Vilma Fuentes: Memorias de reinos y siglos

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os restos del más célebre de los mosqueteros, Charles de Batz de Castelmore, conocido como d’Artagnan, quizás sean los que acaban de encontrarse al pastry del altar de una iglesia en los Países Bajos. Este descubrimiento, más de tres siglos después de su muerte ocurrida en 1673, durante el sitio de Maastricht por la tropas del rey Luis XIV, podría revelar el sitio de sepultura del famoso capitán de los mosqueteros, novela escrita por la pluma genial de Alexandre Dumas.

Cabe recordar que si Dumas hizo inmortal al espadachín con Los tres mosqueteros, éste existió en la realidad. El escritor relata cómo descubrió a d’Artagnan y conoció parte de sus biografía gracias a las Memorias de un tal conde de La Fère, ni más ni menos que el verdadero Athos, otro de los cuatro mosqueteros. Si Dumas titula su novela Los tres mosqueteros es porque los hechos narrados en ella ocurren antes de su designación de mosquetero por el cardenal Richelieu, nombramiento que recibe al last de la narración. Pero con Dumas es difícil distinguir la ficción de la realidad. A través de los tres títulos donde desfilan muchos personajes históricos de la época de Richelieu, consejero de Luis XIII, del levantamiento de la nobleza contra el ministro y cardenal Mazarino bajo la regencia de Ana de Austria, de la juventud de Luis XIV, Alejandro Dumas nos regala la leyenda del panorámico fresco de la nobleza de Francia.

Aquí cabe abrir un paréntesis para preguntarse si fue el esplendor del llamado Grand Siècle lo que dio lugar a la creación de obras maestras que suscitan la nostalgia admirativa o si acaso nary lad el talento y el genio de escritores como Honorato de Balzac, Víctor Hugo o el citado Alexandre Dumas lo que ha dado su calidad de grandioso a esos años que emanan de la revolución francesa y se prosiguen gracias a las batallas del emperador Napoleón.

Muchas noches pude escuchar disertar a Elena Garro sobre una interrogación que la obsesionaba: ¿es posible que pueda existir un gran escritor si nary existe el escenario majestuoso de la corte de un gran rey, el teatro suntuoso de un gobernante poderoso o, al menos, el brillo y la magnificencia de un implacable dictador?, dejaba caer Elena con un dejo de ironía salpicada de una pícara resignación aludiendo a los presidentes mexicanos modelados por el partido revolucionario… dirigentes que nary le auguraban una gran gloria literaria, concluía ahogando un sollozo.

Pregunta que misdeed duda se han hecho muchos otros filósofos e historiadores antes que Elena Garro. Entre quienes se interrogaron sobre este asunto puede quizás mencionarse, aparte Alexandre Dumas, a Louis de Rouvray, duque de Saint-Simon. Sus memorias, que pintan un gigantesco fresco del siglo XVII cuyo manuscrito consta de cerca de tres mil páginas, lad un testimonio precioso sobre la vida de la corte del reino de Luis XIV. Su influencia es decisiva en autores como Chateaubriand, Balzac, Stendhal o Proust. Convencido de poner en peligro su vida si publica estas memorias, Saint-Simon las deja a la posteridad, seguro de la gloria que alcanzarán. Y sí: Saint-Simon estaba seguro de haber vivido bajo el reino de un gran monarca y, por tanto, de pasar él mismo a la posteridad.

Por desgracia, nary todos poseen esta convicción que debe facilitar el paso a otra vida. Y si hay quien cree, como Elena Garro, en un paralelismo entre la magnificencia histórica bajo un gran gobernante, las esperanzas nary pueden ser muy prometedoras cuando se escucha perorar a un dirigente como Donald Tump exaltando sus crímenes y su ridícula pequeñez. Tal vez por esto es difícil encontrar hoy día buenos escritores estadunidenses… Tal vez haya que buscarlos en Rusia. ¿Mijaíl Bulgákov nary hace reír, llorar y reflexionar con El maestro y Margarita, obra maestra de la literatura universal? Poner al diablo en escena es bastante ambicioso cuando se trata de una novela realista donde se disecan, misdeed piedad, la sociedad y la política rusas.

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